28 de noviembre de 2016

Cuba

-Tenía 16 años la primera vez que fui a Cuba. Y de lo que más me acuerdo es de la música. Había música por todas partes, instrumentos por todas partes. En la playa clavaban el bajo en la arena y tocaban. Te prestaban los instrumentos, te escuchaban con el alma... Qué loco. Tengo el recuerdo de estar cantando en las calles de Cuba y de siempre estar acompañada. Nadie intentaba lucirse, todos sacaban a relucir lo mejor de cada uno en un ensamble que no sabíamos bien adónde nos iba a llevar. La música se daba tan fácil... tan...
-Eso que viviste amor, fue el socialismo.

19 de noviembre de 2016

Comer

Hay generaciones que limpian la tierra. Su paso por el mundo sólo cumple esta función.
La siguiente generación será la que siembre. Deposita las semillas en la tierra y espera a que crezcan.
Una nueva generación será quien las coseche. Pero ellos aún no comerán.
Sólo la generación última comerá del fruto de todo este trabajo.
 

Pero, a veces, 
sucede 
que los miembros de esta generación se niegan a comer. 
¿Por qué será?
¿Cómo se sentirán las generaciones anteriores si todo este trabajo que tanto les ha costado ninguno de los descendientes lo puede disfrutar?

17 de noviembre de 2016

No hay flor que por bien no venga

¿Estás bien? Noviembre. ¿Te pasa algo? Noviembre. ¿Tenés algo? Noviembre. Noviembre. Noviembre. Y así podría continuar. Podría decir también que noviembre es el mes en que el hermoso jacarandá de la puerta de casa florece. También podría contarles que en noviembre todo objeto o persona que queda debajo del jacarandá en flor se llena de una sustancia pegajosa y muy difícil de quitar.
Pero pasan cosas hermosas. Personas que se acercan y sorprenden con un abrazo, con una palabra amable, con un regalo que no esperabas. Un grupo humano amoroso y cálido. Entonces al volver a casa me quedo un rato debajo del árbol y dejo que la flor del jacarandá me inunde con su sustancia.
No hay flor que por bien no venga.

8 de noviembre de 2016

El alma pide mar

El alma pide mar. Y entonces agarramos el autito con una valija mal hecha, metemos sueños, cansacio, ganas de estar juntos, garra, el mate, un par de libros y nos vamos.
No sabemos nada del lugar al que vamos. Sólo que tiene una ventana que da al mar.
Al llegar, sin querer, enterramos el autito en la arena. No importa, alguien viene con una pala y nos ayuda a sacarlo.
Después nos dan la habitación que es enorme, espaciosa, limpia y con unos muebles horribles. Pedimos delivery porque tenemos una ventana que da al mar y no nos queremos ir a ningún otro lado.
Esa noche dormirmos arrullados por el mar.
Al amanecer nos despertamos porque la claridad es inmensa. Vemos el amanecer sin poder creerlo. No es una pantalla, es de verdad: el sol, el mar, las gaviotas.
Sentimos el calor, el viento, la sal en el pelo.
Pasamos el día entre las olas, caminatas, viendo los berberechos esconderse en la arena mojada.
Llega la noche y la velada se nos antoja romántica. Nos reímos, nos acordamos de cómo éramos, de pronto el estar juntos es lo único que importa y el mundo es un lugar agradable para vivir.
Y nos damos cuenta de qué hostil estaba siendo todo. Y nos recordamos que deberíamos buscar más esta sensación en nosotros mismos.
Entonces al día siguiente la vuelta no se nos hace tan pesada.
Y por un tiempo sentimos que el mar lo tenemos adentro, si cerramos los ojos, lo escuchamos bullendo por nuestras arterias. 





De otro color

Un par de noches luego de que Mani murió tuve un sueño. Estábamos con Nico mirando alguna serie en netflix, los dos abrazados en el sillón ...