14 de diciembre de 2007

Docencia universitaria

Es difícil tener que desaprobar a alguien en un examen final oral, decírselo en la cara, firmar su libreta y desentenderse del asunto.

5 de diciembre de 2007

Retrocedo

Delicada, como un cangrejo rojo y vivo.
Retrocedo, por ende, avanzo.
No, no es paradoja:
el sueño de anoche fue una catarata de sentido.

Retrocedo
y la marea mece mis manos.
avanzo
y la marea mece mis manos.

Alguien dijo: el tiempo.

Lo encierro en mis manos.
Lo ahogo en la bolsa.

27 de noviembre de 2007

Bella Durmiente

¿Duermen tus dioses?, me preguntan en una carta.
No.
No duermen.
En la duermevela encienden los cirios que alumbran el camino de los fueguitos mínimos. Los fueguitos de la madrugada que al mediodía son el fuego necesario que pide tormenta.
No es contradicción, saravá.
Cómo los fueguitos mínimos devienen en llamarada espesa.
¿Cómo es la chispa que enciende el cirio en la madrugada?
No quiero saber.
Mis dioses no duermen.
Yo sí.

22 de noviembre de 2007

Mi nombre está escrito en el aire y en la tierra

Hay días en que el viento es favorable a las ideas y a las proezas. Hay días en los que yo me voy con el viento. El viento me lleva a un orden preciso. Preciso de necesario, no de precisión. Y yo me dejo arrastrar por el viento.
Como la nube de agua que soy.
Pero hay días en los que quiero volver a la tierra.
Enraizarme en la tierra cual animal vegetal.
En esos días florezco.
Como una flor roja.
Como la flor de tierra que soy.

12 de noviembre de 2007

2 de noviembre de 2007

Aviva la llama

No se puede escribir con el animal entre los pies. Llevo el animal gateante entre mis rodillas.
¿Cuántas generaciones más domesticaré?
¿Qué me une con mis congéneres?
¿Qué lazos?
¿Por qué la sangre es tan importante?
¿Por qué la sangre, el semen, el flujo, la saliva, todas esas excreciones son tan importantes?

En un barco abandoné mi ave. Era un ave pequeña y risueña. Paladeaba la voz con esquisito pudor. Ni una gota de menos. Lagrimeante y buena moza, redondona y amistosa, mi ave se enternecía de candoroso sudor.

La abandoné.
Abandoné su plumaje rebelde. Su plumaje brillante de ideas tornasoladas.
¿Para qué quiero yo ideas tornasoladas?
¿Para qué quiero yo plumaje brillante?
¿Para qué quiero yo plumaje?

El barco, el carruaje, el recoveco rojo:
subterfugios.

1 de noviembre de 2007

La mujer de las serpientes

Qué absurda la división de bienes. La división de seres. L a división de órganos. Alguien muy maquiavélico ha querido que esto así sea. ¿Cómo es que vine a parar a este mundo? De todos los mundos posibles he imaginado éste. No estaba en mí. Estaba en lo que ustedes vieron de mí. Lo que ustedes querían ver de mí. Este espacio es un fraude. Yo no soy un fraude. Y ahora que las revoluciones no son estallidos ni espasmos de violencia sino una marea lenta que sube, se explaya, va a romper en el punto exacto, donde la flecha es flecha y no arco vacío, donde la ola es bella y no espuma desangrada, ahora que la revolución respira conmigo digo: silence.
Por qué.
La mujer que ven ahí lleva serpientes escondidas en su cabellera castaña.
Yo la peino todos los días y no tengo espejo.
La serpiente muerde mi mano.
Todos los días.
¿Quién se atreve a peinar a una mujer con serpientes en su cabellera castaña?
Nubedeagua se ha roto.
Y esto es recién el comienzo.

18 de octubre de 2007

Ciencia 1 - Ficción 0

Liliana Bodoc escribió un cuento titulado "Blanco" donde un abuelo esquimal les cuenta a sus nietitos esquimales qué pasó con la luna y por qué nunca está igual. Parece que en el Ártico había un oso y un lobo. Cada uno habitaba una mitad del Ártico. Esta mitad estaba delimitada por un río que en verano era de agua clara y en invierno de hielo duro. Ninguno de los dos osaba pasar hacia el otro lado y respetaban los límites. Pero una noche apareció la luna redonda en el cielo y se vio reflejada en el agua (era verano). Instantáneamente el oso y el lobo quisieron poseerla y se lanzaron al agua del río rompiendo por primera vez el límite delimitado. La luna se quebró en mil pedazos. El oso y el lobo se enredaron en una lucha sangrienta y luego de mucho pelear cada uno se fue a su lado del Ártico con un pedazo de luna entre los dientes. Y así concluye el cuento. La luna tiene cuatro fases porque está partida: a veces aparece la luna del oso, a veces aparece la luna del lobo.

-¿Sabés lo de las fases de la luna, no?
-Sí.
-Todos los días la luna va cambiando. Nunca la vemos igual
-¿Todos los días?
-Sí, tiene un ciclo de 28 días.
-Y ¿por qué?
-Bueno, la luna es un satélite de la Tierra que no tiene luz propia. Lo que nosotros vemos son los rayos del sol reflejados en la luna.

Y ahí nos enredamos en discusiones sobre los movimientos de la Tierra, el Sol, la Luna, los planetas, los satélites, la fuerza de gravedad, la atmósfera, los meteroritos.

Y nos olvidamos del cuento de Liliana Bodoc. La explicación científica parecía ser mucho más interesante.

Cuento de navidad de Auggie Wren

La maestra le ha indicado a H. que tiene que contar un cuento para su clase. H. no sabe aún qué cuento llevará. Sus padres no le cuentan cuentos en español ni le leen libros en español por obvias razones. Por eso cuando estamos juntos suspira y me dice que no le gustan los libros que le hacen leer en el colegio. Luego me mira con curiosidad y me pregunta qué libros me gustan leer a mí. Yo saco de la mochila El cuento de navidad de Auggie Wren de Paul Auster ilustrado por los maravillosos dibujos de Isol y se lo muestro sin decir una palabra. Lo mira, lo abre y empieza la fiesta.
-¿Pero vos leés esto?
-Claro.
-¡Está re bueno!
-Si querés te lo presto, lo leés y después me lo devolvés.
-¿En serio?
-Sí, claro. No hay apuro. Leélo y después me contás.
-¡Me salvaste!
-¿De que?
Y entonces me explica que tiene que contar un cuento para toda la clase. Y que no sabe qué cuento contar. Pero que ahora está decidido a contar la historia de Auggie.
No puedo reprimir una carcajada. Mi librito de Paul Auster entrando en ese establecimiento escolar, la mirada inquisidora de la maestra y este alumnito mío contando con fervor el cuento de Auggie. Un cuento complejo donde la moral se mezcla con la ternura y la injusticia.
Maravilloso.
Le digo que sí, que por supuesto.
Y entonces mi alumnito se va feliz abrazado a mi libro de Paul Auster. Y ya dice Paul Auster. A los diez años. Leo a Paul Auster. Me gusta cómo escribe Paul Auster. Esas cosas.
Maravilloso.

Literatura infantil

Estos colegios caros y estrictos insisten en que la buena educación debe ser aburrida, sistemática, enciclopédica y por sobre todas las cosas: debe dar miedo. Por eso mi alumnito de nueve años debe leer Azabache, un libro *decimonónico* sobre un caballo que sufre y se la pasa sufriendo a lo largo de todo el libro y que, por si fuera poco, está plagado de alusiones a Dios y al cristianismo y al domingo dominical. Mi alumnito, además, es musulmán y no sabe ni siquiera lo que es una iglesia, un párroco o una misa. Claro que, de este modo, lo único que logran es que termine odiando a los caballos y queriendo que Azabache se muera de una vez por todas para terminar con el sufrimiento de leer el libro.
Pero Azabache no se muere, le digo.
Y contra todos mis principios le cuento el final.

17 de octubre de 2007

Soluciones para el medio ambiente

-¿Y por qué los peces no se van?
-Porque no pueden irse. ¿A dónde se van a ir?
-A otro agua. Si yo fuera un pez me iría nadando rápido, muy rápido para que el agua contaminada no me alcance.
-Pero un pez no puede hacer eso. Imaginate que es como si de pronto nos contaminan el aire, nosotros no nos podríamos escapar del aire.
-Sí.
-¿Sí?
-Mirá.

Aguanta la respiración un ratito y luego respira aliviado.

-No se puede.
-Y no.
-Qué mal, pobres peces.
-Pobres peces y pobres nosotros... ¿a dónde creés que va el agua del Riachuelo?
-¿Al mar?
-Al Río de la Plata.
-Si yo fuera Río de la Plata me pelearía con el agua del Riachuelo, le haría una guerra para que no entre y así no me contamine.
-Pero es que no es culpa del agua de Riachuelo estar contaminada.
-Pero es mala. Es un agua mala.
-Sí, pero no es su culpa.
-Pero y entonces hay que dejar de tirar cosas malas al agua y listo.
-Algo así, sí.

12 de octubre de 2007

Subterráneo

El subte tiene algo.
Tiene ritmo.
Por eso, la música. La música hace soportable la ciudad. La ciudad crea a la música y así el ciclo no termina. La música y la ciudad tienen un vínculo necesario.
Hoy nadie escucha música en su casa, en un sillón.
Mi abuelo, por ejemplo, tomaba un disco de Haendel, lo colocaba en el combinado (un mueble grandote que contenía el tocadisco) y luego se recostaba en el sofá y entrecerraba los ojos. Todo su ser se concentraba en escuchar. Interrumpir a mi abuelo en ese estado podía ser sacrílego. La musica que él ponía no era para bailarla ni para ponerla de fondo mientras se hacía otra cosa. Estaba ahí para ser escuchada.
Mi abuelo tomaba el subte. Porque el subte no es una invención ultra moderna. El subte existe en Buenos Aires desde el siglo pasado. No es como el ipod o el mp3 o la laptop.
Jamás mi abuelo escuchó música en el subte. No hubiera tenido cómo. No existía el soporte técnico para eso. Se limitaba a escuchar el traca traca de las vías y a mirar la oscuridad de los túneles.
Claro que las distancias para recorrer eran bien cortas. No se concebía viajar una hora para ir al trabajo. Hoy por hoy, viajar una hora es casi una suerte.
Ayer la mayoría de las personas que viajaban en el subte tenían auriculares en las orejas. Y unas cosas diminutas colgando de sus cuellos. Los auriculares ahora vienen de color plateado. Nos hace parecer astronautas. Ahora que lo pienso hay muchas cosas plateadas en la indumentaria de hoy en día.
Pienso que si mi abuelo hubiera llegado a ver todos esos seres conectados a esos cositos plateados con los ojos perdidos en su propio ritmo se hubiera sentido muy viejo.
Como del siglo pasado.

5 de octubre de 2007

Pretérito Pluscuamperfecto

-Bueno...y esto es el pretérito pluscuamperfecto.
-Ah, pará, pará, yo sé, yo sé... te doy un ejemplo.
-A ver...
-Yo vengo y te digo "Hola".
-Ajá...
-Y después me voy.
-Bueno.
-Y después vuelvo a venir y te vuelvo a decir "Hola".
-Ajá...
-....
-....
-....
-¿Y?
-¡Y que ya te había dicho hola!

Mis alumnitos son lo más.

2 de octubre de 2007

Ceci Margot

Con Ceci últimamente nos vemos en encuentros de treinta minutos. Y claro, no nos basta pero al menos nos vemos las caras y yo puedo apreciar su hermosa panza de seis meses. Es como si Ceci ya no fuera sólo Ceci sino ella y su hijo que vienen a tomar mate a casa. Llegó con la lluvia y se fue con la lluvia. Conoció a la azalea de los abuelos que ya está "estallada" de flores (pronto pondremos fotos), me regaló un dulce de ciruelas silvestres de El Bolsón y recibí mi regalo de cumpleaños atrasado (dos hermosas tazas artesanales). Es lo que yo digo: no hay como cumplir años en febrero y recibir regalos en octubre. Pero como yo tengo toda una teoría respecto al mes de octubre no me sorprende en lo más mínimo y hasta lo considero absolutamente lógico.

1 de octubre de 2007

Aérea

Mi corazón no está en este jardín
sino en el frío del agua al quebrarse,
en el aéreo secreto del tiempo.

27 de septiembre de 2007

Adquisición de la lengua

El hermano mayor de mi alumnito egipcio es un año más grande. Tiene diez años y está en quinto. Me sorprende como un año de diferencia, en estos casos, es abismal. Cuando empecé a darle clases a H me aclararon que su manejo de la lengua era mejor que el de su hermano menor. Pero creer esto es un error: H tiene una personalidad muy distinta a K que hace que se apropie del español de una manera muy diferente. Ambos usan el español a la perfección, se hacen entender, tienen amigos y juegan a los típicos juegos de los niños de su edad. K es reservado y tímido cuando no te conoce, no le gusta que lo toquen, movedizo e inquieto cuando toma confianza (y conmigo ya tiene mucha), le gustan los cuentos de terror donde suceden cosas terribles y abunda la desesperanza. En sus historias siempre hay golpes y piñas, ganas de estrujar al otro contra el piso. Es todo un juego, claro. No es un chico violento de por sí y defiende a los pajaritos cuando otros niños intentan romper un nido de hornero. Pero H tiene una sonrisa de oreja a oreja que expresa una enorme entereza, es dulce cuando te habla, se deja tocar, tiene una mirada afable que invita al descanso, no le gustan las historias tristes, seductor nato, tranquilo y reflexivo en todo lo que se le dice. Ambos juegan juntos y K siempre termina "perdiendo". Cuando H elige algo K elige lo contrario (a veces creo que es tan sólo para diferenciarse). A veces creo que a K le duele haber llegado "segundo" a este mundo. Como si le faltara un pedazo.

Los dos son adorables aunque de formas muy distintas.

H está teniendo problemas en lengua. Esto es inaudito. Siempre le ha ido bien. Escribe buenas composiciones, entiende los textos, no necesitó jamás ayuda. Pero siempre hay una primera vez. Por la mañana cuando le doy clases a la madre ella me pide repasar los pretéritos. ¿Los pretéritos? Parece importante. Indago un poco más y descubro que es H el que está teniendo problemas con los tiempos verbales en la clase de lengua. La madre está desesperada. Me dice que H nunca ha tenido estos problemas. ¿Cómo es posible que mi hijo no sepa los pretéritos? Ella se siente incapaz de ayudarlo. La tranquilizo. Ella sabe -y cómo lo sabe- que la diferencia de los pretéritos en español a veces es tan sutil. Ha sufrido en carne propia que a veces ni la mejor teoría ayuda a resolver los ejercicios. Pero los niños tienen un sexto sentido, le digo, una intuición que les va a servir mucho más que la teoría. Y yo confío en que H la tiene. Como cualquier chico argentino.

Pero, claro, puedo equivocarme. Después de todo H no es un chico argentino.

13 de septiembre de 2007

Chizz

Los caminantes no necesitan coordenadas porque saben que la tierra es redonda.
Y cuando algo es circular siempre hay lugar para el encuentro.

1 de septiembre de 2007

Inauguración: Luciano Rossi

Mi hermano está exponiendo sus cuadros en una galería cuya dirección figura al costado de este blog. Hoy fue la inauguración y, por supuesto, allí estuvimos.






29 de agosto de 2007

Tokio Blues

Estoy leyendo Tokio Blues en el centro de la cama matrimonial con los dos veladores encendidos. ¿Murakami tiene una fijación con los pozos? Siempre hay pozos en sus novelas. Ya me enteraré qué pasa con este pozo. Lo cierto es que no debe ser nada agradable morir adentro de uno.

16 de agosto de 2007

9 años II

-Me fue mal en esta pregunta.
-¿Qué pasó?
-No entendí lo que es adaptación.
-Mmmh... a ver...por ejemplo, cuando viniste a la Argentina ¿qué te pasó?
-Me pasó algo extrañísimo. ¡No podía hablar!
-Claro, no podías hablar. ¿Y qué hiciste, entonces?
-Y... de a poco tuve que aprender.
-¿Y ahora?
-Y ahora ya está, ya puedo hablar.
-Entonces te adaptaste bien.
-No.
-¿Cómo no?
-No me adapté bien. Si me hubiera adaptado bien vos no tendrías que seguir viniendo.


Mierda.
Este pendejo no me va a querer nunca.

13 de agosto de 2007

Santiago

Entrar a la casa de un otro. Entrar y preguntarse... qué hago yo acá un sábado al mediodía y quién es esta persona que dice mi nombre -Flor- y me abre la puerta reja diciendo: pasá, esta es mi casa. La puerta reja es gris y se abre como una caja de pandora. La caja de pandora, en principio, es el jardín de metros y metros de pasto verde, una pileta inmensa azul y los árboles frutales al fondo. Es una casa. Es su casa. ¿Y quién es él?

Él es alguien con quien compartí cinco meses de mis 16 años.

¿Cómo puede tan poco tiempo marcar a una persona?
No lo sé. Pero yo lo viví. A los 16 años cinco meses no son cinco meses. Son una eternidad. Claro que una eternidad plagada de gente.

Voy hasta la cocina y miro por la ventana. En el interín se me cae algo de la mesa. Noto que es un poco más bajo que como yo lo recordaba. Quizás yo haya crecido en esos años. Hasta los 18 no dejé de crecer aunque fueran unos pocos centímetros. Pero tiene una mirada amable aunque un poco huidiza. Y aunque habla y me muestra cosas yo siento que ambos estamos nerviosos y aún no sabemos el por qué de este encuentro.

En realidad él es agradable. Pero mide cada una de sus palabras. Hace café en una cafetera italiana y pienso que Guille adora esas cafeteras. También pienso que la casa tiene algunos detalles que a Guille le encantarían como el espejo del baño -un espejo antiguo- y una puerta de armario apoyada en una pared color ocre con una medialuna de espejo. Detalles. Pienso que la casa de mis padres tenía un ciruelo bellísimo como el que tiene él ahora. Y ni hablar de los azulejitos de la cocina, un diseño muy setentista.

Yo quiero preguntarle todo. Toda su vida. Pero no me sale. En realidad dejo que la conversación vaya por rumbos insospechados: libros, viajes, ciudad. La conversación es liviana y simple. Somos dos personas adultas que hablan y se entienden. Hemos pasado por lugares parecidos en épocas parecidas sin cruzarnos.

Pero yo lo interrumpo. Y le digo: esto es muy raro. Y él me mira un poco de costado y me responde que sí, que es muy raro. Y yo ahí pregunto algo tan tonto pero tan necesario: ¿por qué nunca más quisiste volver a hablarme? Y la respuesta es tan simple. Tan obvia. Y está bien. Es simple y es obvia. Y yo estoy contenta. Porque hemos llenado ese silencio. Por fin.

Después llega su mujer y todo se relaja. O al menos yo siento que me relajo. Ella es muy amable y muy dulce. Ha traído unas tartas para que comamos todos juntos en la mesa. Y eso es lo que precisamente hacemos. Comemos los tres juntos. Y por ella comienzo a enterarme un poco más quién es él. Y la sensación rara se va. De pronto estamos en el presente, yo estoy en la casa de ellos, soy una invitada y hablamos de la vida. Ella no tiene problemas en preguntar sobre mi vida sobre Guille. Y surgen temas comunes, cosas de las casas, de las parejas, de los amigos, del trabajo.

Ya es de noche cuando me voy. Él me acompaña a la reja. Abre la puerta y nos decimos adiós. Yo salgo a la noche fría. Tardo muy poco en llegar a Olivos y descubrir que Guille está allí, con un mate caliente en la mano y unos ojos que me dicen: ya estás en casa.

10 de agosto de 2007

9 años

-¿Trajiste el libro de terror?
-No, hoy no. Hoy vamos a hacer otra cosa.

Su cara denota desilusión.

-¿Te gustó el cuento de terror que leímos ayer?
-Sí, me re gustó.
-La próxima, si querés te dejo el libro para que sigas leyéndolo vos.
-No, no me dejes el libro.
-¿Por qué no? ¿No lo vas a poder leer?
-Sí que voy a poder.
-¿Sentís que no los vas a entender?
-No, no es eso.
-¿Y entonces?
-...
-Decime, ¿qué pasa?
-Es que yo quiero que me lo leas vos.

12 de julio de 2007

Lirios

Maipú al 900.
Pleno centro de la ciudad y un frío memorable.
Adentro de la Art Gallery los colores invitan a jugar. Cada cuadro es una historia que leo como un libro abierto. Un libro donde las superposiciones temporales y espaciales despiertan la imaginación del ojo. Mi padre tiene un ojo maravilloso, entrenado, pero que aún puede sorprenderse como un niño. Habla de líneas, espacios. Yo aprendo, absorbo. Pero también hago oídos sordos a lo que me dice y me dejo llevar por esa corriente de sensaciones que se me despiertan con cada cuadro colgado. Cada uno de ellos es un lenguaje nuevo. Los materiales, las texturas, la suavidad y la dureza que los colores expresan. Unos simples trazos dibujan una maternidad. Sólo dos colores y el dibujo es fino, delicado. Otra ráfaga de colores muestran un jardín intenso, los pétalos nos saltan a la cara, la frescura se nos mete en la piel.

Mi padre me ha llevado hasta aquí para que elija un cuadro. En realidad, me ha llevado para que elija un cuadro de Donati. La primera vez que vi un cuadro de este artista fue en el living de la casa de mis padres. Me quedé embelesada. El cuadro pertenecía a una serie llamada "Los jardines del paraíso". Eran lirios. O calas. Los colores invitaban a meterse adentro del cuadro. Invitaban a respirar. Ese Donati ocupa hoy una pared central en el living de mis viejos. Es un jardín en sí mismo. Dentro de la casa. Algo muy especial.

Ahora mi padre quiere que elija un Donati para mi casa. Quiere regalarme un jardín. Hay tres cuadros posibles. Pero yo me quedo con los rojos furiosos, los pétalos que se salen de la tela. Son lirios, me dicen. ¿Lirios? Pienso en mis lirios rotos que no terminan de escribirse. Me emociono. ¿Alguna vez probaron meterse adentro de un cuadro? Camino esos lirios, los recogo, los abrazo. La fragancia es elástica, se escapa. ¿Quién este Donati? ¿Por qué eligió lirios? Alguna vez tendré que conocerlo.

Llevamos también otro cuadro de Javier Talía.
Pero eso es otro post.
En realidad todo esto puede ser otro post. El cuadro que ven allí no tiene nada que ver con el cuadro que adquirimos. Pero quería poner algo de él.
Lo dejo así.

Día memorable, ayer.
Gracias, papá.

6 de julio de 2007

Mamina

Clavelito,
estrella de la mañana
claro lucero del día
como no me despertaste
cuando se iba el alma mía

Tonada venezolana

Murió la abuela Mamina un 4 de julio a la madrugada.
Murió una abuela pequeñita pero de un corazón gigante.

Cuando recién empezábamos a salir con Guille hubo un asado familiar en su casa. Me acuerdo que yo estaba un poco nerviosa porque era la primera vez que estaba en un asado familiar en calidad de novia. En realidad, mi nerviosismo era bastante absurdo porque yo conocía a la mayoría de los familiares de Guille desde mis once años y no era el primer asado que compartía con ellos. Pera esta vez mis padres no estaban allí y yo no estaba en calidad de la hija de sino en calidad de la novia de.

Yo no conocía a los abuelos maternos de Guille. Sólo de nombre. Conocía a los abuelos paternos porque cuando éramos chicos solíamos jugar en la casa de la Bobe María cuando ellos venían a la Argentina. Mientras nuestros padres hablaban de la situación del país, de Brasil y de cosas de grandes nosotros revoloteábamos por toda la casa gritando y haciendo mil travesuras.

El día del asado recuerdo que en un momento me quedé sola cerca de la ventana del quincho donde estaban preparado la carne y Mamina se me acercó despacito como sólía acercarse ella y me dijo:
-Nosotros estamos tan contentos de que estés con Guillermo.
Yo le dije gracias sin saber muy bien cómo continuar la conversación pero ella prosiguió:
-Cuando Margarita me llamó para decirme que Guillermo estaba saliendo con una chica yo enseguida le dije: "¿Con Florencia?" Y Margarita se sorprendió muchísimo. Pero es que una se da cuenta de todo.

Ay, Mamina te dabas cuenta de todos los actos de amor. Después me di cuenta. Cuando compartimos los ravioles con tuco en tu casa de Barracas. Cuando comimos tus empanaditas de kanicama y queso. En las Navidades. En cada una de tus llamadas telefónicas. En esos abrazos suavecitos con esas manitos de algodón. En tus regalitos mínimos envueltos con mucho papel de regalo pero cargados de significado. Tenías percepción para decir las cosas en el momento justo y delicado. Jamás una interrupción. Siempre restañando la herida que, a veces, otros sin querer, causaban.

Me siento feliz de haberte conocido. De haber compartido un poco de tu tiempo en este paso por la tierra. Dicen que estabas dormida cuando te fuiste. Y que lloraste dormida antes de partir. ¿Por qué habrá llorado tu cuerpo dormido?

Mamina hermosa, desde acá te recordaremos siempre.

3 de julio de 2007

Sonajero

Los pares de botas cada vez me duran menos.
Ahora, por ejemplo, tengo un par de botas negras que se les da por cantar. Cuando yo camino ellas hacen un ruidito raro, como de sonajero. ¿Tendrán algo adentro? Me fijé una y mil veces pero no. No es el adentro.
Tendrán alma de gitanas, digo yo.

28 de junio de 2007

I

Salgo de dar una clase en una mansión de los bajos de San Isidro para meterme en un tren atestado de gente al que le arrancaron los asientos. Es muy rara esta sensación. Ya antes de subirme al tren, esperando en el andén, veo en la portada de veintitres la sonrisa de Macri -dientes blancos inmaculados- y una frase que reza "La victoria del egoísmo". El egoísmo tiene esa misma sonrisa: dientes blancos inmaculados. Nadie decente tiene los dientes inmaculados. Nadie decente es un ser inmaculado. Compro la revista porque quiero leer el artículo donde se habla del libro de una rusa llamada Ayn Rand (que ya se murió y miren lo que nos legó) llamado La virtud del egoísmo. Toda la derecha argentina está fascinada con él.

Tren, subte, caminar, hacer fotocopias sucias de antemano en un lugar sucio donde se hacen más fotocopias sucias. La ciudad es un caos. Los olores te golpean en la cara. Retiro es un tumulto de bultos, colores y olores. Los colores que abundan son el fuxia, el rojo, el amarillo y el azul. El gris y el blanco no están. El gris se quedó en las oficinas y el blanco...en las nubes del cielo. Son las doce y media del mediodía. A esta hora la multitud es otra. Son madres cargadas con sus niños a cuestas, sus ropas chillonas y el pelo largo, descuidado. Son padres desocupados o trabajadores en negro que llevan alguna misión anónima a cuestas. Sesentones con la cara cansada y un diario o un libro pegado a los ojos. Mujeres muy jóvenes bien peinadas y con ropa barata de oficina (¿a dónde irán a las doce del mediodía?). También están los hombres que piden una moneda y llevan siempre con ellos a un niño desgreñado de la mano, enfermos de HIV vendiendo panes y masitas o pidiendo plata para sus medicamentos. Hablan de discriminación. Nadie les da trabajo. Nadie daría un centavo por ellos.

Me detengo en un párrafo que llama poderosamente mi atención. Ayn Rand asegura que: "Los parásitos, los vagabundos, los saqueadores, los brutos y los criminales no tienen valor alguno para el ser humano. Este no puede obtener ningún beneficio por vivir en una sociedad dirigida a sustentar las necesidades, demandas y protección que ellos requieren". Me pregunto qué sugiere, entonces, esta difunta señora Ayn Rand. O mejor dicho, me pregunto qué entenderá la derecha argentina -que lee a esta difunta señora- sobre el destino de estos "parásitos". Me pregunto, también, quién es considerado un parásito por la derecha argentina de este país. Y comienzo a asustarme.

En este tren también están los estudiantes. Una masa de jóvenes que se sientan en el piso mugriento del piso sin miramientos. Tienen mochilas a prueba de todo. Dentro de ellas tienen todo para sobrevivir: una botellita, apuntes, un libro y los que pueden llevan el infaltable ipod pegado a sus orejas. No son los futuros empresarios de los cuales reza el artículo. Los futuros empresarios no se sentarían en un tren mugriento con un ipod en la oreja. No. La otra cara de la realidad. La realidad del limbo. El limbo se lleva mejor con un ipod en las manos. Una estudiante de pelo anarajado y cuerpo diminuto le da una moneda a una mujer de cabeza rapada y voz rasposa que dice ser enferma de HIV.

Retiro nos recibe con una marea de cabezas de todos los colores. Cada uno va hacia su destino marcado de antemano. Yo me adentro en las escaleras del subte. La estación terminal del subte C siempre me ha parecido una ciudad subterranea. Allí hay "de todo": se pueden revelar fotos en una hora, comer choripanes con mucha mayonesa, beber coca-cola, comprar pilas, chicles, alfajores, figuritas, muñequitos. Todo esto bañado por una luz blanca y fría que cala los huesos. Atravesar todo esto es un shock para los cinco sentidos. Todo indica que hay que huir de allí lo antes posible. Y uno se pregunta ¿cómo hace la gente que trabaja allí?

Llego a San Telmo con los minutos justos. La magia se produce y San Telmo se materializa ante mis ojos. La realidad aquí también es otra. Huele a dinero. Y dentro del edificio de vidrios espejados hay una irlandesa que necesita clases de español.

II

La irlandesa tiene 26 años y estudia para ser asistente social. No sabe una palabra de español. Yo soy su primer contacto. Siempre me intrigan este tipo de alumnos. Me impresiona ser la primera que vaya a imprimir la huella del castellano en sus cerebros. Me siento con una tremenda responsabilidad. Los alumnos "vírgenes" son como esponjas que absorben todo con una inocencia candorosa.

Su inglés es muy irish. Viene de Cork. Como Marcos, pienso. Pero esta vez no se produce la magia. Ella no lo conoce. Cork es un pueblo pero es un pueblo grande. Hace unos meses tuve una alumna irlandesa que habia tomado clases de teatro con Marcos. Trisha no lo conoce pero sonríe cuando le comento que tengo un amigo que vive en su pueblo. Hablamos por algunos minutos en inglés para que se sienta cómoda. Ella tiene que confiar en mí. Estamos solas en un aula pequeña con paredes de vidrio. En realidad es un aula aislada del enorme edificio porque estamos, casi se diría, en el jardín. El aula parece un invernadero donde sólo crecen palabras. Afuera se ve el pasto siempre verde y algunas enredaderas que dan la sensación de protección. Un pequeño oasis en la jungla de cemento.

Comenzamos la clase y enseguida noto algo particular. Mi alumna sabe algo de francés. Lo noto cuando intenta decirme el número de su casa. No sabe los números en español y, entonces, algo maravilloso sucede en su cerebro que no le permite usar sus palabras en inglés. Como salidas de ultratumba aparecen estas palabras francesas pronunciadas torpemente como si quisieran convertirse en palabras españolas. Palabras guardadas con naftalina pero que aún así han sido carcomidas por la polilla. Le pregunto en inglés si sabe francés. Me dice que lo estudió un poco en el secundario. Ya tengo una clave por donde empezar.

Se puede saber mucho de una persona que está aprendiendo una lengua nueva. Diría que es casi un trabajo arqueológico. Excavar y sacar con mucho cuidado las piezas removidas por el tiempo. Poner los primeros puntales. Clavar las estacas de la carpa que se ha de levantar. Un buen docente debe tener todos esos intrumentos. Tantear el terreno no es cosa fácil. La tarea es estar alerta minuto a minuto. Porque delante nuestro hay un adulto que se ha vuelto niño. Un adulto con necesidades de adulto al que le estamos enseñando la clave de su propia existencia. Y allí está, delante nuestro, como un pájaro confiado que come de la mano del amo.

Yo soy.
Vos sos.
Él es.

Ah, fundamental.

22 de junio de 2007

Estética

Coffee Store en Av. Maipú.

Dos mujeres jóvenes de veintipico. Una es rubia, de nariz respingada, ojos azules y boca pequeña. Su cuerpo es esbelto y se viste a la perfección. La otra es castaña, un poco más baja, de aspecto más descuidado. Están de espaldas a mí. A la rubia la veo con el rabillo del ojo.

No me habías dicho nada, boluda, ni te das cuenta. No, no se nota, ¿viste?, es re loco. Pero no puedo creerlo, nada me dijiste. No, nada. ¿Y cómo fue, con quién? Yo había averiguado hace como dos años pero en ese momento no tenía la plata. Y después vino Coti y me dijo que ella quería. Entonces yo le di el número de este señor y la mandé ahí. Ella fue y le encantó. Vino y me dijo: me opero el tres de abril. ¿Coti? Sí, Coti, ¿entendés? Entonces, yo me re cebé y me dije: me las tengo que hacer ya. Y averigüé de nuevo y fui. Ay, pero qué loco que justo Coti...¿cómo le quedaron?. Re bien, no le puso mucho. Pero es que Coti no tenía nada. Te juro, nada. Se levantaba el corpiño y no había nada que sostener. Es muy chiquita ella, no le iba a quedar bien que le pusiera mucho. Viste cómo es, no te ponen un montón de una. No queda bien, queda re feo. Porque hay modelos, viste. Este cirujano es el que operó a María Fernanda Callejón. Ah, mirá. Sí, viste. Y a Dolores Trull también. ¿Dolores Trull? Sí, la de cara de caballo y nariz fea. Ah, sí, tiene cara de caballo. Bueno, a Dolores Trull, por ejemplo, le tuvo que hacer el pezón también. Se lo cambió, viste, porque el suyo era muy grande. Entonces le puso uno más chiquito, divino le quedó. Ah, pero a Coti no. No, a Coti no. Sólo le puso un poco. Un 85, me entendés. No podía ponerle más porque le iba a quedar re mal. A mí me puso un poco más de 90. Yo usaba 85 o 90 con mucho relleno. Y ahora no. Yo quería más pero él me dijo: ¿qué hacés de tu vida? Soy abogada, le dije. No, no da, ser abogada y tener tetas muy grande. Claro, no. No da. ¿Y te dolió? Cuando me sacaron la venda me daba una impresión. Pero no sentía nada. Lo que sí me dolía era la espalda. Tuve que dormir casi sentada. Pero qué loco, casi no se te nota. ¿Viste? El otro día me puse una polerita y no parece que me haya operado. Por eso te digo, este tipo es bárbaro. Si vos querés yo te lo paso. ¿Y Lucas que dijo? Ah, Lucas está chocho. Re quería. Igual yo desde que lo conozco que me quería operar las tetas. Ay, qué loco. Sí, tengo unas ganas de mostrártelas, ahora vamos al baño y te las muestro ¿dale? Ahora se las muestro a todo el mundo, ja. Igual, todavía se nota un poco. En este pezón, por ejemplo, me quedó una ampollita. El médico me dijo que por ahí hay que hacer láser pero no creo, ya va a cicatrizar. Todavía no puedo usar corpiño con aro, ando con esos corpiños de vieja, ¿viste? Igual ahora se me bajaron porque al principio como que te quedan arriba. Es re loco eso. Pero ahora no, ahora son re normales. Yo hago así y se mueven, ¿ves? Supuestamente duran de por vida, son texturadas. A los seis meses se ve si tu organismo las rechaza. A mi me da medio cagazo eso. Pero qué vas a hacer. Si el organismo lo rechaza, lo rechaza. ¿Y estás contenta? Sí, yo estoy re contenta. No te había dicho nada porque quería ver si te dabas cuenta. Yo odio que parezca artificial. Si te ponés mucha teta obvio que va a quedar artificial. Mi mamá no se las hizo, al final pero porque ella tiene. Lo que sí, quiere levantárselas un poco. Pero ya es re tarde, eh, mirá la hora que se hizo... ¿Pagamos la cuenta? Sí, sí, pero antes vamos al baño.

13 de junio de 2007

Caminante del cielo rojo


El camino serpentea una serpiente. No hay atajos aquí. El mundo es redondo, frágil, intenso. Una bocanada de aire congela mis pulmones.
Amo el camino.
Camino como si desnudara la tierra.
Atrás su ojo me guía: la cámara.
Su mirada.
Yo soy el rojo en su fotografía.

12 de junio de 2007

Bienvenido Haruki


Me estoy enamorando de este libro.
No había leído nada de Haruki Murakami pero sé cuando un libro es maravilloso sin haber llegado al final. No me importa ya cómo termine. Sé que es maravilloso.

8 de junio de 2007

Esta luz

Una forma de
mirar
o sonreir
una sábana mojada
y ese perfume rico
algo limpio ahí
de saber
que estamos
esta luz
de pasar las horas
escribiendo
un almanaque
sombrío
las hojas caen
los números
ciegos
delgados se mueven
aterrorizan
son límites canarios
enjaulados los picos
pio pio pio
que enjaulan un otro
decir solitario.

7 de junio de 2007

La sopa de cebollas de Zully

La primera vez que tomé una sopa de cebollas fue en casa de Zully. Era invierno y por esa época yo vivía resfriada porque me negaba a usar pantalones. En cambio, usaba unas polleras muy largas con medias poco gruesas (insuficientes para el invierno de hace once años) que dejaban traspasar el frío infernal de junio.
Todos comíamos mal, además. Falta de tiempo o porque no era importante. O porque era más importante el café con leche del bar de la esquina. Y los panes calientes que unos chicos vendían después del teórico de las nueve: ajo, tomate, queso o cebolla. Y eso era cenar. El tiempo se nos escurría en ideas para cuentos, obras de teatro, guiones de cine. Masticábamos poco pero tragábamos mucho. Engullíamos ávidos toda la maravilla (y toda la porquería) para quedar atrapados como moscas en la inmensidad de los pasillos de la facultad.
Siempre volvíamos tarde a nuestras casas, cuando en la mayoría de las familias ya se había cenado.
Pero en casa de Zully no. La casa de Zully siempre estaba abierta y en invierno olía a sopa de cebollas. Y su sopa de cebollas era espesa y humeante. Era un bálsamo para el frío. Una caricia para la noche que ya había empezado en nuestros estómagos adolescentes.
A mí no me gustaba la sopa. Pero después entendí que lo que no me gustaba era la sopa que se hacía en mi casa. No me gustaba la sopa de sobrecito. Las sopas quick.
Nunca le pedí la receta a Zully porque yo, en ese entonces, no sabía preparar ni un huevo frito. No es que me preocupara mucho. Aprendí cuando fue necesario y luego me gustó cocinar. Pero nunca fui amiga de recetas que duran más de una hora. La comida no debe tardar mucho en hacerse. Nunca el trabajo debe ser mayor a la posibilidad de disfrutarlo.
La sopa de cebollas de ayer salió espesa. Salió humeante. Salió tal cual yo la recordaba. Guille me preguntó si así eran las sopas que probé en París hace un año y yo le dije que no.
Esta sopa era más antigua y tenía historia.

5 de junio de 2007

Indiana's song

Debo decir que, de todas formas, el libro de Marguerite Duras me decepcionó un poco. Quiero decir: entiendo la vuelta de tuerca que quiso hacer con uno u otro personaje y la contraposición entre el personaje de Anne Marie Stretter y la mendiga calva de Battambang.

Hay una historia con una niña que nace en medio de la hambruna y que es regalada a una mujer blanca para que la alimente y le dé mejor vida. La mendiga es calva y camina hasta Cacuta donde se junta con los leprosos sin jamás contagiarse la lepra.

Hay un inglesito joven llamado Peter Morgan que escribe la historia de la mendiga mientras el calor del monzón hace sudar las blancas camisas de los diplomáticos europeos allí apostados.

Hay un vicecónsul que en Lahore disparaba a los espejos y a los leprosos por la noche y que ahora, varado en Calcuta, espera nuevas instrucciones del embajador de Francia. Mientras tanto tararea un retazo de Indiana 's Song.

Claro que el embajador de Francia tiene una mujer. Esta mujer se llama Anne Marie Stretter.

No lo sé.
Quizás falló la traducción.
O quizás falló que Marguerite abusa de los pronombres personales. Ella. Ella. Ella. Él. Él. Él.
Y que yo me esperaba algo más.
¿De esta novela nace la película Indiana' s song? ¿O fue al revés? Marguerite compró su casa de los armarios azules con esa película. Fue importante.
Vilas Matas habla de esa película en su libro sobre París nunca se acaba.
No vi la película Indiana's Song. Encontré su guión en alguna librería perdida.
¿Alguien la vio?

4 de junio de 2007

El vicecónsul

Me había empecinado en leer El vicecónsul de Marguerite Duras. Hace un año me topé con Escribir donde allí Marguerite contaba bajo que circunstancias había escrito El vicecónsul. En ese momento no pude evitar sentirme curiosa pero por más que busqué no encontré ninguna novela suya salvo El amante (que todos conocemos de memoria por la película y el guión).
En Escribir (un libro bellísimo) Marguerite hablaba de su casa en un pueblo. Ella escribía en el cuarto de arriba (el de los armarios con puertas azules) y luego en una gran mesa ubicada en la sala para poder mirar el jardín. Yo me la imaginaba deambulando sola por esa casa con su eterno vaso de whisky, cuidando de un guiso mientras mutilaba alguna frase polvorienta. La sentía cercana, muy cercana. A mí no me gusta el whisky ni tengo una casa con armarios de puertas azules pero entendía a la perfección ese impedimento solitario de no poder hablar del libro que se está escribiendo.

29 de mayo de 2007

Música é perfume: Maria Bethania

Fuimos con Gui a ver el film Maria Bethânia: Música é perfume.
Bellísimo.
Después del film volvimos a casa queriendo escuchar Brasileirinho. Volvimos con el alma tan abierta que no podíamos quedarnos quietos. Tampoco podíamos ir a un bar a tomar algo y comentar la película. Nada de eso. Volvimos a casa a escuchar Brasileirinho. Volvimos a casa sólo a escuchar.
En el interín Guimaraes Rosa nos susurraba: felicidade se acha em horinhas de descuido.

No hace falta traducir.

Tereré

C. vino a casa.
Lo primero que dijo al entrar fue: qué rico olor.
Lo segundo que dijo fue: ¿Ese es Gabriel?
La adoré.
Y comenzó la charla infinita.

23 de mayo de 2007

De como Maria Florencia plantó un limonero con manos humanas.


Hay que entender algo de todo esto: yo nunca hasta ayer había plantado un árbol en la tierra.
Para tamaña empresa -que algunos considerarán menor- la llamé a mi madre que vive a ocho cuadras de mi casa. Le dije: voy a plantar el limonero que me regalaste. Y ella, por supuesto, dejó lo que estaba haciendo y vino enseguida a presenciar el acto.
Es cierto que a lo largo de estos años yo he cambiado a mis ficus de maceta, he logrado que nazca un naranjín mínimo de un cúmulo de semillas y tengo una palta que nació de un carozo. Pero todo eso no se compara con el trabajo físico que implica plantar un árbol.
El hoyo, por ejemplo. Uno cree que agujerar la tierra es simplemente cavar con una pala. Y no. La tierra además está impregnada de cosas. La tierra de todos los días. La tierra del pasto. Pero también la tierra de los escombros: de la arcilla y el vidrio. La tierra de otro tiempo, sepultado por albañiles, por arquitectos, por el "progreso" que todo lo meten bajo el manto de la Madre Tierra y que ella recibe, paciente, como cobijando un secreto.
Herir, pues, la superficie de este jardín que es sólo un pedazo de algo mayor. La piel del pasto es entramadísima y verde. Abrir la hendidura y sentir ese olor a secreto, a cuerpo desmembrado que volverá a juntarse apenas yo vuelva a cerrar el tajo impúdico. Una vez abierto el hoyo, limpiar con los dedos el cascote intruso. Esos dedos suaves e inocentes que preparan la cuna de un árbol. Ver los dedos inteligentes y buscadores de mi madre goteando sangre por algún vidrio anónimo y traidor que se clavó en su carne. Me asusto con esa sangre que sale de su dedo índice pero ella se ríe con esa risa sabia que tiene y me dice que no es nada mientras con la otra mano me muestra el vidrio que late aún preso de su ataque febril.
Entonces, depositar apresuradamente al limonero joven. Cubrir sus raíces con tierra magnífica y negra, reluciente de bríos. Juntar las manos que ahora tienen tierra nueva -y un poco de sangre- e inclinarse un poco, leve, muy leve, hacia el nuevo limonero.
Para desearle la mejor de las suertes y algunas lombricitas de yapa.

22 de mayo de 2007

Píscica

Ayer sin querer
se sentó la poesía
en el blanco del ojo
de mi cocina

Se comió un chipacito
con mate calentito
y con un suspirito
se dio vuelta despacito.

Y dejando entrever
su capa estirada
nos dio un libro abierto
como mejor espada.

17 de mayo de 2007

Aprendiz de palabras

Miro a mi alumnito, todo células creciendo, envuelto en un jogging gris que le queda un poco holgado para su cuerpito de ocho años. Hermoso y pequeño como un gnomo salido de un bosque. Pero no ha salido de un bosque. Viene de Egipto. Ahora mismo estamos sentados ante la inmensa mesa del comedor, rodeados de sus útiles escolares y leyendo un libro que le dieron en el colegio.
Un libro horrible, realmente.
Él me dice que no entiende el libro y que lo que entiende es aburrido.
Yo no tengo más remedio que darle la razón. Y maldigo a los colegios que eligen mala literatura. Con esto le estoy enseñando una lección difícil pero importante para sus ocho años: hay cosas que debemos hacer aunque no nos gusten y leer este libro es una de ellas. Pero no todos los libros van a ser así.
Cuando lee no puede pronunciar la erre. Trato de ayudarlo pero no le sale. Se frustra. Le digo que no tiene importancia y seguimos.
La clase, en realidad, ha terminado pero aún nos faltan unas páginas. Siento su desazón. Me mira triste. Sabe que no podrá terminarlo solo. No entiende palabras como "detective", "cascarrabias", "formación", "registro de disciplina". Palabras que cualquier chico argentino sabe y conoce. Palabras que nadie buscaría en un diccionario. Pero él tiene que buscarlas. Y su diccionario es un libro infame que en vez de ayudarlo le complica más la existencia.
Por eso estoy yo. Yo soy su diccionario. Yo soy su caudal de palabras. Y por eso me quedaré media hora más para terminar este libro horrendo.
Le explico lo que hace un "detective", le pongo voz de "cascarrabias", le dibujo una "formación" y le digo que el "registro de disciplina" es ese libro que a veces los chicos firman cuando se portan mal (¡¡Por Dios!! ¿¿Sigue existiendo eso??). Cuando terminamos de leer el libro, mi alumnito está feliz. Nunca es muy cariñoso pero esta vez chocamos las manos y me dice: ¡nunca más voy a tener que abrir este libro horrible! Y dice "horible" porque la erre no le sale pero qué importa si ya terminaste y ya sabés el final.

12 de mayo de 2007

Smila

En estos días estoy leyendo a Smila. O a Hoeg. Es Hoeg quien escribe pero es Smila quien habla. Y yo por estos días quiero creer en la primera persona. Entonces digo que leo a Smila. Sus cavilaciones de mujer de 37 años, estrictamente sola en una soledad elegida, cuidada y pulida. Rodeada de la nieve, la cual ama y entiende como a una hermana. En busca de un oscuro secreto -la muerte de un niño-, único móvil que logra conmoverla.
Smila me conmueve hasta en lo más profundo. Me conmueven su inteligencia, su elegancia para vestirse y sus atajos para llegar a una verdad que, por lo visto, no saldrá nunca del todo a la luz.
Smila, además, es una heroína que para la sociedad occidental y capitalista de nuestros días ha fracasado. Ha tenido las mejores posibilidades y las ha echado por la borda (de un posible barco).
Algo más. Smila lee a Euclides. Me soprendo. Hace unos años le regalé a Guille los Elementos de Euclides en una edición bellísima de Gredos. Aún éramos estudiantes. La encuadernación es de un azul oscuro, muy intenso.
En ese azul parecieran estar encerrados todos los secretos del Universo.
Un punto. Una línea.

11 de mayo de 2007

Biblioteca de Olivos

Ayer fui a la biblioteca de Olivos.
Me recibió una mujer de sesenta años. Pelo corto, manos ateridas por el frío de la biblioteca y labios finitos. Me presenté y le expliqué el objeto de mi visita. Me miró mal y luego replicó que la biblioteca ya no tenía lugar para guardar más libros. ¿Novelas? ¿Literatura? No, no sirve, de eso tenemos un montón. Me limité a mirarla fríamente. ¿De qué tienen un montón? De novelas. Sí, pero cuáles novelas. ¿De las buenas o de las que son una porquería? ¿De las que son basura para un público mediocre o de las que nos traen momentos irrecuperables, momentos de estar en casa, con un libro calentito a la luz de una lámpara? Le mostré mi listita. Su cara, hasta entonces de piedra, pareció ablandarse. Ah, pero esto es otra cosa, me dijo. Mire, respondí, yo no vengo a tirarle mis muertos. Vengo a donarle algunos de mis libros. Y estos libros - repaso un dedo por la lista que ella sostiene ávidamente- son libros que yo elegí en algún momento de mi vida pero que ya no quiero tener más por razones que no le voy a especificar a usted. Claro, le ocupan lugar, me dijo. No, no es eso, lugar tengo de sobra, me acabo de mudar a una casa con muchas paredes para poner bibliotecas. No, no es por el lugar. Aún así son buenos libros y si ustedes no los quieren tendré que sacarlos a la calle. ¡Pero no!, exclamó indignada, ¿cómo los va sacar a la calle? Y sí, le replico, ¿o acaso los cartoneros no leen libros? Y si no los leen los transformarán en mercancía. ¿Y sabe qué? No me importa. Servirán al menos para algo en vez de estar muertos en mi casa. Circularán, señora. Eso es lo que quiero, que circulen.
Me mira. Vuelve a repasar la lista. Dice mmmh, a verrrr.
Dígame, ¿viene mucha gente a leer a esta biblioteca? Sí, me dice, sacan un libro por semana. Este, por ejemplo, me dice señalando un ítem de la lista, lo piden mucho. Ah, sí, el de Caparrós. Sí, el de Caparrós.
Pero vos de dónde tenés tantos libros, me dice por primera vez tuteándome.
Señora, qué quiere que le diga... tengo treinta años. Leo desde los seis. Uno va cambiando los gustos, ¿no? Por otra parte, yo nunca pisé una biblioteca para leer literatura.
Eso explica todo, me dice. Bueno, deme su número y déjeme la lista. La llamaré pronto. Probablemente le pida que me traiga todos los libros. Son muy buenos.
Gracias, señora.
Y hasta luego.

9 de mayo de 2007

Hans

Hace un año que no nos veíamos. O más. Ya no me acuerdo. Lo que sí me acuerdo es que hace varios años que yo no le hacía un regalo para su cumpleaños. Por eso, cuando encontré un regalo fabuloso decidí que iba a ser para él. Y entonces me llegó su mail. Escueto. Corto. Lo necesario para que media hora más tarde nos encontráramos a tomar un café.

Entre todas las cosas que dijo quisiera anotar esta:

No me gusta Buenos Aires. Acá nadie está feliz. Vas a un lugar y están todos con las caras así (pone cara larga). Yo no puedo ser feliz acá. Me hacen sentir culpables de mi felicidad. Yo quiero estar feliz. ¡Vamos, ni que esto fuera Kosovo!

2 de mayo de 2007

Un niño egipcio en un colegio británico

Cuando terminamos con la clase ella me dice que hablemos de K. ¿Cómo le fue en la prueba? Mal. No alcanzó. Hago mi cara de circunstancia. Creo que de tanto hacer mi cara de circunstancia ahora sí la gente me da treinta años. Me pregunta cuál va a ser mi plan. Yo le explico que los conceptos que le enseñan a su hijo en ese colegio británico son muy abstractos, que su hijo además necesita conocer las palabras para después poder clasificarlas. No le digo, en realidad, que clasificar las palabras a los nueve años me parece una tremenda estupidez. Pero algo en mi mirada me debe delatar porque ella me dice: yo sé que es horrible, yo le digo a K que es horrible pero ¿qué voy a hacer yo? Y entonces me pide más tarea y que cuál diccionario puede usar. Y que K no acata las consignas (no lo dice así, si ella llegara a usar el verbo acatar me caigo ahí mismo de culo). Yo le digo que se quede tranquila, que algo voy a inventar. Algo. No sé bien qué. Pero algo. A ver.

Pienso que cuando yo sea madre las maestras van a sufrir conmigo.

1 de mayo de 2007

Pájaro obsceno

Hoy terminé de leer el libro de José Donoso. El obsceno pájaro de la noche. Casi 600 páginas de hebras y agujas que hilvanan y se clavan dolorosamente en los cuerpos del Mudito, la Madre Benita, la Iris Mateluna, las viejas decrépitas asiladas en La Casa, un Jerónimo Azcoitía incapaz de engendrar a su hijo en el útero de su mujer. La Peta Ponce y su prisma. Ah, un estallido del sentido en todo su esplendor. O si se prefiere, un paquete enorme que, de a poco, es preciso ir desenvolviendo para así encontrar otro paquete que, a su vez, contiene otro y otro y otro.

La novela de Donoso: un gran paquete que contiene hedores, pústulas, carne, sexo, pelos, política, viejas, monstruos, ciudades, crueldad, vehemencia, lástima, ternura, dolor, miseria y la lista sigue.

Un gran paquete. Un envoltorio. Una cáscara.
¿De qué?

Les digo que estoy extenuada.

27 de abril de 2007

Feria del Libro

Viernes por la tarde, feria del libro. Hace un año fui con un pretexto. Hoy voy porque quiero y, valga la redundancia, porque compraré algunos libros. No me distraigo en los stands de las librerías -que conozco de memoria-. Voy directamente hacia Fondo de Cultura Económica (a veces traen algo) y luego a Tusquets. Me gustaría conseguir más libros de Marguerite Duras. En el interín descubro que tienen los dos tomos de Los papeles salvajes de Marosa de Giorgio.
El stand de Tusquets, un verdadero festín.

26 de abril de 2007

Gustave Flaubert

Me gusta mirar libros: ojearlos, desvestirlos de esa capita plástica que les ponen para protegerlos, pasar las hojas y admirar su tipografía, el olor del papel, las diferentes texturas: tapa, contratapa, lomo. Si es posible me llevo alguno.
A veces no es posible.
A veces no es posible y no siempre es por falta de dinero.
A veces no es posible porque todos los libros que me gustaría leer ya los he leído.
¡Qué sensación nefasta!
Ayer, sin embargo, encontré una edición de Tres cuentos de Gustave Flaubert y sin decir agua va lo agarré y empecé a leer: "Durante medio siglo, los burgueses de Pont-l'Eveque le envidiaron a Mme Aubain su sirvienta Félicité.". Oh. Oh. Oh.
Primero me acordé del loro de Flaubert. Sí, su loro. Porque Flaubert, para escribir este cuento, se hizo prestar un loro.
Después, me acordé de un artículo de Barthes que explicaba los procedimientos del realismo a partir de este cuento. Lo que no podía recordar era el cuento en sí. ¿Qué pasaba con Félicité (o Felicitas, que así recordaba yo su nombre por haber leido otra traducción, vaya a saber uno en qué fotocopia trucha del CEFyL)?
Flaubert escribió Tres cuentos mientras nadaba en las páginas interminables de su Bouvard y Pécuchet.
A mí, Bouvard y Pécuchet me gustó enormemente cuando lo leí aunque no es un libro para andar regalando, la verdad. Encima no está terminado porque Flaubert se murió antes de terminarlo. La edición de Losada incluyó unos apuntes que tenía Flaubert a modo de final. Horrible pero muy interesante. Digo, són los apuntes de un escritor.
Me llevé Tres cuentos con miedo de ya tenerlo en mi biblioteca. ¿No habrá quedado en los libros que me faltaban traer?
A la nochecita, a la luz de mi lámpara, leí el cuento de Félicité y su loro. Sin desperdicio. Guille se reía porque de todos los libros contemporáneos que hay en el mundo yo vengo a agarrar uno del siglo XIX.
¿De qué siglo sos, nena?
Qué se yo.
No me importa, además.

25 de abril de 2007

Great Britain

Reales y cortaditos por la misma tijera. Colegios británicos de Olivos. ¿Cuántos años pasaron de eso? Ternura es un sustantivo común abstracto. Deviene del adjetivo tierno. Pero qué es ternura. Inquinidad es un sustantivo común abstracto. ¿Es malo? Malo, malo, malo. Después de todo, ¿qué es la inquinidad a los ocho años? Si hasta se parece a la palabra quinina que es lo que le ponen a Amy en las uñas para que no se las coma en Mujercitas (aaaah, Luisa May Alcott, gran baluarte de la literatura infantil).

Mi tristeza no sabe de dónde viene. Si es del invierno. Si es del hermano que deambula de consultorio en consultorio. Pero si en las fotos siempre salimos los dos con la sonrisa bien abierta. Los dientes que salen tarde. Dentición tardía. Masticar. Masticar. Masticar inquinidad, avaricia, pulcritud y la estupidez de las maestras de la primaria. Amar es un verbo de la primera conjugación. ¿Qué vas a hacer cuando seas grande? Bióloga, como mi mamá. No, cantante. También como mi mamá. No, escritora: voy a escribir sobre animales, plantas. La vida, bah.

Y esa tristeza de lo estático. Hasta los diez años el invierno tenía el color de mi uniforme rojo y azul. Y mi flequillo rebelde se dejaba atenazar por hebillas de color marrón.

Miro a mi alumnito que repite: sustantivo común colectivo singular. Y está tan triste. Yo también estoy triste porque cómo maizal va a ser sólo eso. Mejor dejá eso y hablamos de por qué tu dragón se escondió en las manchas de tinta.

24 de abril de 2007

Tarde de Idioma

Escribo todo mezclado. No me reten por eso. La lluvia que amenaza con irse. Piso lo mojado como una afirmación de la verdad más absoluta. Ha llovido y ha vuelto a llover. Llover es un verbo trunco.

Se tronchó una rama del lenguaje. Laura Mazzocchi me llama. Es que Idioma.

Me espera en un café. Llego tarde. El bar, salpicado de ladrillo a la vista y lamparitas dicroicas. Acá todo es muy caro, me dice mi amiga poeta. Y ahí yo pienso: para los poetas todo siempre es extremadamente caro, vayan donde vayan. Las lamparitas de filamento lo hacen todo más... ¿accesible? Si es dicroica tendrá que ser complicado: (otro prejuicio). Es raro, Laura está allí, del otro lado de la mesita en este abril. Un café con leche a medio tomar. Yo pido el cortado de rutina y desciendo de mi caballo atolondrado. De mi cuerpo batallado. Ella quiere alargar la entrega. Hablamos un poco y otro poco nos miramos. Otra vez acá. Hola. Hola.

Amiga idioma,
arbolita mía
que a pasitos
cabalga una noche de abril
y se pierde en sus sombras anclar.

Me acuerdo. Me acuerdo.
Era abril. Hace un año. El mismo ritual. Yo, del otro lado de la mesita. Hace un año tus sombras anclar y ahora esto. Me entregás tu diccionario de agua. Una porción de ternura.

Hace un año me preguntabas la diferencia entre lengua e idioma.

¿Te acordás?

A pasitos. Tus pasitos ayudan a mis pasitos.

A saltar el abismo, carajo.

12 de abril de 2007

Agradecimiento mutuo

Una vez le agradecí a mi maestra de yoga por todo lo que estaba aprendiendo a su lado. Ella me sonrió enigmáticamente y me dijo que no había nada que agradecer. Que ella me agradecía a mí por haberla elegido como maestra. Y agregó que el maestro existe gracias a que el alumno existe. Y que en algún punto cuando ese alumno aparece uno tiene que agradecer por ello. Y que entonces ella me agradecía a mí.

10 de abril de 2007

Sabiduría popular

Hace tiempo yo cantaba estas coplas anónimas:

Me dijo un sabio profundo
con experiencia madura
que no se hace el pan sabroso
sin amarga levadura.


Y qué cierto es.
Cuando la levadura se malogra no hay con qué darle al pan.

Sólo una humilde pizzeta.

30 de marzo de 2007

Mojado

Respiro mojado. Respiro. Eso ya es algo muy bueno.
La espera larga del crepúsculo con mate y pavita en la terraza. El sol pintó su cuadro de atardecer. Yo estoy cansada de barrer la lluvia. Cansada de olerla. De vivirla.

MAÑANA.

Pero el hoy es tan vivo que salgo a pisar mojado. Aunque importe.

26 de marzo de 2007

Coso mi vestido de dudas

En él hay fotografías desteñidas y puntadas sin hilo. No importa. Para amarte no necesito un vestido. Leo un poema que aún resuena en la punta de mi lengua. Me despierta la niñez dormida. Los ojos más grandes que la boca. La boca más grande que la nariz. Viva. Viva. Viva. Tres veces viva por las lluvias internas del organismo.

Así, sin espejo, parada en el fondo del salón pequeño. No hay profundo pozo. Sólo rizomas. Los niños me tocan. El olor de la infancia me susurra movimiento. Las entrañas cantan la tierra de un ser nuevo. Y el camino está en las panzas de otros. El ciclo nunca se detiene.

y yo
y yo
y yo

compro poesía en una librería
para tu futura infancia.

Aguamanil

Ayer llovió mucho.
El mundo es un gran aguamanil donde un dios se lava la cara.

23 de marzo de 2007

16 de marzo de 2007

Clarivigilia Primaveral

Laura encuentra tesoros en las librerías de Buenos Aires. Fue ella quien me prestó Clarivigilia Primaveral de Miguel Angel Asturias. ¿Sabías que Asturias escribía poesía?, me dijo dándome un librito un poco amarillo -agotadísimo hace añares- y que yo devoré en pocos días y que seguí devorando en cada relectura. Clarivigilia Primaveral es uno de esos libros que me hubiera encantado poder escribir. Pero ya no puedo hacerlo pues ya está escrito y porque además yo no soy Asturias. A otra cosa, mariposa, dicen que dicen.

Ah, pero me quedé con el libro.

¿Y qué creen que hizo Laura? Ningún problema. Con su andar despreocupado entró a otra librería de usados y encontró otro ejemplar de Clarivigilia que luego me entregó con orgullo de cazadora (¿o pescadora?). Y sé que lo volvería encontrar si fuera necesario.

Hoy encontré en una librería de usados El sueño de Úrsula de María Negroni, otro libro imposible de conseguir que Laura me prestó antes de irse a Bolivia.

Pa' mi que Laura me echó uno de sus polvos mágicos.

13 de marzo de 2007

Rimbaud

Todos se preguntan por qué Rimbaud dejó de escribir poesía.
Todos abrieron la boca para decir algo al respecto.
Rimbaud no dijo nada y vivió su vida.
Le adjudicaron una serie de etiquetas y motes que escribieron en sendas biografías.
Nunca sabremos la verdad.

12 de marzo de 2007

Dentelladas

También pienso en que uno de estos dias voy a patear el tablero. Y pienso que no quiero estar ese día en mi lugar. Entonces pienso que debe haber otras formas de patear cosas pero con una energía que manifieste la agresividad justa. Una agresividad que no destruya sino que mueva. Como cuando la tierra acomoda sus carnes sin destruir ningún pueblo. Una caricia casi adormecida.

Pero no duerme.

Con esto quiero decir que ya no me importa ser una buena persona sino que me interesa ser lo más auténtica posible.

Esto significa que empiezo a dar rienda suelta a todos mis sentimientos.
La agresividad cae de maduro. Una lluvia de manzanas para morder.

Por favor.

11 de marzo de 2007

Ira

Se incrusta en mis labios. Que no dicen nada. Y callan.
La garganta es un músculo bello y alargado que emite sonidos. No canciones. Y siglos atrás hubieras escrito un poema sobre esto. Pero hoy ya te hartaste de jugar. Te hartaste de las imagenes bellísimamente perturbadoras.
La ira es un fuerte construido con cientos de cañones. Armados. ¿Quién enciende la mecha? Cuando el alivio es pequeño la rabia de los cañones vuelve
con
más
fuerza.

Un chac. Eso es: chac chac chac.

Ya verán, perturbadores de la belleza, de la idiotez prescripta, de la maldición de palabras erradas.
Yo no quiero más palabras.
¿Qué mas da que sea aire, agua, fuego, tierra?

8 de marzo de 2007

Crujido

Se cierra la mandíbula. La paloma queda atrapada. Adentro. Una vez que abre la boca, la paloma despedazada se desprende de sus dientes.
Chas, cierra la mandíbula pero no hay paloma. Nada. Sólo dientes que rechinan. Y un son de cascabelitos que destrozan otros cascabelitos.
Chas, Chas, Chas.
Inútil sería un Chac, más cortante y regenerador.
"Cuando quieras comerte la oreja de alguien, vos vas y te comés una manzana".

¿No te decía yo que una manzana por día aleja al médico?

6 de marzo de 2007

Un bum bum

Trabajo en varios lugares y me desplazo por diferentes puntos de la ciudad. Pero ya no corro. Tengo confianza en que voy a llegar. Como si el tiempo fuera uno mismo que respira y respira y luego exhala y exhala. Hasta llegar. Como cuando el sombrerero le decía a Alicia: al tiempo no le gusta que lo marquen. Trato, entonces, de no regirme por el reloj que está en mi muñeca sino por el reloj que está en mi pecho.

Un

bum bum
bum bum

que no para nunca y marca un paso y otro.

Entonces Buenos Aires se abre como una flor y los pétalos somos todos nosotros. Una chica me pregunta cómo hacer para llegar al subte B. Estamos en los pasillos subterráneos donde los hombres hormigas caminan sin mirarse. Y yo le digo que me siga, que yo no voy hacia el B pero que puedo ayudarla. Y empezamos a caminar junto con las otras hormigas.

Cric - cric. Cric- cric.

Paso a paso descubro que ella es de Resistencia y que su andar es distinto. Los pasillos se dividen, se angostan, suben, bajan y la dejo en el comienzo de uno que la conducirá al subte que anda buscando mientras yo me dirijo al D por otro pasillo y adiós, hasta luego, ya no te veré pero qué bueno que exista gente de Resistencia en esta ciudad.

bum bum
bum bum

y así hasta toparnos uno junto otro.

Click

Vos y tus ojos bellos de músico viajero.

28 de febrero de 2007

académica

Ayer buscaba mis carpetas de la facultad. Cajas y cajas de materias. Qué ganas de tirar tooooodo. Pero no, me contuve. A veces salen trabajos donde todo eso tiene un fin y termina sirviendo. Lo que no soporto son las fotocopias en mal estado. Con esas soy irreductible. A la basura. Me encontré con algunos trabajos que escribí hace tres años. Una chica seria. Posiblemente sabía de lo que hablaba. No sé si hoy podría escribir algo así. A veces tengo que escribir artículos pero no es lo mismo. Cuando escribo esos artículos soy más yo. En estos trabajos, en cambio, es como una señorita impostada, una voz aguda y crítica, inteligente a veces pero sólo a veces. La mayoría de las veces es una inteligencia robada y esa no vale. Sigo leyendo y encuentro frases que sí son mías. Con mi yo más auténtico. En esas frases encuentro mis cicatrices. Al fin y al cabo, a veces, sí me divertía. Escribir una monografía, jajajaja.

Me pregunto qué hubiera escrito de haber seguido con ese trabajo de investigación. Una cosa horrenda, seguro. No un libro. Un mamotreto de 150 páginas que nadie de los que amo hubiera conseguido leer.

jajajaja.

Así que ya sé por qué.
Basta.

22 de febrero de 2007

El dios de las pequeñas cosas

Altamente recomendable: The God of small things de Arundhati Roy (existe traducción en las librerías de Buenos Aires).

9 de febrero de 2007

Quién necesita magdalenas

Ciertos sabores y olores me hacen recordar a cierta gente.

Por ejemplo, el té earl grey de twinings. A los 18 años yo tomaba clases de canto con un profesor que me servía té con miel luego de las sesiones de vocalización. Vivía por Barrio Norte y tenía una tetera preciosa que hacía que el té saliera a la perfección. A pesar de que yo compraba earl grey nunca me salía como el té de este profesor. No era ni la miel ni el agua. Era la tetera. Quizás fuera el canto también. Años después vi la misma tetera en un bazar y pensé en comprármela pero ya estabamos en plena época de la devaluación y el twinings había pasado a la historia como sucedió con otros productos importados.
La leche bien fría servida en un vaso alto de vidrio me hace acordar a un amigo músico de la adolescencia. Amaba la leche que yo, por entonces, repudiaba. Hoy en días de altas temperaturas recurro a ella como un bálsamo para el calor. Pero tiene que estar bien fría y servida en un vaso alto de vidrio.
El olor de los caramelos de menta me retrotraen a cierto amor clandestino que tuve una vez. P. era como un niño que masticaba caramelos de menta mientras tomaba largos tragos de Coca. El resultado era una boca mentolada y dulce. Hoy en día no puedo comer esos caramelos y la Coca ya no me gusta.

8 de febrero de 2007

Trasplante




Supongamos que es principio de enero. Yo estoy tomando mate en el balcón del departamentito de Belgrano. La casa está semidesarmada. Mi corazón también. Mudar una casa es altamente traumático. No sé por qué. No puedo explicarlo. Quizás sea porque uno se expone demasiado, porque reducir varios años de convivencia a un camioncito, varias cajas de cartón, cinta de embalar y paciencia lleva una energía enorme a la que no estamos acostumbrados. O tal vez sea porque en el proceso de embalaje vemos cosas que no queremos ver, nos encontramos con objetos que ya no son nuestros sino que eran de algún yo antiguo que se quedó en el tintero de los años. Es como revolver en la llaga, en los archivos viejos, en la basura ajena. Y entonces afloran esos intensos arrebatos de querer tirarlo todo o de querer guardarlo todo. Pero no es posible ni una cosa ni la otra y entonces sólo resta algo intermedio que es reducir, cortar.
Entonces, eso, estoy tomando mate en el balconcito de un depto semidesarmado. Miro mis plantas que están arrinconadas en cajitas de cartón. Tengo un balcón lleno de macetas, macetitas, pequeñas, grandes, redondas, rectangulares, de barro, de plástico, de color rojo, de color blanco, pintadas a mano, despintadas. Tengo plantas que empezaron siendo pequeñas y ahora son medianas, tengo hijos de esas plantas que fui haciendo por esqueje o simplemente como me salían. Pero lo que más me preocupa de todo es que son plantas de sombra que están acostumbradas a una hora de sol y algunas ni siquiera eso.
Sé que las alegrías del hogar no van a resistir. Que la aralia se merece estar en tierra, que los ficus necesitan macetas más grandes y bolsas de tierra nueva, que los lacitos de amor ya me tienen harta con sus hijitos desperdigados, que los cactus son los únicos que se van a poner contentos de estar en una terraza achicharrándose ocho horas al sol.
Tomo mate con el alma en un hilo cuando escucho que tocan el timbre.
Es el camioncito de la mudanza.

7 de febrero de 2007

Cuidado conmigo

*desde chiquita tengo una conexión extraña con mi interior. Antes me parecía que le pasaba a todo el mundo pero luego descubrí que no es así. Cuando me toco el ombligo siento unas sensaciones muy delicadas. Como si me estuviera hurgando algo muy interno.

*en la nuca tengo un ganglio más grande de lo normal por vaya a saber uno que causa. Es una bolita simpática que se puede sentir al tacto. Lo tengo desde bebé. Es la marca, tengan cuidado conmigo.

*también en la nuca tengo una manchita parecida a una frutilla. Otra marca. Tengan doble cuidado.

*tengo padres que están casados hace más de treinta años. Saquen sus conclusiones.

*desde chiquita no me gustaba que le gente dijera que los días nublados eran días "feos". ¿Qué tiene que ver la fealdad con la lluvia?

*tener un blog es algo raro así que...¿qué quieren que les diga?

6 de febrero de 2007

De plins y chans

Si cuento como el calendario me lo indica tengo un año más.
De pronto, CHAN, un año más.
Pero eso es falso.
El chan no es real.
El chan es, en realidad, una acumulación de plin plin plin plin.
Entonces hoy es otro plin que se añade.
Y así.
Vivan los plins.
No sé ustedes pero yo ya estoy cansada de los chan.

5 de febrero de 2007

Treinta años

Escucho un tambor
un cielo muy azul
un desorden natural
una diáfana espera
y escucho:
un rumor de latidos plenos
un rumor de pies abriéndose

pasos.

Yo escucho que llega
la noche mágica.

30 de enero de 2007

Por la noche

Desde el perchero cuelgan las obsesiones del día anterior. Arremeten contra mí, arremeten contra mi sueño. Arremeten y ya.
Insomnio. La edad de la noche.
Una quena, el llanto de un niño. Un pájaro sobrevuela el espacio acanalado de estrellas.
Y mi corazón no entiende dónde está su morada.

14 de enero de 2007

Laura Mazzocchi

Lau:

El jueves llegó tu carta. La primera carta que llega a esta casita nueva.
Yo tenía la mente enmarañada por estructuras gramaticales, concordancias escuetas y el paradigma verbal de algún verbo muy irregular en pretérito perfecto simple.
Tu carta decía: estoy en el Norte.
Hoy mi Norte tiene un jardincito pequeño al que aún le estamos poniendo plantas.
Las plantas que estaban en Tres de Febrero gozan de buena salud a fuerza de mucha agua y la búsqueda constante de sombra.
Son plantas de ciudad. De a poco comprenden las cualidades del cielo, el sol y el viento.
Yo también.
El día que llegó tu carta vi el atardecer.
Desde la ventana del living.
El atardecer.
Y tu carta decía: Laura desde el norte.
Sí.
Maravilloso.

12 de enero de 2007

El instituto del terror

Sobreviví a la masacre del lenguaje de la primer semana.
Las cuatro horas con los brasileños se llevan maravillosamente. Me enternecen sus nasalizaciones, sus movimientos, sus neologismos. Pero las cinco horas con los alemanes se tornan claustrofóbicas. No son malos pero son muy duros. Todos alemanes del Este. De Berlín. Hablar del muro es complicado cuando no tenés vocabulario. Tuve que enseñarles la palabra "muro".
Lo que en verdad cansa es que no hay intimidad. No hay lugar dónde estar unos minutos solo o con colegas. Nuestra sala de profesores se asemeja a un pasillo donde sólo hay una fotocopiadora, un perchero, un escritorio abarrotado de papeles y ninguna silla.
Apenas termina la clase huimos a la vereda.
Literalmente huimos de la avalancha de simpatía y amor de nuestros alumnos.
Permiso, que tengo que sacarme la sonrisa.

11 de enero de 2007

Conquista

Se mueren de risa de mi yoyeo.
Yo lo acentúo como una marca. Me visto de y griegas y elies.
Y les enseño el vos.
Y les digo que el vosotros no lo necesitan para nada. Que con el ustedes se las van a arreglar perfectamente y además es más fácil.
Y así voy conquistando.
Palabrita a palabrita.

10 de enero de 2007

Enferma

Dar clases nueve horas seguidas con una hora en el medio para comer nunca fue una buena idea. No entiendo cuándo me pareció una buena idea. No entiendo.

Estoy en una trituradora del lenguaje, sépanlo.

Y vamos por el tercer día.

5 de enero de 2007

Mudanza

En la mudanza perdí algunas cosas. Un jean viejo, un corpiño negro, un compact con archivos recontraviejos y una planta con hormigas. También perdí un poco de mi sentido de la orientación, la parte del cerebro para pensar listas útiles y las ganas de trabajar. Por último encontré un rincón verde que te quiero verde.