21 de mayo de 2015

Un respiro

Hay cosas de las que no me arrepiento para nada. Lo haría de nuevo de ser necesario.
Pero quizás es mejor descansar.
Me siento completa en mí misma. Imperfecta y completa.
Y, sin embargo, el espacio.
Es momento de hacer espacios que signifiquen. Que no sean vanos.
Que no sean en vano.
Hay cosas que ya no tendré. Por ejemplo,
no seré
una madre a los 28 años
como alguna vez me soñé.
(Pero ya no importa.)
Hoy tengo 38 años que me hicieron ser la persona que soy.
Tampoco tendré muchos hijos
como alguna vez me imaginé.
(¿De verdad me imaginé eso?
¿Cuánto había de deseo,
cuánto de fantasía?).
Yo puedo llorar a mis antepasados tranquila.
Puedo honrarlos. En eso estamos mano a mano
la vida y yo.
Y también puedo mirar hacia el futuro.
Además, estoy sana.
Mis células son un torrente de amor y luz.
Algo hay que hacer con toda esta salud.
Manos a la obra.
Mi cuerpo se la bancó tanto.
Gracias, genio, gracias, gracias. Cómo te voy a mimar ahora. 
Es hora de darnos un respiro. Vos y yo.
Hora de ser feliz.
Y de que "la hora de los intentos" sea otra.

16 de mayo de 2015

Ya no viene nadie

Como acá ya no viene nadie puedo escribir cualquier cosa. Por ejemplo que soñé con G y que se volvía a morir su mamá y yo en el sueño lo abrazaba y le decía que lo quería mucho y bla bla bla. Un sueño bien añejo. Lo más terrible es que pasó así. Se le murió su mamá y yo me quedé ahí abrazándolo.
Me pregunto por qué justo ahora vengo a soñar con eso tan viejo y que ha quedado tan atrás. Por qué mi mente a veces se empeña en traerme estos temitas. Si a G no lo veo más y la mamá se murió bien muerta y ni las cenizas porque las tiramos al agua hace muchos años ya.
Bueno, no sé por qué se me da por soñar con muertos últimamente.

10 de mayo de 2015

Sendak (1928-2012)

Yo no escribo para chicos. Yo escribo. Y alguien más dice: “Esto es para chicos”.

Nunca me propuse hacer felices a los niños. O mejorarles la vida, o hacérselas más fácil. No me gustan mucho, así como no me gustan mucho los adultos. Bueno, para ser sincero debería decir que me gustan un poco más los chicos que los adultos, porque los adultos no me gustan para nada.


Firmar ejemplares es horrible, estúpido, no significa nada. Y a mí ni siquiera me sirve para seducir a las madres bonitas de los niños lectores, porque soy gay.


El estado de la literatura infantil actual es abismal. Catastrófico. Una de las razones para que así sea es que hay demasiados libros para chicos.


Somos animales, violentos, criminales. No somos tan diferentes de los simios, esas hermosas criaturas. Y se supone que debemos ser civilizados, ir a trabajar todos los días, ser amables con nuestros amigos, enviar tarjetas de Navidad, todas esas cosas que nos perturban profundamente porque están en contra de lo que haríamos naturalmente.


Elegí un género muy modesto, la literatura infantil, y me escondí en este género para poder expresarme plenamente en él. Lo elegí por timidez y estiré sus límites todo lo posible.


No escribí Donde viven los monstruos por dinero. En los años ‘50, los libros para chicos eran el último peldaño del mundo literario. No creo que Madonna hubiese escrito un libro para chicos en los ‘50.


Nací en 1928. Y lo que más recuerdo de mi infancia es el secuestro del bebé Lindbergh. Cuando sucedió yo tenía tres años y medio y me acuerdo de todo. Recuerdo la voz de su madre en la radio, pidiéndoles a los secuestradores que usaran Vick para el catarro del bebé. Yo tenía miedo de que me secuestraran y tenía miedo de morir. Era un chico enfermizo y mis padres no eran discretos emocionalmente: siempre creían que iba a morirme y lloraban cuando tenía fiebre. Supe que era mortal desde muy joven. Con el bebé Lindbergh hice un asociación muy rara. Pensé que este bebé no podía morir porque era rubio y rico, vivía en una mansión, su madre era la princesa del universo y su padre un capitán. No podía soportar que ese chico muriera. Mi propia vida dependía de que él fuera rescatado, porque si ese chico se moría, yo no tenía ninguna oportunidad: yo era pobre, feo, hijo de inmigrantes. Y cuando el bebé fue hallado muerto, algo fundamental murió dentro de mí. O, quizás, algo nació: mis historias, estas sombras que están en la vida de los chicos que no son felices ni tienen con quién hablar.


Los chicos tienen que saber que hay cosas malas. También tienen que saber que hay gente a su alrededor que los ama y los va a proteger, pero que no pueden detener las cosas malas.

Los chicos son valientes porque son inocentes. Tienen la enorme inocencia de no saber que el mundo puede ser un lugar tan malvado.


No nos podemos deshacer del mal. No podemos, lo siento internamente. Y hay tanta estupidez en el mundo que no queda coraje. Estoy perdiendo la esperanza. Y no quiero que eso me pase. Vivo cada día. Estoy bastante bien. Trabajo. Duermo. Canto. Camino. Pero estoy perdiendo la esperanza.


Estoy obsesionado con la muerte. Me parece una aventura. Peter Pan lo dijo. Curioso que lo cite, porque no me gusta J. M. Barrie. Detesto cómo ha sentimentalizado a los chicos, cómo los ha hecho bonitos y encantadores. Pero si uno mira el corazón de Peter Pan, es un chico obsesionado con la muerte, con miedo de vivir. Si uno le saca las estupideces de Hook y la musiquita, es una historia muy extraña.


Cuando iba a preescolar y tenía seis años, estaba jugando con mi amigo Lloyd en un callejón entre edificios de departamentos en Brooklyn. Eran los lugares más seguros para jugar. Jugábamos a la pelota. En un momento la tiré muy alto y él trató de alcanzarla pero no pudo y la pelota se fue a la calle. Y él hizo lo que siempre nos decían que no hiciéramos, correr del callejón a la calle: era peligroso porque los autos no podían verte salir de ahí. No me acuerdo del auto, pero me acuerdo de Lloyd volando. Cuando cayó, ya estaba muerto. Murió en el instante en que fue atropellado. Y, desde entonces, noto que en mis historias muchos de los personajes niños vuelan.


No sé cómo controlar mis demonios. Cuando me pongo muy ansioso leo a Melville, William Blake y Emily Dickinson. Cuando los leo, siento que la vida tiene un propósito. Lo mismo me sucede cuando escucho a Mozart. Es en lo único en que creo, en lo que tengo fe: en el arte. Melville es, para mí, un dios.


Siempre me sorprendió mi éxito y no soy un cínico. Dejar un legado es reconfortante. Pero no entiendo cuando la gente me dice “Cómo podés estar deprimido, Maurice, si tus libros van a vivir para siempre”. Bueno, pero yo no voy a vivir para siempre. A quién le importa la vida de los libros. Lo que me importa es mi vida, desde este momento hasta el de mi muerte. Si voy a poder trabajar y ser independiente.


Ser joven fue horrible. Una pérdida de tiempo. Fui muy infeliz. Cuando la gente me pregunta a qué edad querría volver, les digo sinceramente que a los 68 o 69.


La mayoría de mis libros están relacionados con el Holocausto. No de una manera obvia, pero el tema está siempre ahí. Toda mi vida es el Holocausto. Mis padres vinieron de Europa por casualidad, a buscar trabajo, mucho antes de que existiera el nazismo; conocían, claro, el antisemitismo, pero estaban acostumbrados. Es un milagro que yo haya nacido en Estados Unidos y que sobreviviera.

La niñez es una etapa. En Donde viven los monstruos o El Mago de Oz se habla de eso: de no ser un chico para siempre y de reconocer que la infancia es un momento de la vida. Un libro infantil no debe tratar de convencer a los chicos de que son chicos. Hay cosas que no saben y el punto es compartir lo que uno sí sabe con ellos, como adulto.


La gente me pregunta por qué no hago Donde viven los monstruos. Parte 2. Los mando a la mierda. Qué idea terrible. Yo no soy una puta.


Me criaron para que sintiera culpa. Cuando no quería cenar porque mi madre era una cocinera horrible, ella me gritaba: “¡Pensá en tu primo que no puede comer porque murió en un campo de concentración y antes, además, lo habían casi matado de hambre!”. Yo odiaba a todos esos niños muertos en el Holocausto.


Si hubiera tenido un hogar feliz, no hubiese sido un artista. Mis padres vivieron vidas desesperadas; mi hermano y yo fuimos crueles con ellos. Especialmente con mi madre. Pero no entendíamos. Eramos chicos. No sabíamos que ella estaba loca.


Mi pareja, Eugene, y yo nunca pensamos en adoptar. Yo soy demasiado disfuncional. Siempre supe que le arruinaría la cabeza a una criatura.


Estoy totalmente loco, lo sé. No lo digo para hacerme el interesante: sé que por eso mi trabajo es bueno, porque viene de un lugar de locura. Jamás pequé de falsa modestia.


Maurice Sendak fue uno de los autores más extraordinarios en pintar el paisaje emocional de la infancia: sus libros, en general considerados para niños por unir de manera muy sintética e imaginativa sus dibujos y las palabras, saben llevar a ese lugar al que sólo puede ir la inteligencia de un chico, donde lo terrorífico, la inocencia y el amor bailan una danza juguetona y macabra a la vez. Hace un par de años, Spike Jonze adaptó impecablemente para el cine su clásico Donde viven los monstruos, de 1963.

30 de abril de 2015

La buena de Tracy

But give me hope
That help is coming
When I need it most
Give me hope
That help is coming
When I need it most

29 de abril de 2015

Estrellas

La tapa de este cd tiene amarillo. La luz de la lámpara es amarilla, los ojos de mi nueva gata son amarillos, el pantalón de shiatsu es amarillo.
Y yo me pregunto por qué adentro me cuesta tanto mantener el amarillo.
Sólo las luces de las estrellas fugaces se apagan. Las demás estrellas sigue brillando en el espacio sideral.
¿Por qué todo tiene que ser tan fugaz?

26 de abril de 2015

Decir que sí

Digo sí,
trompita de anís
bellecita de luz
amorosa del sol.

Digo que sí,
capullito de arroz
laguito de tul
alambique de amor. 

21 de abril de 2015

Si pudieras olvidar tu mente

Esto fue lo que pasó. Olvidé mi mente ante su ser (y su mano bajando por mi espalda una noche de febrero). Mi mente se fundió en el calor universal del amor. Olvidé mi mente frente a este amor que vivo desde hace seis años. Olvidé mi mente porque ya estaba harta de mi mente. Mi mente se la pasaba diciéndome cosas como: "esto te conviene, esto no te conviene".
Hans no me convenía, decía mi mente. Bajo ningún concepto. Mi mente odiaba a Hans. Mi mente le habría hecho la guerra a Hans. Y vencer a mi mente... te la regalo. Pero él pudo. La derritió en un santiamén. Un buen revolcón y la ternura derramada.
A veces mi mente viene y me dice: qué bien que hiciste, menos mal que no me hiciste caso.
Y yo me sonrío. Sonrío mucho.