La luz y la sal sobre las pestañas. Al menos puede llorar. No llorar es de una aridez pobre, un lamento lúgubre que no tiene asidero. Llorar en cambio cambia todo el panorama. Permite que la mano recoja el guante. Permite un movimiento de costillas arriba-abajo arriba-abajo. El dolor viborea la columna y se incrusta del lado izquierdo del sacro. Allí se detiene y arde. El llanto también se detiene. El dolor ocupa todo el espacio. Ya no es posible llorar sino desgarrarse. Y en ese agujero sin palabras se aloja el dolor, lo llena, le da entidad.
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