sábado, 30 de abril de 2011
Quemar al Buda
viernes, 29 de abril de 2011
Invertidas
Buda de los buitres
Por Juan Forn
El Coty Aldazábal, mucha gente lo conoce, ayudó en una película que estaban filmando por sus pagos de Alejandro Korn y, sin proponérselo, se hizo fama de amansador de animales en el mundo del cine. Tanto que un día lo van a buscar de una productora que trabaja con la Universal de Hollywood preguntándole si es especialista en buitres, porque andan buscando uno para una superproducción internacional que va a filmarse en Corrientes. El Coty los mira y dice: “Especialista no sé, pero tengo onda con los bichos, con cualquier bicho, aunque buitres nunca vi”. Déjenme describir al Coty: es enorme, canoso pero rapado a cero, con cara de pelado bueno pero una forma de mirar que dice inequívocamente que no es un pelado bueno cualquiera. El Coty fue rugbier alguna vez, después marino mercante, recorrió el mundo, descubrió el zazen, se fue a vivir al medio del campo, tuvo una parva de hijos con su mujer, no le tiene miedo a nada en el mundo salvo quizás a su mujer y a sus hijos, hizo y hace artesanías nobles en cuero, toca o tocó hasta hace muy poco en la banda de sus sobrinos, los Pléyades (toca la flauta de bambú; se las fabrica él mismo; los muchachos de la banda estuvieron años tratando de convencerlo para que se pasara al saxo, o al menos al trombón, y así tener una sección de caños power, pero él es zazen, él toca su flauta de bambú, creo que por eso terminó abandonando o abandonado por la banda).
Los de la Universal le explican al Coty que necesitan un árbol lleno de buitres, que el árbol tiene que aparecer varias veces a lo largo de la película, que buitres y árbol ya tienen, lo que necesitan es que los bichos hagan para la cámara lo que dice el guión, y le ofrecen al Coty una plata que no está acostumbrado a ver, si es capaz de ayudarlos. El Coty parte a Corrientes, llega a la estancia donde está montada la preproducción, tiene quince días antes de empezar a filmar, lo llevan por el campo como doscientos kilómetros hasta un frigorífico en cuyos fondos tiran las cabezas y las patas de los animales faenados. El olor es imposible; la cantidad de buitres carroñeros, igual. El Coty se instala con sus cosas en el frigorífico (el Coty viaja siempre con sus cosas en una bolsa de arpillera, “para que los pungas no se tienten”). Hay orden de ayudarlo, pero nadie del frigorífico quiere saber nada, lo dejan solo como loco malo, sentado en posición zazen mirando los buitres, un día y otro, después aventurándose entre la carroña, después arrastrando carroña lejos y viendo si los animales lo siguen, después armando una trampa enorme de alambre tejido y flejes de madera con carroña debajo. Cuando cae la trampa quedan varios buitres adentro pero tienen tanta fuerza en los cogotes que consiguen alzar los flejes de madera y escabullirse. El Coty le hace entonces unos faldones a los flejes de la trampa. Como recibe nula cooperación del frigorífico se va al pueblo más cercano caminando, ve que está lleno de pasacalles políticos porque hay elecciones y procede a subirse a los árboles e ir cortando pasacalles (uno de cada partido político, para no abusar, aclara) y con ellos hace los faldones de su trampa. En el pueblo se sabe ya que el Coty es el loco de los buitres y nadie se anima a decirle nada, especialmente cuando tampoco los faldones hacen funcionar la trampa.
El Coty ya lleva gastados diez de los quince días que le dieron y mucho efecto no le hace ya estar sentado en posición zazen, cuando se le acomoda al lado un changuito con una gomera al cuello, que le pregunta: “¿Usted anda buscando buitres, don?” Y abre la mano y dice: “Tengo doce piedras. ¿Doce animales le alcanzan?” El Coty cose lo más rápido que puede unas bolsas con los pasacalles y se interna en el carroñal detrás del chango, y se encarga de embolsar y atar cada bicho que el chango deja inconsciente de un hondazo. El chango le enseña cómo evitar los espolones de las patas y de las alas cuando las agarre despiertas. El Coty avisa desde el frigorífico que tiene los buitres. Le mandan un taxi, doscientos kilómetros. Cargan los bichos en el baúl, le pagan al chango, arrancan. En la estancia el Coty dejó armada una bruta jaula. Cuando suelta los animales adentro, uno de ellos se le va al humo, directo a los ojos, él alcanza a cubrirse con el brazo, le quedan el brazo y la pelada feamente arañados. Bichos bravos, pero el Coty se pasa dos días alimentándolos con una caña en cuyo extremo cuelga vísceras, aventurándose cada vez más en la jaula. Llega el equipo de filmación y los actores. Le muestran al Coty el árbol donde deben ir los buitres. El pide saber en qué ramas. Se sube y marca los lugares exactos. Arma unas lengas de alambre y lleva los bichos embolsados y los va atando de las patas en los lugares marcados. Los alimenta ahí mismo, día y noche, las últimas cuarenta horas antes de que rueden la escena. La escena es un éxito. El Coty está por soltar los animales cuando un ayudante de producción le dice desesperado que el buitre estrella, uno que debía beber sangre de un tazón que le daba un brujo en la película, llegó hace instantes en avión de Buenos Aires, con su entrenador, pero el bicho llegó muerto.
El Coty pide sangre. Le traen un tazón con líquido rojo. ¿Qué es esto?, dice. Glicerina líquida con colorante. “El buitre necesita sangre de verdad, y si está tibia mejor”, dice el Coty, y pide una oveja, y abre su bolsa de arpillera y saca un torniquete de goma y un bisturí, y sangra con mano sabia a la oveja y hasta le pone curabichera en aerosol (que saca de su bolsa) antes de soltarla. Mientras la oveja se aleja berreando, él trepa al árbol, embolsa a once de los doce buitres y al restante, aquél que lo había lastimado, le ofrece el tazón de sangre. El bicho bebe. El Coty pregunta dónde tiene que estar el bicho en la escena. Le marcan el lugar. El Coty arma unos disimulados ganchos para las lengas de alambre, sigue dándole sangre al buitre hasta que llega el momento de poner al bicho en su lugar. El actor que hace de brujo recibe aterrorizado el tazón que Coty llena con sangre, pero el Coty lo va tranquilizando, le explica cómo acercarse, cómo opacar los ojos para que el animal se fije más en el brillo de la sangre que en él. Se rueda la escena, es un éxito.
Con la plata de la Universal, el Coty le puso techo a su casa. No quiso en cambio ponerle luz eléctrica. Durante años, hasta ayer nomás, si uno se acercaba de noche a la casa, lo que se veía era la luz de las velas y la lumbre del fogón (la casa es un ambiente enorme con un fogón gigante en el medio; alrededor del tiraje del fogón el Coty hizo un entrepiso y ahí puso todas las camas). Dice el Coty que el día en que estaba terminando el techo miró al cielo y vio una bandada de pájaros grandes, quizá chimangos, aunque eran muy grandes para chimangos, volando dos veces en círculo sobre su cabeza antes de perderse a lo lejos, igual, igual que el día en que soltó a los buitres en Corrientes, antes de volverse a sus pagos de Korn. Dice el Coty que cuando un bicho grande te pasa volando tan cerca se puede oír el ruido del aire en las plumas, y que aquellos dos días diferentes lo que él oyó fue exactamente el mismo sonido, esa clase de cosas uno no se las olvida así nomás.
sábado, 23 de abril de 2011
Estados de vida (lecturas)
Recuerdo también el revuelo que provocó Smoke en las aulas de Puan allá por el '97 y como en una clase de Literatura Latinoamericana un profesor nos mandó a verla al cine como tarea obligada para el siguiente práctico. Smoke la debo haber visto por lo menos cinco veces y con diferentes personas.
Y también recuerdo la lectura de Mr Vértigo. No me gustó y no la pude terminar. Abandoné a Paul Auster que siguió publicando varios libros más pero yo no volví a leerlo ni tampoco a releerlo.
Hasta hoy que comencé a leer Brooklyn Follies. La novela me atrapó al punto de no poder dejar de leerla. Sé que en el futuro algo recordaré de este libro. Algo de este momento tan particular de mi vida. Algo que no tiene nada que ver con la historia de la novela en sí. Algo que, de todos modos, hace al acto de leer este libro un acto extraordinario y benéfico.
sábado, 16 de abril de 2011
Triste y afortunada
Me siento triste y afortunada al mismo tiempo.
viernes, 15 de abril de 2011
Las hojas tienen mudanza
tengo un árbol de esperanza.
Cada vez que voy y vuelvo
las hojas tienen mudanza.
En la puerta de mi casa hay un jacarandá. En su tronco lleva una rajadura.
En el centro de mis omóplatos la misma rajadura.
Y sin embargo el jacarandá está frondoso, lleno de hojas, todo verde.
Pienso:
De eso se trata tener salud.
lunes, 11 de abril de 2011
Sadhana
Ah, bueno.
jueves, 7 de abril de 2011
Cuando la quietud ya no es posible
jueves, 31 de marzo de 2011
La casa se ha agrandado
vou te namorar também
La casa se ha agrandado con sus cosas, su cuerpo rondando los ambientes, su vida interior. La decisión la tomamos en la playa, frente al mar de La Pedrera. Así de importante fue La Pedrera para nosotros.
La casa se ha agrandado. Por fin. La heladera tiene alimentos que antes no tenía. El lado del placard que le correponde a él tuve que vaciarlo, correr cosas, hacer lugar. La cama, bueno, hace rato que sabe de nuestro dormir juntos. Ninguna novedad ahí.
jueves, 24 de marzo de 2011
Madres
"Qué dignidad tan grande la de creer siempre en la vida
con sólo ver una flor brotando entre las ruinas".
domingo, 20 de marzo de 2011
El sol, la luna, el cuerpo, el centro
Imaginen que tienen una luna o un sol en el centro del cuerpo. O una esfera de cristal brillante. No importa qué. Lleven su mente hacia el centro del cuerpo. Aunque se disperse. Si se dispersan pueden cantar el mantra para ustedes, silenciosamente. Es un mantra silencioso. Está bien, vuelvan a intentarlo. Háganlo, suave, gentilmente. No fuercen la mente. Keep your mind in the center of your body.
Por un tiempo indeterminado me sentí sola. Completamente sola. Vi la luna de La Pedrera en mi ombligo. Luego esa luna viró en un sol que conozco. Es el sol que sale por el jardín de mi casa todas las mañanas. Amo ese sol. Estaba en mi ombligo. Hermoso. Por un tiempo indeterminado sentí mi respiración serena, la libertad de los pulmones, el cuerpo posarse. Y después comencé a sentir frío. Quise desesperadamente abrir los ojos. Me debatía entre abrir los ojos, cambiar la postura, ir a buscar un abrigo. ¿Qué hacer? Abrí los ojos y me encontré en una habitación rodeada de otra gente meditando. Me dio vergüenza. Volví a cerrarlos. Me concentré pero ya no podía. El frío me estaba ganando. Y el monje volvió a repetir: keep your mind in the center of your body. Volví a juntar las manos. Respiré hondo.
No es fácil meditar. Aún no sé qué es meditar. Intuyo que es algo parecido a lo que me pasa cuando hago shiatsu. Pero allí me estoy moviendo. No puedo simplemente olvidarme de mi cuerpo. No sé hacerlo.
jueves, 10 de marzo de 2011
AURYN
jueves, 3 de marzo de 2011
Puesta brillante
Está oscureciendo.
Lo veo entrar a Nico apresurado al cuarto de la posada donde nos estamos hospedando.
-¡Flo! ¿Viste la cámara? ¡Hay una puesta de sol increíble!
-Está por ahí... ¿Se ve la puesta de sol desde La Pedrera?
-Sí, la quiero fotografiar.
-¿Pero se pone en el mar?
-Te juro, se pone en el mar, vení a verla.
Salimos apresuradamente del cuarto. Mientras caminamos voy rumiando la posibilidad de que el sol se ponga en el mar en esta playa. Estamos a diez kilómetros de La Paloma, donde el sol sí se pone en el mar. Pero en esos diez kilómetros hay algunas curvas que no parecieran permitir una puesta de sol al estilo "La Balconada".
-¡Mirá! ¡Ahí está!
Veo una cosa redonda, anaranjada y brillante.
-Pero Nico...
-¿Qué?
-Nico, esa es la luna.
martes, 15 de febrero de 2011
Primera Persona
Sin embargo, la joyita máxima se la llevó una corrección de mi profesor de Historia -era universitario de Puan, el colegio se jactaba de tener todos profesores universitarios- en un trabajo que hice sobre la caída del muro de Berlín. En el trabajo (escrito ya en la flamante PC que mi padre trajo un buen día de 1994) yo había escrito una frase que decía "me propongo demostrar.... etc.). La frase está marcada en rojo y la corrección es la siguiente: NUNCA USAR LA PRIMERA PERSONA.
Ahí comenzó la fragmentación supongo. Esta frase la escuché hasta el hartazgo en la universidad.
Hoy, sin embargo, me propongo usar la primera persona. La singular y la plural.
Cuando quiero hacer algo lo hago siempre en primera persona. Siempre.
Pasivas con se y usos impersonales del lenguaje, absténganse, por favor.