Entiendo que esa bandera fue un gesto simbólico enorme. Un acto de desobediencia hacia el mundo que nos estaba mirando. ¿Qué somos los argentinos? ¿Un conglomerado de personas que sufren atrás de una pelota y nada más? ¿Somos el mate, el alfajor, el dulce de leche y el fernet? No, no se confundan. También somos desobedientes. Esa bandera es nuestro gran gesto simbólico al mundo entero. Esa bandera representa lo que en el himno cantamos: "al gran pueblo argentino salud".
Ya sé que el fútbol es cultura, unión, equipo. Todo eso lo entiendo. Pero no se ganan las disputas territoriales jugando partidos de fútbol. ¿Ayuda a la catarsis? Sí, claro. El gol de Enzo se escuchó como un rugido. Más de uno lanzó una puteada y lloró lo que no pudo llorar en estos dos años de puro apriete. Pero se sabe que las catarsis sirven para el momento catártico, alivian el peso pero luego... nos volvemos a quedar solos. El Mundial es el nuevo carnaval, esas fiestas que alteraban el orden del mundo. Por unos días todos éramos iguales, los ricos y los pobres. Después sólo quedaba el miércoles de cenizas y el orden del mundo volvía a caer sobre nosotros.
Los poderosos siguen siendo poderosos y cada vez más.
Nos vamos a quedar sin país mientras agitamos banderitas. Bah, nos vamos quedar sin mundo. Pero no quiero ponerme fatalista. No todavía. Me sumerjo en el quilombo, en el rugido y lloro, río, me pierdo. Parte de esta locura es que hay que perderse para poder encontrarse.
¡Salud!
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