miércoles, 15 de julio de 2026

Escuchar

 Lo que sí sé es que mi trabajo diario ayuda y mucho. 

Pasó muchísima agua bajo el puente desde que comencé a dar sesiones de zen shiatsu. Nunca paré. Estoy contenta y en paz con este camino. Creo que soy una buena terapeuta. Lo sé porque me lo cuentan: duermen mejor, tienen menos dolor, aprenden a ser más pacientes, empiezan a escucharse, desarrollan su propia inteligencia para sanar. Vuelven. Siempre vuelven y recomiendan. Es hermoso escucharlos y detenerse. Es hermoso lo que sucede en las sesiones. El tiempo se une a la eternidad. 

Aión. 

Aprendí a escuchar con las manos. Las manos son la expresión viva del corazón. Por ende, aprendí a escuchar mi corazón para ayudar a otros.  

Hay terapeutas que se ocupan de las palabras. Esos mismos me ayudaron muchísimo en este camino. Los llamo "los psicoanalistas". Una vez tuve un sueño fantástico que me dejó varios días pensando. Estábamos en una isla con mis amigos "los psicoanalistas". Y de pronto llegaba por el aire un elefante gigante y volador que aterrizaba en el agua. Todos nos poníamos contentos y aplaudíamos al grito de: ¡Ganesha, viniste! Creo que ese sueño es la síntesis de una búsqueda que aún no cesa. 

Se puede tocar el corazón de alguien también con la palabra.

Creo que en definitiva todos los trabajos tocan el corazón de las personas. Un amigo está construyendo su casa. Me manda fotos de cómo le va quedando el techo. Se lo ve feliz con dos amigos que lo están ayudando. El cielo azul por encima de su cabeza. Esas fotos tocan mi corazón. Me ponen feliz. 

Levantar una casa, el acto de cocinar para alguien, apaciguar un dolor, curar una herida, coser el ruedo de un patalón, sembrar un campo, cuidar animales, investigar cómo funcionan las cosas, hacerse preguntas, cuidar a los hijos, cuidar a los padres, cuidarnos entre nosotros, enseñar algo que nos gusta mucho, practicar un deporte, escuchar la música, escuchar.

En eso andamos.  

miércoles, 1 de julio de 2026

Vamos que seguimos

 Volví a leer y volví a escribir (algo). Sigo haciendo mi práctica de asanas (pero menos) porque no quiero romperme pero sé que el trabajo energético hoy pasa por otro lado. Tener un cuerpo, respirar, pacificar la mente y actuar con conciencia es algo bien real. Listo. No hay mucho más. Parte de crecer supongo que viene de la mano del desencantamiento de ciertos rituales. Hace tiempo que vengo rumiando que quiero estudiar algo más pero no empiezo. Temo que ese deseo quede en nada. Pero tampoco temo realmente. La vida, tal como es, se desarrolla bien.

Decía que volví a leer y entonces escribo. También intento mirar películas que no sean puro netflix. Hay un achatamiento tan evidente en las plataformas. Y cuando hacen algo interesante pretenden que dure mil temporadas. Cuando querés retomar el hilo de una serie que te gustó mucho ya no recordás nada. Eso también es parte de esta época. No recordar. Tengo poca memoria para los libros que leo, las películas que miro, las series que sigo. La mente de desliza como el agua de una canaleta. Ciega, muda. ¿A donde voy? No sé.

miércoles, 27 de mayo de 2026

un sentido y un catálogo (algunos apuntes)

 1. 

La egiptología nace con el desciframiento de la escritura jeroglífica en 1822. La piedra Rosetta, su descubrimiento, data de 1799. 

Los egipcios postulaban una cosmogonía de la creación que comenzaba con la existencia de NUN, el océano primordial.  Este océano era inerte pero contenía el germen de la creación. De NUN surge la primera colina de tierra y en esta colina se situó el creador para realizar su obra. Así comenzó todo. Un océano, una colina y un creador. El Nilo terrestre y el Nilo celeste provenían de NUN.

Egipto nace de una paradoja, del encuentro del agua y el desierto. El Nilo era un río mágico, se desbordaba y depositaba todo su limo sobre la tierra y la fertilizaba. Este fenómeno era cíclico de modo que el tiempo también lo era. Y si algo es cíclico, es eterno y le escapa a la historia. Los egipcios vivieron así, atrapados en esta lógica del sentido. Si el tiempo es cíclico hay renovación, hay promesa de que la totalidad te abraza. 

Occidente destruyó el tiempo cíclico y lo convirtió en un tiempo histórico, lineal. Una sucesión de hechos tras otra. Una sucesión de faraones, reyes, reinas, reinados, tumbas. 

Visitar Egipto hoy es encontrarse con un catálogo. 

jueves, 16 de abril de 2026

Un agujero de cenizas

A mediados de los ochenta, mi abuela Cata me pasaba a buscar por el colegio británico primario y me llevaba al Tanti a comprar maníes recubiertos de chocolate antes de tomarnos el 71. Por ese entonces vivíamos en una casita muy pequeña en el límite entre Olivos y Martínez. Me encantaba ir al Tanti con mi abuela. Era un supermercado pequeño de color naranja. No era un supermercado práctico porque tenía pocas cosas y caras, decía mi mamá. Para nosotras (mi abuela jubilada y una niña de ocho años) era práctico porque nos quedaba de paso para ir a la parada y luego de la compra de los maníes con chocolate nos tomábamos el colectivo para volver a casa. Era perfecto.

Alabada sea la infancia.

Ya iniciado el nuevo milenio el Tanti dejó de existir como tal. Había sido comprado por la cadena de Supermercados Norte. Fue en ese súper donde un día de diciembre del 2001, días antes de Kosteki y Santillán y la huida de De la Rúa en helicóptero, empezaron a anunciar en altavoz que iban a cerrar el supermercado porque venían a saquear el lugar. Recuerdo estar parada frente a una góndola con mis flamantes 23 años y un paquete de arroz en la mano. Las luces blancas del supermercado, el sonido de alerta, la horda de gente afuera del super queriendo entrar. La piel erizada por el miedo pero por debajo de ese miedo, el deseo de que todo esto se hundiera en un gran agujero de cenizas.

Hoy es un Carrefour. Me queda algo de plata en la cuenta y estamos a mediados de abril. Tengo casi cincuenta años. Me hago una listita de los productos que quiero para hacer una sopa, una tarta, tal vez alguna ensalada y algunos productos de limpieza. También compro cepillos de dientes nuevos. Mientras paseo con mi carrito de plástico -que rueda de maravillas- me asalta una imagen. Es mi abuela Cata que me ofrece maníes de chocolate. Le sonrío a la abuela mientras me pongo en la cola para pagar. La abuela se acomoda a mi lado. Silenciosa. El gran agujero de cenizas se agrandó tanto que todos nos pusimos cómodos y vivimos dentro. Mientras tanto, seguimos haciendo la cola que es infinita y avanza.

lunes, 12 de enero de 2026

Tierra de faraones

 Mañana viajo a la tierra de faraones. Otra historia, otro pueblo, otro idioma. Hay cosas que aún mi cerebro no procesa. Llevará un tiempo. Espero poder escribir sobre esto. Y sino... tampoco importa mucho. 

Mi papá está triste. Le pregunto si piensa en mamá. Me responde: todos los días.

-¿Y qué extrañas?

-Su valentía, su amor, su sufrimiento. 

-¿Su sufrimiento? ¿No te da alivio que ya no sufre?

-Sí, eso sí. 

Pero está triste aunque no lo dice. Se queda quieto, la mirada lejana. ¿En qué piensa? Hay que saber leer esta tristeza. Me lo dice con el cuerpo, con los ojos. Con el alma. 

Y este viaje es un poco eso también. Vamos a ver faraones porque ya no podemos verla a ella.