Krishnamurti tenía alrededor de 70 años y hacía ya tiempo que llevaba una práctica de yoga que creía que lo mantenía en un buen estado físico. Sin embargo su cuerpo se le resistía. Sentía el cuello extremadamente rígido, la respiración era tensa y agitada y las manos solían temblarle. Era claro que las asanas que estaba practicando no lo estaban ayudando.
Krishnamurti acudió a Krishnamacharya. Quería aprender de él. Krisnamacharya respondió que debido a su edad y a sus responsabilidades no podía enseñarle él mismo pero que enviaría a su hijo T.K.V. Desikachar. Lo primero que hizo Desikachar fue pedirle a Krishnamurti que le enseñara su práctica. Krishnamurti mostró paros de cabeza, paros de manos, paros de hombros y arcos de gran dificultad. Si bien practicaba con destreza y pasión era evidente que la respiración se le trababa y que de sus ojos salían lágrimas de la tensión. Desikachar le contó a su padre lo que había visto y Krishnamacharya prescribió una práctica completamente diferente: posturas simples, movimientos gentiles y respiración. Y una instrucción muy importante: no hacer paradas de cabeza. Desikachar siguió las instrucciones de su padre y trabajó con Krishnamurti varias veces a la semana. En pocas semanas la constitución del cuerpo de Krishnamurti cambió para bien. La tensión y la agitación desaparecieron por completo. Le habían dado algo más que una colección de asanas. Le habían dado una práctica para él mismo. Alguien lo había mirado. Alguien había comprendido qué necesitaba y había adecuado la práctica.
Esa era la genialidad de Krishnamacharya. Y ese fue su legado. Miraba primero a la persona. Y luego impartía la práctica.