lunes, 13 de abril de 2020

Genius

Ayer por la tarde vimos "Genius", un film basado en una historia real que trata sobre la amistad entre un escritor y su editor y el amor que tienen por la literatura en una Nueva York de 1929. El escritor es Thomas Wolfe y el editor es Maxwel Perkins. La película es hermosa y las actuaciones de Jude Law (Thomas Wolfe) y Colin Firth (Max Perkins) son impecables.
Entre otras cosas me pareció hermoso que la película destierre esta idea de que alguien puede crear algo en completa soledad. De que el genio es producto de una mente solitaria. Al contrario, la genialidad de los escritos es porque allí hay un diálogo entre el escritor y el editor. Y en ese diálogo está la amistad y el amor por las palabras.
Personalmente no he leído nada de Wolfe. Parece que sus novelas eran inabarcables, verborrágicas. Perkins le dio un cauce a ese desborde.
Qué necesario es el otro para vernos, qué necesario es el otro para que surja lo mejor de nosotros. Qué necesario es el encuentro.
En estos tiempos solitarios en donde la comunicación se ha vuelto tan virtual que no hay lugar para el otro sino para un yo y otro yo separados por la pantalla esta película se vuelve indispensable.


sábado, 11 de abril de 2020

Ella dice

Ella dice
me muero de dolor,
ya no aguanto más,
las cosas perdieron sentido.
Ella dice
las mañanas son lo peor.
Entonces ya sé que no debo llamarla por la mañana porque tiene mucho orgullo y antes que estar dolorida prefiere estar enojada.
En la vida de antes yo habría sabido como hablarle.
Mejor la llamo después del mediodía.
Me la imagino chiquita, tomando su café,
prendida al hilo telefónico de mi voz.

viernes, 10 de abril de 2020

Lo que no cambia en una cuarentena

Por la noche recibimos un mensaje de nuestra amiga L.
-Van a recibir un regalito de parte nuestra mañana. Se los voy a mandar en una moto. Si quieren lo pueden desinfectar.
Nos reímos. ¿Nos reímos? Estamos ya en la cama a la luz de los veladores. Nos vamos a dormir intrigadísimos pensando en qué nos enviará L al día siguiente.
Llega la mañana. L nos manda un mensaje:
-La moto ya está en camino.
Mi compañero me pregunta si está bien darle 100 pesos de propina al motoquero. Si está bien que no quiera tocarle las manos al motoquero. Si está bien que desinfectemos "el regalo".
Me pongo guantes de goma. Preparo la lavandina para cuando llegue el regalo. ¿Cómo era? Una medida por diez de agua. Me acuerdo del meme que anda dando vueltas por toda internet: un tigre de bengala que le dice a otro tigre de bengala albino: una medida por diez de agua. Y el tigre de bengala albino lo manda a la mierda.
Llega la moto. Es una caja. ¡Es una caja de vinos! ¡Es una caja de vinos de una bodega que le gusta mucho a L! Traemos la caja de vinos a la cocina con gran cuidado.
La depositamos en una mesada. Le pasamos el trapo con la lavandina, pasamos el trapo con la lavandina a la superficie donde apoyamos la caja, luego vamos desandando todo el camino por donde anduvo la caja hasta llegar al picaporte de la puerta.
-¿Le pasamos también lavandina a las botellas de adentro?
-¿Vos me estás jodiendo?
-No.
Le escribimos a L que es la mejor amiga del mundo mundial. Si hay algo que no cambia en esta cuarentena es que beber con amigos (aunque más no sea a la distancia) sigue siendo un placer muy especial.

martes, 7 de abril de 2020

Cuarentena por Paul B.

Caí enfermo en París el miércoles 11 de marzo, antes de que el gobierno francés decretara el confinamiento de la población, y cuando salí de mi cama, el 19 de marzo, algo más de una semana después, el mundo había cambiado. Cuando entré en la cama el mundo era próximo, colectivo, pegajoso y sucio. Cuando salí se había convertido en lejano, individual, seco e higiénico. Mientras estuve enfermo no me resultaba posible evaluar lo que estaba sucediendo desde un punto de vista político o económico, porque la fiebre y el malestar se apoderaban de mis energías vitales. Nadie es filósofo cuando le estalla la cabeza. De vez en cuando miraba las noticias, algo que solo servía para incrementar el malestar. La realidad no podía distinguirse de un mal sueño y la primera página de todos los periódicos era más inquietante que cualquier pesadilla causada por mi delirio febril. Durante dos días enteros decidí no abrir una sola página de internet como prescripción ansiolítica. A eso y al aceite esencial de orégano es a lo que atribuyo mi curación. No tuve dificultades para respirar, pero tuve dificultades para pensar que podría ser respirando. No tuve miedo de morir. Tuve miedo de hacerlo solo
Lo primero que hice cuando salí de la cama después de estar enfermo con el virus durante una semana tan inmensa y extraña como un nuevo continente, fue hacerme a mí mismo esa pregunta. ¿Bajo qué condiciones y de qué forma merecería la pena seguir viviendo? Lo segundo, antes de encontrar respuesta a esa pregunta, fue escribir una carta de amor. De todas las teorías del complot que he leído la que más me seduce es la que dice que el virus fue creado por un laboratorio para que todos los loosers del planeta pudiéramos recuperar de una vez a nuestros exs – sin vernos forzados sin embargo a volver con ellos.Entre fiebre y ansiedad, se me ocurrió que los parámetros a través de los que se organiza el comportamiento social habían cambiado para siempre y que ya no podrían ser modificados de nuevo. Esto fue lo que sentí como una evidencia que se abría paso en mi pecho, al mismo tiempo que mi respiración se ampliaba. Todo quedaría fijado en la forma inesperada que ahora habían tomado las cosas. A partir de ahora, tendríamos acceso a las formas más excesivas de consumo digital que pudiéramos imaginar, pero nuestros cuerpos, nuestros organismos físicos, estarían privados de todo contacto y de toda vitalidad. La mutación tomaría la forma de una cristalización de la vida orgánica, de una digitalización total del trabajo y del consumo y de una dematerialización del deseo. Los que estaban casados estarían a partir de ahora y ya para siempre condenados a estar veinticuatro horas al día con la persona con la que se habían casado, independientemente de la amaran o la odiaran, o ambas cosas al mismo tiempo – lo que dicho de paso, es lo más habitual: el matrimonio se rige por una ley de física cuántica en la que no hay oposición de términos contrarios, sino simultaneidad de lo aparénteme dialéctico. En esta nueva realidad, los que habíamos perdido el amor o no lo habíamos encontrado a tiempo, es decir, antes de la gran mutación del Covid-19, estamos condenados a pasar el resto de nuestra vida totalmente solos. Sobreviviríamos, pero sin tacto, sin piel. Los que no se habían atrevido a decir a la persona que amaban que la amaban, ya no podrían reunirse con ella aunque pudieran expresarle su amor y tendrían ahora que vivir siempre en la imposible espera de un encuentro físico que ya jamás se produciría. Los que habían elegido viajar, quedarían para siempre del otro lado de la frontera y los burgueses que se fueron al mar o al campo para pasar en sus agradables residencias secundarias los días del confinamiento (pobrecitos) ya no podrían volver nunca más a la ciudad. Sus casas serían requisicionadas para acoger a los sin domicilio fijo que sí vivían en la ciudad. Todo quedaría fijado en la nueva e imprevisible forma que las cosas habían tomado después del virus. Lo que parecía ser un confinamiento temporal se extendería durante el resto de nuestras vidas. Quizás las cosas volvieran a cambiar, pero no para aquellos que ya teníamos más de cuarenta años. Esa era la nueva realidad. Entonces tuve que pensar si merecería la pena seguir viviendo así. ¿Bajo qué condiciones y de qué forma merecería la pena seguir viviendo?

Cargada de toda la ansiedad y el lirismo acumulado durante una semana de enfermedad, de miedos y dudas, la carta a mi ex no era solo una desperrada y desesperante declaración de amor, sino y, sobre todo, un documento vergonzante para el que la firmaba. Pero si las cosas ya no podían cambiar, si los que estaban lejos ya no podrían volver a tocarse jamás, ¿qué importaba el ridículo? ¿Qué importaba ahora decir a la persona que amas que la amas aunque ella ya te haya olvidado, o incluso remplazado, si de todos modos ya nunca podrías volver a verla? El nuevo estado de cosas, en su inmovilidad escultórica, concedía un nuevo grado de what the fuck incluso al propio ridículo. Escribí aquella bella y horriblemente patética carta a mano, la metí en un sobre blanquísimo, escribí sobre él con mi mejor letra el nombre y la dirección de mi ex. Me vestí, me puse una mascarilla, los guantes y los zapatos que había dejado en la puerta y bajé hasta la entrada del edificio. Allí, siguiendo la lógica del confinamiento, no salí a la calle, sino que me dirigí al patio de las basuras. Abrí el cubo amarillo y, puesto que se trataba de papel reciclable, metí en él la carta para mi ex. Volví a subir las escaleras hasta mi apartamento. Dejé los zapatos en la puerta. Entré en casa, me quité los pantalones y los metí en una bolsa de plástico, me quité la mascarilla y la puse a ventilar en el balcón, me quité los guantes y los tiré a la basura, y me lavé las manos durante dos interminables minutos. Todo, absolutamente todo, estaba fijado en la forma que había tomado después de la gran mutación. Volví a mi ordenador y abrí mi correo electrónico: y ahí estaba, un mensaje de mi ex titulado "pienso en ti durante la crisis del virus".

Paul B. Preciado. 

lunes, 6 de abril de 2020

Misceláneas

Querés hacer berenjenas pero de pronto te das cuenta de que no es buen momento para quedarte sin aceite, vinagre, sal.
Querés hacer una torta pero te das cuenta de que queda poca harina y mejor guardarla para la masa de las tartas saladas. 
Querés hacer un guiso y le metés menos cebolla porque tenés que racionar para que te alcance lo más que se pueda. 
Querés tomarte todo el vino pero te das cuenta de que era más divertido compartirlo con amigos que hacerlo via zoom, con una camarita pedorra, con la internet que va y viene (y además tiene que alcanzar). 
Se te muere el teléfono y no podés salir a comprarte uno nuevo. Agradecés tener el anterior funcionando (4 gigas de memoria, amigos, dejen de enviar videítos, la puta madre) y que todavía sirva para instalar el whatsapp nuestro de cada día (cada vez más complejo). 
Se te acaba el shampoo sólido y ya fue, volvés al shampoo con envase de plástico porque no hay shampoo sólido en los negocios cerca de tu casa y no vas a romper la cuarentena para salvar al planeta de un envase de plástico. 
Se te corta el video que estabas grabando para la clase de yoga y decís, máh, si, yo subo el video igual, ya no te importa la desprolijidad, lo importante es la actitud.
Se extraña a los que hoy están lejos y no se puede abrazar y antes estaban tan cerca que no los abrazabas tanto. 

domingo, 5 de abril de 2020

Ya no es verano

Hace unos meses (era verano y no había pandemia) mi suegra le pasó a Nico su receta de cómo hacer sus berenjenas en escabeche. De hecho, esa tarde hicieron juntos la receta. Cuando Nico descubrió los mil pasos que su mamá hacía para que las berenjenas le quedaran espectaculares le pidió perdón por todas las veces que le había pedido que le hiciera un frasco de berenjenas.

Hoy hicimos su receta.

La verdad, Zuly, es que te extrañamos. Ahora están en un frasco, habrá que esperar a que tomen sabor. Estoy segura de que quedaron espectaculares y ya no nos pareció tanto trabajo. Tenemos todo el tiempo del mundo, ya no es verano y estamos en el medio de una pandemia.

miércoles, 1 de abril de 2020

Sostener desde la voz

Con la pandemia el trabajo de todos ha cambiado.
Algunos ya no tienen trabajo, otros se reinventan con el teletrabajo, otros intentan inventar lo que no existe.
Las sesiones de shiatsu, bien gracias. No creo que vuelva a tocar a un ser humano hasta la primavera o hasta que salga la vacuna contra el COVID-19. El arte de "tocar" a partir del tacto real se ha reducido a la nada misma. Cero. Kaput.
Se vuelven fuertes, sin embargo, todas aquellas terapias donde la voz sostiene el contacto.

Al final de una clase particular, via Zoom, con una parejita que ya tomaba clases presenciales conmigo, se cortó la luz. La comunicación quedó pendiendo de un hilo. La pantalla se puso negra y escuchaba voces entrecortadas. Estábamos ya casi al final de la clase.
La llamé a ella a su celular y le dije que me pusiera en altavoz.
-No es importante que nos veamos. Simplemente escuchen mi voz. Voy a guiar la relajación.
Savasana, la dulce savasana nunca puede faltar en una clase de yoga.
Es, les diría, el momento clave en donde todos los beneficios de la práctica descienden sobre el cuerpo. Cuando la energía encuentra su cauce.
Cerré los ojos y los imaginé recostados en sus mats. Con el celular en la mano fui dando pautas de respiración, visualizaciones claras y luego cerramos cantando el om tres veces. Desde la opacidad del celular escuchaba sus voces sostenidas por ese hilo de comunicación.
Cuando la práctica terminó escuché sus palabras de agradecimiento.
Ah, la voz, la voz que sostiene la práctica. La voz que sostiene la mirada hacia adentro.
La voz que guía hacia el propio silencio.




martes, 31 de marzo de 2020

Habitar lo que es

En estos días sólo quiero llorar.
Ya no quiero iluminarme, ni ser ingeniosa ni aprender cosas nuevas.
Llorar, eso.
Pero no me sale ni una lágrima.
Mi luz y mi sombra me dicen en un susurro:
todo lo que hay es.
Todo lo que hay es.

jueves, 19 de marzo de 2020

Om mitraya namah

Aprendiendo a usar YouTube. Qué tiempos, qué tiempos...




Práctica de asanas con mantra.

miércoles, 18 de marzo de 2020

La muerte estuvo y estará siempre

¡Pero se muere la gente!, dicen algunos.
Y sí.
Antes también se morían.
Antes se morían (y se siguen muriendo) porque el sistema enfermo y nefasto que ha montado la humanidad los deja de lado. Por el racismo, la segregación, la ignorancia, la codicia de algunos, el desprecio, la poca solidaridad, el temor.
La muerte estuvo siempre. Desde que la Tierra está viva hubo muerte.
Y nosotros no somos más importantes que la Tierra.

martes, 17 de marzo de 2020

Real

Y las aguas del planeta se aclararon. El aire volvió a ser respirable. Volvieron los peces, las aves, los osos, los insectos.
La tierra se llenó de nutrientes, las montañas silenciosas tocaron el cielo.
Los seres se quedaron quietos, escuchando, sintiendo.
La vibración se hizo música.


La palabra es un arma

Ugarte y Maipú, pleno Vicente López.
(Fui caminando, no se preocupen. Intento no tomar ningún transporte público).
Una señora indignada le decía a otra señora indignada:
- ¿Y qué me decís de nuestro vecino? ¿Ese que vive en la calle Rosales? El que cagó a trompadas al guardia de seguridad.
-¡Viste que era rugbier! ¡Te das cuenta! ¡No quería cumplir con la cuarentena!
-¡Si hasta el propio presidente lo fue a buscar!
-Yo que él le pegaba un tiro. UN TIRO.
Hablan de la violencia de los rugbiers, hablan del infeliz que le rompió el tabique al guardia de seguridad y después dicen que le pegarían un tiro.
Dios mío, ¡si el lenguaje fuera también un arma!
Sólo que... lo es. 
Lo es cuando se apodera de vos la misma violencia que la que tanto te indignó.
A ver si nos calmamos todos.

lunes, 16 de marzo de 2020

Aislamiento social

En cada práctica que hagan... respiren.
Engrosen el escudo que hace la exhalación por fuera de la piel. Inhalen dentro de los huesos, exhalen fuera de la piel haciendo más permeable la energía. Sonrían hacia adentro. Al abdomen, a los distintos órganos, a los genitales.
En cada instante busquen la felicidad.

sábado, 14 de marzo de 2020

Virus social

Por lo que voy entendiendo del coronavirus el problema está en el crecimiento exponencial de contagio que tiene el nuevo virus (tiene una dinámica de contagio diferente a la de la gripe que conocemos). Parece que en definitiva todos nos vamos a infectar de algún modo u otro. Para algunos será como resfriarse o como una gripe muy fuerte de esas que te voltean por una semana y media. No hay que alarmarse mucho por ello si uno no está en los grupos de riesgo. El problema está en que la forma de contagio es tan veloz que si nos contagiamos todos al mismo tiempo los hospitales colapsan porque las terapias intensivas no tienen suficientes camas ni suficiente equipamiento para atender a todos los casos graves (gente del grupo de riesgo: a saber: inmunodeprimidos, personas mayores, hipertensos, diabéticos, etc.). Por eso entiendo que piden el aislamiento social. Para cuidar a este grupo de gente que sí va a necesitar de tratamiento si se agarran el virus.
Entonces piden que si nos vamos a contagiar todos, bueno, pero al menos contagiémonos en tandas. Las medidas preventivas son de carácter colectivo, no individual.Porque si bien el virus actúa como una gripe, como población no tendríamos defensas para este nuevo virus. Entonces, de nuevo, los más débiles están más expuestos. No es por nosotros sino por los más frágiles.Entonces, si sentimos síntomas de gripe y no somos del grupo de riesgo no nos expongamos a ir al médico, no entremos en pánico. Hay teléfonos para llamar en estos casos. No hace falta saturar y demorar las guardias. Dejemos ese espacio para los que realmente lo van a necesitar.
Evitemos los eventos masivos.
Evitemos reuniones sociales con mucha gente.
Si podemos trabajar desde nuestras casas, mejor.
Si ibas a hacer un viaje, capaz no es el momento.
Ir a comprar al supermercado y arrasar con todo no es de buena persona. No es actuar en forma colectiva.
Y recuerden: la patria es el otro.