viernes, 15 de mayo de 2020

Pan Qi

mi cuarto pan de masa madre
va a salir bien
lo intuyo

me puse a practicar Qi gong:
en mis manos sentía
los movimientos del pan

miércoles, 13 de mayo de 2020

Tapa boca

Me tapo la boca como puedo. No sé coser, no voy a aprender ahora. Me armo un tapaboca con un pañuelo de florecitas de ciruelo y unos ideogramas chinos que no sé qué significan. El pañuelo me lo trajo mi papá hace mucho tiempo de China cuando China era un lugar donde se hacían negocios y no "el lugar" de donde surgen los virus de pangolín. Como no uso pañuelos, en ese momento lo guardé en el fondo del cajón de las bombachas pero ahora que tengo que usar tapaboca se convirtió en un objeto importante.
Me miro un segundo al espejo y observo las florecitas tapándome la boca. Me pregunto si alguien se lo tomará a mal esto de taparme la boca con florecitas e ideogramas chinos. Parece un chiste. Podríamos pensar que al final los chinos nos pusieron la tapa a todos si no fuera porque primero se la pusieron ellos y no tiene gracia. 
Una vez en la calle sucede lo predecible: se me salta una gomita y se me desnuda la mitad de la cara. Siento el aire nuevo como si fuera la mano de un desconocido en algún lugar íntimo de mi cuerpo. ¡Oh no!
En realidad no me quiero tapar la boca. No quiero. Pero estoy en la calle, está todo el mundo con la boca tapada con sus tapabocas comprados por mercado libre o vaya uno a saber.
Entonces entro al chino con el pañuelo de florecitas arrugado, mal encajado entre los bordes de mi campera y al borde de la hipoxia veo: barbijos a $140. Hay tres colores: negro, blanco y rosa. 
Balbuceando le pido uno rosa para ponerle onda a la cosa.  
Y otra vez, la china me salva.

domingo, 10 de mayo de 2020

Canto védico + práctica meditativa




Este jueves 14 de mayo a las 18:15 estaré guiando junto a dos profes más una práctica meditativa GRATUITA a través del canto védico. Estas prácticas son gratuitas y se vienen dando todos los jueves via zoom por un grupo de profesores de la Tradición Krishnamacharya en la Argentina.
El sonido en sánscrito acarrea en su interior la vibración de los elementos que gobiernan nuestras energías llevándonos a una experiencia interior.
Si quieren participar me avisan y les pasó el ID y la contraseña para que se conecten al Zoom.
¡Gracias!

sábado, 9 de mayo de 2020

Neelakanta

Hay una leyenda hindú que cuenta que tanto dioses como demonios decidieron batir el océano cósmico para así obtener el amrta (el néctar de la inmortalidad). Lo hicieron con la ayuda de una montaña y una serpiente anudada a su base a modo de cuerda. Comenzaron a batir pero lo que salió del océano fue un veneno muy poderoso que podía matar a todas las criaturas. Nadie quería ese veneno pero Shiva movido por la compasión bebió todo ese veneno y lo retuvo en su garganta purificando nuevamente el océano. Por eso se lo conoce a Shiva también como Neelakanta (el que tiene la garganta azul por el veneno).
Al retener el veneno en su garganta Shiva no lo traga. El veneno no lo afecta y le da la capacidad de transformarlo. Shiva acepta el veneno, no lo niega y lo toma como una oportunidad para transformarlo.


jueves, 7 de mayo de 2020

Masagochi/cuarentena/marcha contra el comunismo

Mi amor por Masagochi me lleva a situaciones muy bizarras. Ahora que vino el frío y que el cuarto donde esta el escritorio es el más pequeño, por ende, el mejor caldeado, Masagochi está conmigo. Hoy voy a intentar hacer el cuarto pan de la cuarentena y para eso estoy intentando mejorar algunas cosas. Nunca lo hago igual, ergo, nunca sale igual. Voy aprendiendo de mis errores.
Me pasaron el canal de Youtube de un panadero español que te explica cómo hacer el mejor pan de masa madre. El panadero es un sol, con unas manazas preciosas (no puedo evitar mirarle las manos redondeadas y generosas que tiene) pero para hacer el pan tiene un montón de adminículos que yo no poseo. A saber: balanza, amasadora, rasqueta, una piedra para horno y un cuchillo para greñar el pan.
A falta de eso tengo un bowl blanco lindísimo que me traje una vez de Uruguay, una especie de paleta de plástico que me sirve las veces de rasqueta, un horno que anda como se le canta y ninguna balanza.
El panadero español empieza refrescando su masa madre y te explica cómo hacer para que Masagochi quede perfecta. Partiendo de una masa madre ya activa coloca en un frasco limpio 30 gramos de masa madre, 35 gramos de agua y 35 gramos de harina. Revuelve y deja reposar el frasco un par de horas, es decir, hasta que duplique su tamaño. Su Masagochi debe ser más potente que la mía porque mi Masagochi tarda un poco más que dos horas. Yo no tengo modo de realmente calcular los gramos de Masagochi. Averigüé que una cucharada sopera panzona son 30 gramos de harina. Pero la harina no es masa madre. Otra vez, a ojo.
 De todos modos, esta vez lo voy a hacer distinto. La autólisis, por ejemplo, la haré sin la masa madre, solo con la harina y el agua. Y en el momento de empezar a amasar le meteré la masa madre ya activada.
Como todo esto lleva un montón de horas podré pasar este jueves con mi mente ocupada en algo en vez de andar preocupada porque un montón de irresponsables con barbijo quieren romper la cuarentena con la consigna: "no queremos comunismo".
 

martes, 5 de mayo de 2020

La vieja está en la cueva

Se puso fulero el otoño. Hasta ahora venía soleado o lluvioso. Pero el otoño con viento ya es otro cantar. Esa mezcla de frío, viento y lluvia da para quedarse en la cueva. Como ya estamos en una cueva (y muy confortable, debo admitir) me pongo a pensar en qué cosas solía hacer los martes en mi vida de antes. Por ejemplo, hubo martes del año pasado en los que con este mismo frío y lluvia me levantaba antes de las seis para estar a las siete y media de la mañana dando una clase de yoga en Martínez. En días como estos pienso que esas cosas eran surrealistas y no el hecho de estar encerrada ya más de cuarenta días adentro de mi casa.

lunes, 4 de mayo de 2020

Un adelantado

El doc venía todas las semanas. Jamás faltaba a su sesiones de zen shiatsu. Sus martes eran sagrados. Era "su" hora.
Vale la pena aclarar para quien no lo sabe: las sesiones de zen shiatsu se hacen sobre un futón (japonés) que contiene capas y capas de puro algodón natural. Los terapeutas de zen shiatsu trabajamos siempre a ras del piso, en contacto con el suelo, por eso, para proteger nuestras rodillas, si somos afortunados, lo hacemos sobre un futón. Usamos nuestro propio peso corporal para dar un masaje, nunca utilizamos la fuerza. De ahí que podamos dar varias sesiones sin cansarnos ni lastimarnos. Mi consultorio tenía (tiene) un futón hermoso de tres metros por dos metros y medio. Es decir, una habitación acolchada en casi su totalidad para el placer visual del que viniera a recibir su sesión. El futón era (es) rojo e invitaba (invita) a la relajación plena. Ya era (es) un terapeuta en sí mismo.
El doc venía siempre pero alguna vez tuvimos que suspender su sesión porque yo no me sentía bien y en eso siempre fui muy tajante: no doy (no daba) sesiones enferma.
-Me agarré una gripe -le decía- pero en unos días estaré bien.
Y él me corregía, más bien, me instruía:
-No, Florencia, no te agarraste una gripe, te agarraste algún virus, estarás con algún proceso viral que duran unos pocos días. Una gripe es otra cosa.
Un día, luego de su sesión, mientras lo acompañaba hasta la puerta de calle me dijo preocupado:
-Vos tendrías que vacunarte contra la gripe, sos como el personal de salud, como nosotros. Estás muy expuesta. Y no estaría mal tampoco que usaras barbijo.
Yo me reí con ganas.
-¿Barbijo, doc? ¿Cómo voy a dar sesiones de shiatsu con barbijo?
Le decía que no, que no hacía falta. Y menos aún vacunarme. No soy antivacunas pero la vacuna contra la gripe era para la gente mayor o gente con alguna complicación previa, gente que no era (es) yo. ¿Cómo iba a conectarme con mi receptor con un cacho de tela taponándome la cara. ¿Cómo iba a sentir su energía si el barbijo no me dejaba respirar? ¡Pero por favor!
Cuando empezó lo del Covid-19 primero no supe nada. ¿Qué era el Covid-19? ¿Una gripecita? ¿Se morían los ancianos? ¿Se morían los hipertensos? ¿Se morían los diabéticos? De pronto, supe. Era el fin. Miré el futón extendido en el suelo, rojo y mullido, pero esta vez sólo vi virus, bacterias, millones de microorganismos vivientes deslizándose entre las capas y capas de algodón como si de una montaña rusa se tratara. Lo enrollé con amargura y lo tapé con una sábana que me supo a mortaja.

Ahora que lo pienso el doc era un adelantado. Si vuelvo alguna vez a dar sesiones de zen shiatsu seguramente tendré que hacerlo con todas las medidas de seguridad necesarias (barbijo incluido) y también tendré que darme la vacuna de la gripe por las dudas.

Ni ganas de volver a tocar gente, che.

viernes, 1 de mayo de 2020

Feliz cumple, mi amor

Sepan que el amor en los tiempos del coronavirus es que un montón de familiares y amigos diversos entren a una reunión de zoom y te canten al unísono (algo imposible en esta plataforma) el "feliz cumpleaños". Un coro hilarante de voces lejanas que por el arte de internet se metieron en casa.
Grabamos la reunión a modo de documento histórico para aleccionar a las generaciones futuras de cuando hubo una pandemia y una cuarentena.

martes, 21 de abril de 2020

Soy una profe de yoga

Soy una profe de yoga. Todo virtual, todo on line.
Te grabo un video, te hago una transmisión en vivo.
Yo, que no podía sacarme ni una selfie.
Les juro que no me reconozco.

sábado, 18 de abril de 2020

Y la campana invisible se hace aire

Me quedó bastante harina de motze (mi abuela Ester lo pronunciaba así) y sería un desperdicio que se echara a perder. Voy a hacer kneidalej para varios y luego llevarles un táper a mis viejos que viven acá a ocho cuadras. La comida de la infancia es poderosa y mi mamá con la cuarentena anda deprimidísima. Estoy decidida a levantarle el ánimo con los kneidalej que hacía mi abuela.
Seguramente no saldrán parecidos porque nunca heredé sus recetas. Pero eso me tiene sin cuidado. Mi abuela no era buena cocinando. Lo que importa acá es el gesto. La mano de mi compañero hace esa magia. Yo no sé que tienen esas manos...

Salir de casa nos pone cada vez más nerviosos. Hacemos toda la rutina de colocarnos la ropa de calle, los barbijos, subirnos al auto. Los kneidalej pasan a un segundo plano. El plan es no salirnos del camino, ir directo, dejarles el táper y volver. Durante el trayecto observo lo obvio: calles vacías y árboles dorados por el otoño. Lo bello, vedado. Miramos el mundo a través de una campana. El aire limpio y soleado no pasa por el barbijo que tapa mi boca y me deja a solas con mi soledad.

Veo a mi mamá a la distancia de un metro y medio y es como sostener un pañuelo que seca lágrimas ausentes. La tristeza está ahí pero no se ve. Le entrego el táper y empiezo a sentir la desolación de mi acción inútil. Mi mamá me agradece, incluso trata de sonreir. Hacemos unos comentarios en voz alta, no sé por qué desde que comenzó la cuarentena todos hablamos a los gritos, como si realmente existiera un campana invisible que nos envuelve y nos separa del mundo. Me doy cuenta que además no sé hablar con barbijo.

Volvemos a casa como aquellos animales asustados que intentan esconderse en un pozo. Nos sacamos los zapatos. Nos lavamos las manos, ponemos a lavar los barbijos. Me enojo conmigo misma. Podría haberle hecho una compra, algo de la farmacia que seguro le faltaba, hacer algo útil.

Bueno. 

Mi mamá me acaba de llamar. Se está riendo. Creo que habrá que aprender a esperar, que la comunicación ahora llega con delay. Pero cómo saberlo si no puedo quedarme con ella y verla saborear ese plato, cómo saberlo si no puedo traspasar el umbral de su casa. Entonces resta esperar. Como cuando uno escribe un texto, lo publica y espera a que alguien lo lea, le de un sentido a esa acción.
Un sentido. Ahí es cuando lo inútil se torna bello y la campana invisible se hace aire.



viernes, 17 de abril de 2020

En el siglo XV no se consigue

El pan de masa madre fue un fiasco con un sorprendente buen sabor. ¿Qué significa esto? Que me quedó un pan chiquito, medio deforme, levó poco pero... el sabor es exactamente el sabor agrio que yo recordaba de los panes de masa madre que alguna vez compré en alguna feria. La miga era la miga típica de la masa madre, toda agujereada y hasta se creó un poquito de corteza ya que le metí una bandeja con agua al horno de mierda que tenemos en casa. O sea que con todas las de perder, (harina de súper, un frío de cagarse donde ni a palos la cocina estaba a 25 grados, un horno que hace lo que quiere y cuando quiere) haber logrado este resultado me pone muy muy feliz.
De ahora en más voy a contar los días de la cuarentena en panes de masa madre. Cada uno me lleva más o menos una semana así que espero que no sean muchos. Y si son muchos que el resto salgan mejores.

jueves, 16 de abril de 2020

Volver al siglo XV

Cuando le cuento a mi papá que estoy haciendo pan de masa madre y todos los pasos que eso conlleva me dice: ¡pero volviste al siglo XV!
Bueno.
Ya han pasado cinco días y la masa madre huele bien, ha duplicado su tamaño y tiene la consistencia de una mousse. No lo puedo creer. ¡No lo puedo creer!
No se puede hacer esperar a un gran amor así que pongo manos a la obra. Mezclo tres partes de harina con dos de agua y una de masa madre, integro los materiales y los dejo reposando una hora. Este un proceso que tiene un nombre muy lindo y que lo descubrió un experto en pan llamado Raymond Calvel en 1974. Búsquenlo, está en Wikipedia. Se llama autólisis. Parece magia porque uno no hace nada, sólo deja que la masa se amase sola.
Luego hago los primeros cuatro pliegues. La masa está blanda y se deja estirar. La puedo plegar casi sin problemas. Espero media hora. La segunda vez sale mejor. No se me pegotea, qué lindo. Vuelvo a esperar media hora. La tercera vez... ¿qué hago, la vuelvo a plegar o la dejo reposar un par de horas? La pliego por tercera vez. Listo. Ahora sí, a esperar dos horitas.
Como hace un frío de cagarse mi compañero prendió el horno de antemano. Un genio. Pensó en mi masa. Díganme si eso no es amor. Pero la masa está, digamos, casi igual que dos horas atrás. ¿Qué hago? ¿Un cuarto pliegue? ¿Me arriesgo a hacer el pan así? Me arriesgo. De última quedará una especie de chapati. Esparzo harina en la mesada y logro un bollo bastante digno.
Ahora 24 horas a la heladera y mañana será otro día.

miércoles, 15 de abril de 2020

Un pequeño rasgo inmenso

Ya está. Hoy lo decidí. No voy a cortarme más las uñas. Me las voy a dejar largas. Esta es mi forma de decirme a mi misma que si ya no soy una terapeuta de shiatsu (al menos no hasta que se termine esta cuarentena) mis uñas crecerán libres.
Hablando de uñas, ayer la gata en un ataque de nervios, me dio un zarpazo en la mano. Supongo que está harta de mi y quiere que me vaya, como me iba antes cuando la dejaba sola para que ella desplegara su pequeña vida felina mientras yo trabajaba. La gata ha dejado de ser un poco gata y yo he dejado de ser una terapeuta. Estamos a mano.
Pero vuelvo a las uñas. Ya está, ya lo decidí. No me las voy a cortar. O quizás me las vuelva a cortar pero con formas raras. Nunca supe bien cómo eran mis uñas libres. Antes de ser terapeuta de shiatsu tenía la costumbre de sólo cortarme las uñas de la mano izquierda y dejarme redonditas las uñas de la mano derecha. Costumbre que empecé a las once años cuando abracé una guitarra por primera vez y Jorge, mi primer profe de guitarra, intentó enseñarme a sacarle un sonido más o menos decente. Fue él quien me quitó esa horrible costumbre que tenía de morderme las uñas. Porque de chica mis uñas estaban siempre rotas y comidas hasta el borde. Era una costumbre espantosa pero yo no me daba cuenta, era lo normal. En mi casa, mi mamá se comía las uñas y era un rasgo que no parecía que se pudiera cambiar. Como una de esas recetas familiares, un rasgo heredado, una manera de ser. Pero mi amor por la guitarra y un poco también porque otra alumna de Jorge me mostró sus uñas perfectas y a mi me dio una envidia tremenda, dejé de comérmelas y empecé a cuidarlas con esmero y fruición. Incluso llegué a comprarme un fortalecedor de uñas que tenía brillito.
Entonces ahora que lo pienso, mis uñas nunca fueron realmente libres. Primero mordidas luego limadas y finalmente cortadas con la prolijidad de un cirujano una vez a la semana.
Entonces no está mal dejar que mis uñas se muestren por primera vez tal como son. Y me gustan. Son fuertes, tienen la forma perfecta que enmarca mis dedos y no se quiebran.
Capaz de esto se trata esta cuarentena: descubrir en estos gestos un pequeño rasgo inmenso.

martes, 14 de abril de 2020

Masa madre

Quien hubiera dicho que un puñado de harina mezclado con agua de la canilla iba a ser el comienzo de una especie de amor. El primer día lo hice con bastante poca fe. Un par de cucharadas en un frasco de harina común (la única que había en casa) y un poco de agua. Mezclé hasta que se hizo una crema. Luego tapé el frasco. Después medio que me olvidé pero al día siguiente fui a mirar qué había sido de la cosa cremosa. Estaba pálida, algo grumosa, tenía un leve aroma ácido. No me gustó para nada. Pero ya estaba en el baile así que le tiré otro par de cucharadas, agregué un poquito más de agua y cerré las ventanas de la cocina. Ese día usé el horno para ver si la cosa crecía un poco. Creo que se sintió mimada. Al día siguiente estaba espumosa, un leve aroma frutado. Me envalentoné. Le empecé a hablar (como a las plantas). Pero cuando hoy (tercer día) le iba a agregar el harina sentí una puntada de angustia. Le agregué agua, quedó un poco acuosa, ¡no! ¡Horror! No hay nada peor que ver esa masa espumosa desinflarse, amigos. Es como cuando el amor se nos va, irremediablemente, no hay forma de retenerlo, todo lo que sube baja, todo lo que se expande, se contrae. El tiempo es inexorable, la arena se escurre entre los dedos.

Ah, mañana les cuento si pude hacer pan.