Miro a mi alumnito, todo células creciendo, envuelto en un jogging gris que le queda un poco holgado para su cuerpito de ocho años. Hermoso y pequeño como un gnomo salido de un bosque. Pero no ha salido de un bosque. Viene de Egipto. Ahora mismo estamos sentados ante la inmensa mesa del comedor, rodeados de sus útiles escolares y leyendo un libro que le dieron en el colegio.
Un libro horrible, realmente.
Él me dice que no entiende el libro y que lo que entiende es aburrido.
Yo no tengo más remedio que darle la razón. Y maldigo a los colegios que eligen mala literatura. Con esto le estoy enseñando una lección difícil pero importante para sus ocho años: hay cosas que debemos hacer aunque no nos gusten y leer este libro es una de ellas. Pero no todos los libros van a ser así.
Cuando lee no puede pronunciar la erre. Trato de ayudarlo pero no le sale. Se frustra. Le digo que no tiene importancia y seguimos.
La clase, en realidad, ha terminado pero aún nos faltan unas páginas. Siento su desazón. Me mira triste. Sabe que no podrá terminarlo solo. No entiende palabras como "detective", "cascarrabias", "formación", "registro de disciplina". Palabras que cualquier chico argentino sabe y conoce. Palabras que nadie buscaría en un diccionario. Pero él tiene que buscarlas. Y su diccionario es un libro infame que en vez de ayudarlo le complica más la existencia.
Por eso estoy yo. Yo soy su diccionario. Yo soy su caudal de palabras. Y por eso me quedaré media hora más para terminar este libro horrendo.
Le explico lo que hace un "detective", le pongo voz de "cascarrabias", le dibujo una "formación" y le digo que el "registro de disciplina" es ese libro que a veces los chicos firman cuando se portan mal (¡¡Por Dios!! ¿¿Sigue existiendo eso??). Cuando terminamos de leer el libro, mi alumnito está feliz. Nunca es muy cariñoso pero esta vez chocamos las manos y me dice: ¡nunca más voy a tener que abrir este libro horrible! Y dice "horible" porque la erre no le sale pero qué importa si ya terminaste y ya sabés el final.
jueves, 17 de mayo de 2007
sábado, 12 de mayo de 2007
Smila
En estos días estoy leyendo a Smila. O a Hoeg. Es Hoeg quien escribe pero es Smila quien habla. Y yo por estos días quiero creer en la primera persona. Entonces digo que leo a Smila. Sus cavilaciones de mujer de 37 años, estrictamente sola en una soledad elegida, cuidada y pulida. Rodeada de la nieve, la cual ama y entiende como a una hermana. En busca de un oscuro secreto -la muerte de un niño-, único móvil que logra conmoverla.
Smila me conmueve hasta en lo más profundo. Me conmueven su inteligencia, su elegancia para vestirse y sus atajos para llegar a una verdad que, por lo visto, no saldrá nunca del todo a la luz.
Smila, además, es una heroína que para la sociedad occidental y capitalista de nuestros días ha fracasado. Ha tenido las mejores posibilidades y las ha echado por la borda (de un posible barco).
Algo más. Smila lee a Euclides. Me soprendo. Hace unos años le regalé a Guille los Elementos de Euclides en una edición bellísima de Gredos. Aún éramos estudiantes. La encuadernación es de un azul oscuro, muy intenso.
En ese azul parecieran estar encerrados todos los secretos del Universo.
Un punto. Una línea.
Smila me conmueve hasta en lo más profundo. Me conmueven su inteligencia, su elegancia para vestirse y sus atajos para llegar a una verdad que, por lo visto, no saldrá nunca del todo a la luz.
Smila, además, es una heroína que para la sociedad occidental y capitalista de nuestros días ha fracasado. Ha tenido las mejores posibilidades y las ha echado por la borda (de un posible barco).
Algo más. Smila lee a Euclides. Me soprendo. Hace unos años le regalé a Guille los Elementos de Euclides en una edición bellísima de Gredos. Aún éramos estudiantes. La encuadernación es de un azul oscuro, muy intenso.
En ese azul parecieran estar encerrados todos los secretos del Universo.
Un punto. Una línea.
viernes, 11 de mayo de 2007
Biblioteca de Olivos
Ayer fui a la biblioteca de Olivos.
Me recibió una mujer de sesenta años. Pelo corto, manos ateridas por el frío de la biblioteca y labios finitos. Me presenté y le expliqué el objeto de mi visita. Me miró mal y luego replicó que la biblioteca ya no tenía lugar para guardar más libros. ¿Novelas? ¿Literatura? No, no sirve, de eso tenemos un montón. Me limité a mirarla fríamente. ¿De qué tienen un montón? De novelas. Sí, pero cuáles novelas. ¿De las buenas o de las que son una porquería? ¿De las que son basura para un público mediocre o de las que nos traen momentos irrecuperables, momentos de estar en casa, con un libro calentito a la luz de una lámpara? Le mostré mi listita. Su cara, hasta entonces de piedra, pareció ablandarse. Ah, pero esto es otra cosa, me dijo. Mire, respondí, yo no vengo a tirarle mis muertos. Vengo a donarle algunos de mis libros. Y estos libros - repaso un dedo por la lista que ella sostiene ávidamente- son libros que yo elegí en algún momento de mi vida pero que ya no quiero tener más por razones que no le voy a especificar a usted. Claro, le ocupan lugar, me dijo. No, no es eso, lugar tengo de sobra, me acabo de mudar a una casa con muchas paredes para poner bibliotecas. No, no es por el lugar. Aún así son buenos libros y si ustedes no los quieren tendré que sacarlos a la calle. ¡Pero no!, exclamó indignada, ¿cómo los va sacar a la calle? Y sí, le replico, ¿o acaso los cartoneros no leen libros? Y si no los leen los transformarán en mercancía. ¿Y sabe qué? No me importa. Servirán al menos para algo en vez de estar muertos en mi casa. Circularán, señora. Eso es lo que quiero, que circulen.
Me mira. Vuelve a repasar la lista. Dice mmmh, a verrrr.
Dígame, ¿viene mucha gente a leer a esta biblioteca? Sí, me dice, sacan un libro por semana. Este, por ejemplo, me dice señalando un ítem de la lista, lo piden mucho. Ah, sí, el de Caparrós. Sí, el de Caparrós.
Pero vos de dónde tenés tantos libros, me dice por primera vez tuteándome.
Señora, qué quiere que le diga... tengo treinta años. Leo desde los seis. Uno va cambiando los gustos, ¿no? Por otra parte, yo nunca pisé una biblioteca para leer literatura.
Eso explica todo, me dice. Bueno, deme su número y déjeme la lista. La llamaré pronto. Probablemente le pida que me traiga todos los libros. Son muy buenos.
Gracias, señora.
Y hasta luego.
Me recibió una mujer de sesenta años. Pelo corto, manos ateridas por el frío de la biblioteca y labios finitos. Me presenté y le expliqué el objeto de mi visita. Me miró mal y luego replicó que la biblioteca ya no tenía lugar para guardar más libros. ¿Novelas? ¿Literatura? No, no sirve, de eso tenemos un montón. Me limité a mirarla fríamente. ¿De qué tienen un montón? De novelas. Sí, pero cuáles novelas. ¿De las buenas o de las que son una porquería? ¿De las que son basura para un público mediocre o de las que nos traen momentos irrecuperables, momentos de estar en casa, con un libro calentito a la luz de una lámpara? Le mostré mi listita. Su cara, hasta entonces de piedra, pareció ablandarse. Ah, pero esto es otra cosa, me dijo. Mire, respondí, yo no vengo a tirarle mis muertos. Vengo a donarle algunos de mis libros. Y estos libros - repaso un dedo por la lista que ella sostiene ávidamente- son libros que yo elegí en algún momento de mi vida pero que ya no quiero tener más por razones que no le voy a especificar a usted. Claro, le ocupan lugar, me dijo. No, no es eso, lugar tengo de sobra, me acabo de mudar a una casa con muchas paredes para poner bibliotecas. No, no es por el lugar. Aún así son buenos libros y si ustedes no los quieren tendré que sacarlos a la calle. ¡Pero no!, exclamó indignada, ¿cómo los va sacar a la calle? Y sí, le replico, ¿o acaso los cartoneros no leen libros? Y si no los leen los transformarán en mercancía. ¿Y sabe qué? No me importa. Servirán al menos para algo en vez de estar muertos en mi casa. Circularán, señora. Eso es lo que quiero, que circulen.
Me mira. Vuelve a repasar la lista. Dice mmmh, a verrrr.
Dígame, ¿viene mucha gente a leer a esta biblioteca? Sí, me dice, sacan un libro por semana. Este, por ejemplo, me dice señalando un ítem de la lista, lo piden mucho. Ah, sí, el de Caparrós. Sí, el de Caparrós.
Pero vos de dónde tenés tantos libros, me dice por primera vez tuteándome.
Señora, qué quiere que le diga... tengo treinta años. Leo desde los seis. Uno va cambiando los gustos, ¿no? Por otra parte, yo nunca pisé una biblioteca para leer literatura.
Eso explica todo, me dice. Bueno, deme su número y déjeme la lista. La llamaré pronto. Probablemente le pida que me traiga todos los libros. Son muy buenos.
Gracias, señora.
Y hasta luego.
miércoles, 9 de mayo de 2007
Hans
Hace un año que no nos veíamos. O más. Ya no me acuerdo. Lo que sí me acuerdo es que hace varios años que yo no le hacía un regalo para su cumpleaños. Por eso, cuando encontré un regalo fabuloso decidí que iba a ser para él. Y entonces me llegó su mail. Escueto. Corto. Lo necesario para que media hora más tarde nos encontráramos a tomar un café.
Entre todas las cosas que dijo quisiera anotar esta:
No me gusta Buenos Aires. Acá nadie está feliz. Vas a un lugar y están todos con las caras así (pone cara larga). Yo no puedo ser feliz acá. Me hacen sentir culpables de mi felicidad. Yo quiero estar feliz. ¡Vamos, ni que esto fuera Kosovo!
Entre todas las cosas que dijo quisiera anotar esta:
No me gusta Buenos Aires. Acá nadie está feliz. Vas a un lugar y están todos con las caras así (pone cara larga). Yo no puedo ser feliz acá. Me hacen sentir culpables de mi felicidad. Yo quiero estar feliz. ¡Vamos, ni que esto fuera Kosovo!
miércoles, 2 de mayo de 2007
Un niño egipcio en un colegio británico
Cuando terminamos con la clase ella me dice que hablemos de K. ¿Cómo le fue en la prueba? Mal. No alcanzó. Hago mi cara de circunstancia. Creo que de tanto hacer mi cara de circunstancia ahora sí la gente me da treinta años. Me pregunta cuál va a ser mi plan. Yo le explico que los conceptos que le enseñan a su hijo en ese colegio británico son muy abstractos, que su hijo además necesita conocer las palabras para después poder clasificarlas. No le digo, en realidad, que clasificar las palabras a los nueve años me parece una tremenda estupidez. Pero algo en mi mirada me debe delatar porque ella me dice: yo sé que es horrible, yo le digo a K que es horrible pero ¿qué voy a hacer yo? Y entonces me pide más tarea y que cuál diccionario puede usar. Y que K no acata las consignas (no lo dice así, si ella llegara a usar el verbo acatar me caigo ahí mismo de culo). Yo le digo que se quede tranquila, que algo voy a inventar. Algo. No sé bien qué. Pero algo. A ver.
Pienso que cuando yo sea madre las maestras van a sufrir conmigo.
Pienso que cuando yo sea madre las maestras van a sufrir conmigo.
martes, 1 de mayo de 2007
Pájaro obsceno
Hoy terminé de leer el libro de José Donoso. El obsceno pájaro de la noche. Casi 600 páginas de hebras y agujas que hilvanan y se clavan dolorosamente en los cuerpos del Mudito, la Madre Benita, la Iris Mateluna, las viejas decrépitas asiladas en La Casa, un Jerónimo Azcoitía incapaz de engendrar a su hijo en el útero de su mujer. La Peta Ponce y su prisma. Ah, un estallido del sentido en todo su esplendor. O si se prefiere, un paquete enorme que, de a poco, es preciso ir desenvolviendo para así encontrar otro paquete que, a su vez, contiene otro y otro y otro.
La novela de Donoso: un gran paquete que contiene hedores, pústulas, carne, sexo, pelos, política, viejas, monstruos, ciudades, crueldad, vehemencia, lástima, ternura, dolor, miseria y la lista sigue.
Un gran paquete. Un envoltorio. Una cáscara.
¿De qué?
Les digo que estoy extenuada.
La novela de Donoso: un gran paquete que contiene hedores, pústulas, carne, sexo, pelos, política, viejas, monstruos, ciudades, crueldad, vehemencia, lástima, ternura, dolor, miseria y la lista sigue.
Un gran paquete. Un envoltorio. Una cáscara.
¿De qué?
Les digo que estoy extenuada.
viernes, 27 de abril de 2007
Feria del Libro
Viernes por la tarde, feria del libro. Hace un año fui con un pretexto. Hoy voy porque quiero y, valga la redundancia, porque compraré algunos libros. No me distraigo en los stands de las librerías -que conozco de memoria-. Voy directamente hacia Fondo de Cultura Económica (a veces traen algo) y luego a Tusquets. Me gustaría conseguir más libros de Marguerite Duras. En el interín descubro que tienen los dos tomos de Los papeles salvajes de Marosa de Giorgio.
El stand de Tusquets, un verdadero festín.
El stand de Tusquets, un verdadero festín.
jueves, 26 de abril de 2007
Gustave Flaubert
Me gusta mirar libros: ojearlos, desvestirlos de esa capita plástica que les ponen para protegerlos, pasar las hojas y admirar su tipografía, el olor del papel, las diferentes texturas: tapa, contratapa, lomo. Si es posible me llevo alguno.
A veces no es posible.
A veces no es posible y no siempre es por falta de dinero.
A veces no es posible porque todos los libros que me gustaría leer ya los he leído.
¡Qué sensación nefasta!
Ayer, sin embargo, encontré una edición de Tres cuentos de Gustave Flaubert y sin decir agua va lo agarré y empecé a leer: "Durante medio siglo, los burgueses de Pont-l'Eveque le envidiaron a Mme Aubain su sirvienta Félicité.". Oh. Oh. Oh.
Primero me acordé del loro de Flaubert. Sí, su loro. Porque Flaubert, para escribir este cuento, se hizo prestar un loro.
Después, me acordé de un artículo de Barthes que explicaba los procedimientos del realismo a partir de este cuento. Lo que no podía recordar era el cuento en sí. ¿Qué pasaba con Félicité (o Felicitas, que así recordaba yo su nombre por haber leido otra traducción, vaya a saber uno en qué fotocopia trucha del CEFyL)?
Flaubert escribió Tres cuentos mientras nadaba en las páginas interminables de su Bouvard y Pécuchet.
A mí, Bouvard y Pécuchet me gustó enormemente cuando lo leí aunque no es un libro para andar regalando, la verdad. Encima no está terminado porque Flaubert se murió antes de terminarlo. La edición de Losada incluyó unos apuntes que tenía Flaubert a modo de final. Horrible pero muy interesante. Digo, són los apuntes de un escritor.
Me llevé Tres cuentos con miedo de ya tenerlo en mi biblioteca. ¿No habrá quedado en los libros que me faltaban traer?
A la nochecita, a la luz de mi lámpara, leí el cuento de Félicité y su loro. Sin desperdicio. Guille se reía porque de todos los libros contemporáneos que hay en el mundo yo vengo a agarrar uno del siglo XIX.
¿De qué siglo sos, nena?
Qué se yo.
No me importa, además.
A veces no es posible.
A veces no es posible y no siempre es por falta de dinero.
A veces no es posible porque todos los libros que me gustaría leer ya los he leído.
¡Qué sensación nefasta!
Ayer, sin embargo, encontré una edición de Tres cuentos de Gustave Flaubert y sin decir agua va lo agarré y empecé a leer: "Durante medio siglo, los burgueses de Pont-l'Eveque le envidiaron a Mme Aubain su sirvienta Félicité.". Oh. Oh. Oh.
Primero me acordé del loro de Flaubert. Sí, su loro. Porque Flaubert, para escribir este cuento, se hizo prestar un loro.
Después, me acordé de un artículo de Barthes que explicaba los procedimientos del realismo a partir de este cuento. Lo que no podía recordar era el cuento en sí. ¿Qué pasaba con Félicité (o Felicitas, que así recordaba yo su nombre por haber leido otra traducción, vaya a saber uno en qué fotocopia trucha del CEFyL)?
Flaubert escribió Tres cuentos mientras nadaba en las páginas interminables de su Bouvard y Pécuchet.
A mí, Bouvard y Pécuchet me gustó enormemente cuando lo leí aunque no es un libro para andar regalando, la verdad. Encima no está terminado porque Flaubert se murió antes de terminarlo. La edición de Losada incluyó unos apuntes que tenía Flaubert a modo de final. Horrible pero muy interesante. Digo, són los apuntes de un escritor.
Me llevé Tres cuentos con miedo de ya tenerlo en mi biblioteca. ¿No habrá quedado en los libros que me faltaban traer?
A la nochecita, a la luz de mi lámpara, leí el cuento de Félicité y su loro. Sin desperdicio. Guille se reía porque de todos los libros contemporáneos que hay en el mundo yo vengo a agarrar uno del siglo XIX.
¿De qué siglo sos, nena?
Qué se yo.
No me importa, además.
miércoles, 25 de abril de 2007
Great Britain
Reales y cortaditos por la misma tijera. Colegios británicos de Olivos. ¿Cuántos años pasaron de eso? Ternura es un sustantivo común abstracto. Deviene del adjetivo tierno. Pero qué es ternura. Inquinidad es un sustantivo común abstracto. ¿Es malo? Malo, malo, malo. Después de todo, ¿qué es la inquinidad a los ocho años? Si hasta se parece a la palabra quinina que es lo que le ponen a Amy en las uñas para que no se las coma en Mujercitas (aaaah, Luisa May Alcott, gran baluarte de la literatura infantil).
Mi tristeza no sabe de dónde viene. Si es del invierno. Si es del hermano que deambula de consultorio en consultorio. Pero si en las fotos siempre salimos los dos con la sonrisa bien abierta. Los dientes que salen tarde. Dentición tardía. Masticar. Masticar. Masticar inquinidad, avaricia, pulcritud y la estupidez de las maestras de la primaria. Amar es un verbo de la primera conjugación. ¿Qué vas a hacer cuando seas grande? Bióloga, como mi mamá. No, cantante. También como mi mamá. No, escritora: voy a escribir sobre animales, plantas. La vida, bah.
Y esa tristeza de lo estático. Hasta los diez años el invierno tenía el color de mi uniforme rojo y azul. Y mi flequillo rebelde se dejaba atenazar por hebillas de color marrón.
Miro a mi alumnito que repite: sustantivo común colectivo singular. Y está tan triste. Yo también estoy triste porque cómo maizal va a ser sólo eso. Mejor dejá eso y hablamos de por qué tu dragón se escondió en las manchas de tinta.
Mi tristeza no sabe de dónde viene. Si es del invierno. Si es del hermano que deambula de consultorio en consultorio. Pero si en las fotos siempre salimos los dos con la sonrisa bien abierta. Los dientes que salen tarde. Dentición tardía. Masticar. Masticar. Masticar inquinidad, avaricia, pulcritud y la estupidez de las maestras de la primaria. Amar es un verbo de la primera conjugación. ¿Qué vas a hacer cuando seas grande? Bióloga, como mi mamá. No, cantante. También como mi mamá. No, escritora: voy a escribir sobre animales, plantas. La vida, bah.
Y esa tristeza de lo estático. Hasta los diez años el invierno tenía el color de mi uniforme rojo y azul. Y mi flequillo rebelde se dejaba atenazar por hebillas de color marrón.
Miro a mi alumnito que repite: sustantivo común colectivo singular. Y está tan triste. Yo también estoy triste porque cómo maizal va a ser sólo eso. Mejor dejá eso y hablamos de por qué tu dragón se escondió en las manchas de tinta.
martes, 24 de abril de 2007
Tarde de Idioma
Escribo todo mezclado. No me reten por eso. La lluvia que amenaza con irse. Piso lo mojado como una afirmación de la verdad más absoluta. Ha llovido y ha vuelto a llover. Llover es un verbo trunco.
Se tronchó una rama del lenguaje. Laura Mazzocchi me llama. Es que Idioma.
Me espera en un café. Llego tarde. El bar, salpicado de ladrillo a la vista y lamparitas dicroicas. Acá todo es muy caro, me dice mi amiga poeta. Y ahí yo pienso: para los poetas todo siempre es extremadamente caro, vayan donde vayan. Las lamparitas de filamento lo hacen todo más... ¿accesible? Si es dicroica tendrá que ser complicado: (otro prejuicio). Es raro, Laura está allí, del otro lado de la mesita en este abril. Un café con leche a medio tomar. Yo pido el cortado de rutina y desciendo de mi caballo atolondrado. De mi cuerpo batallado. Ella quiere alargar la entrega. Hablamos un poco y otro poco nos miramos. Otra vez acá. Hola. Hola.
Amiga idioma,
arbolita mía
que a pasitos
cabalga una noche de abril
y se pierde en sus sombras anclar.
Me acuerdo. Me acuerdo.
Era abril. Hace un año. El mismo ritual. Yo, del otro lado de la mesita. Hace un año tus sombras anclar y ahora esto. Me entregás tu diccionario de agua. Una porción de ternura.
Hace un año me preguntabas la diferencia entre lengua e idioma.
¿Te acordás?
A pasitos. Tus pasitos ayudan a mis pasitos.
A saltar el abismo, carajo.
Se tronchó una rama del lenguaje. Laura Mazzocchi me llama. Es que Idioma.
Me espera en un café. Llego tarde. El bar, salpicado de ladrillo a la vista y lamparitas dicroicas. Acá todo es muy caro, me dice mi amiga poeta. Y ahí yo pienso: para los poetas todo siempre es extremadamente caro, vayan donde vayan. Las lamparitas de filamento lo hacen todo más... ¿accesible? Si es dicroica tendrá que ser complicado: (otro prejuicio). Es raro, Laura está allí, del otro lado de la mesita en este abril. Un café con leche a medio tomar. Yo pido el cortado de rutina y desciendo de mi caballo atolondrado. De mi cuerpo batallado. Ella quiere alargar la entrega. Hablamos un poco y otro poco nos miramos. Otra vez acá. Hola. Hola.
Amiga idioma,
arbolita mía
que a pasitos
cabalga una noche de abril
y se pierde en sus sombras anclar.
Me acuerdo. Me acuerdo.
Era abril. Hace un año. El mismo ritual. Yo, del otro lado de la mesita. Hace un año tus sombras anclar y ahora esto. Me entregás tu diccionario de agua. Una porción de ternura.
Hace un año me preguntabas la diferencia entre lengua e idioma.
¿Te acordás?
A pasitos. Tus pasitos ayudan a mis pasitos.
A saltar el abismo, carajo.
jueves, 12 de abril de 2007
Agradecimiento mutuo
Una vez le agradecí a mi maestra de yoga por todo lo que estaba aprendiendo a su lado. Ella me sonrió enigmáticamente y me dijo que no había nada que agradecer. Que ella me agradecía a mí por haberla elegido como maestra. Y agregó que el maestro existe gracias a que el alumno existe. Y que en algún punto cuando ese alumno aparece uno tiene que agradecer por ello. Y que entonces ella me agradecía a mí.
martes, 10 de abril de 2007
Sabiduría popular
Hace tiempo yo cantaba estas coplas anónimas:
Me dijo un sabio profundo
con experiencia madura
que no se hace el pan sabroso
sin amarga levadura.
Y qué cierto es.
Cuando la levadura se malogra no hay con qué darle al pan.
Sólo una humilde pizzeta.
Me dijo un sabio profundo
con experiencia madura
que no se hace el pan sabroso
sin amarga levadura.
Y qué cierto es.
Cuando la levadura se malogra no hay con qué darle al pan.
Sólo una humilde pizzeta.
viernes, 30 de marzo de 2007
Mojado
Respiro mojado. Respiro. Eso ya es algo muy bueno.
La espera larga del crepúsculo con mate y pavita en la terraza. El sol pintó su cuadro de atardecer. Yo estoy cansada de barrer la lluvia. Cansada de olerla. De vivirla.
MAÑANA.
Pero el hoy es tan vivo que salgo a pisar mojado. Aunque importe.
La espera larga del crepúsculo con mate y pavita en la terraza. El sol pintó su cuadro de atardecer. Yo estoy cansada de barrer la lluvia. Cansada de olerla. De vivirla.
MAÑANA.
Pero el hoy es tan vivo que salgo a pisar mojado. Aunque importe.
lunes, 26 de marzo de 2007
Coso mi vestido de dudas
En él hay fotografías desteñidas y puntadas sin hilo. No importa. Para amarte no necesito un vestido. Leo un poema que aún resuena en la punta de mi lengua. Me despierta la niñez dormida. Los ojos más grandes que la boca. La boca más grande que la nariz. Viva. Viva. Viva. Tres veces viva por las lluvias internas del organismo.
Así, sin espejo, parada en el fondo del salón pequeño. No hay profundo pozo. Sólo rizomas. Los niños me tocan. El olor de la infancia me susurra movimiento. Las entrañas cantan la tierra de un ser nuevo. Y el camino está en las panzas de otros. El ciclo nunca se detiene.
y yo
y yo
y yo
compro poesía en una librería
para tu futura infancia.
Así, sin espejo, parada en el fondo del salón pequeño. No hay profundo pozo. Sólo rizomas. Los niños me tocan. El olor de la infancia me susurra movimiento. Las entrañas cantan la tierra de un ser nuevo. Y el camino está en las panzas de otros. El ciclo nunca se detiene.
y yo
y yo
y yo
compro poesía en una librería
para tu futura infancia.
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