Lo que sí sé es que mi trabajo diario ayuda y mucho.
Pasó muchísima agua bajo el puente desde que comencé a dar sesiones de zen shiatsu. Nunca paré. Estoy contenta y en paz con este camino. Creo que soy una buena terapeuta. Lo sé porque me lo cuentan: duermen mejor, tienen menos dolor, aprenden a ser más pacientes, empiezan a escucharse, desarrollan su propia inteligencia para sanar. Vuelven. Siempre vuelven y recomiendan. Es hermoso escucharlos y detenerse. Es hermoso lo que sucede en las sesiones. El tiempo se une a la eternidad.
Aión.
Aprendí a escuchar con las manos. Las manos son la expresión viva del corazón. Por ende, aprendí a escuchar mi corazón para ayudar a otros.
Hay terapeutas que se ocupan de las palabras. Esos mismos me ayudaron muchísimo en este camino. Los llamo "los psicoanalistas". Una vez tuve un sueño fantástico que me dejó varios días pensando. Estábamos en una isla con mis amigos "los psicoanalistas". Y de pronto llegaba por el aire un elefante gigante y volador que aterrizaba en el agua. Todos nos poníamos contentos y aplaudíamos al grito de: ¡Ganesha, viniste! Creo que ese sueño es la síntesis de una búsqueda que aún no cesa.
Se puede tocar el corazón de alguien también con la palabra.
Creo que en definitiva todos los trabajos tocan el corazón de las personas. Un amigo está construyendo su casa. Me manda fotos de cómo le va quedando el techo. Se lo ve feliz con dos amigos que lo están ayudando. El cielo azul por encima de su cabeza. Esas fotos tocan mi corazón. Me ponen feliz.
Levantar una casa, el acto de cocinar para alguien, apaciguar un dolor, curar una herida, coser el ruedo de un patalón, sembrar un campo, cuidar animales, investigar cómo funcionan las cosas, hacerse preguntas, cuidar a los hijos, cuidar a los padres, cuidarnos entre nosotros, enseñar algo que nos gusta mucho, practicar un deporte, escuchar la música, escuchar.
En eso andamos.
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