20 de marzo de 2011

El sol, la luna, el cuerpo, el centro

El monje tailandés, envuelto en su nube naranja, nos decía: keep your mind in the center of your body. Teníamos los ojos cerrados, las manos unidas de modo que el índice derecho se juntaba con el pulgar izquierdo, las piernas cruzadas. No había música. Sólo el rumorear de la copa de los árboles, el sol que entraba por la ventana y la voz del monje suave y aterciopelada diciéndonos: keep your mind in the center of your body.

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Imaginen que tienen una luna o un sol en el centro del cuerpo. O una esfera de cristal brillante. No importa qué. Lleven su mente hacia el centro del cuerpo. Aunque se disperse. Si se dispersan pueden cantar el mantra para ustedes, silenciosamente. Es un mantra silencioso. Está bien, vuelvan a intentarlo. Háganlo, suave, gentilmente. No fuercen la mente. Keep your mind in the center of your body.

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Por un tiempo indeterminado me sentí sola. Completamente sola. Vi la luna de La Pedrera en mi ombligo. Luego esa luna viró en un sol que conozco. Es el sol que sale por el jardín de mi casa todas las mañanas. Amo ese sol. Estaba en mi ombligo. Hermoso. Por un tiempo indeterminado sentí mi respiración serena, la libertad de los pulmones, el cuerpo posarse. Y después comencé a sentir frío. Quise desesperadamente abrir los ojos. Me debatía entre abrir los ojos, cambiar la postura, ir a buscar un abrigo. ¿Qué hacer? Abrí los ojos y me encontré en una habitación rodeada de otra gente meditando. Me dio vergüenza. Volví a cerrarlos. Me concentré pero ya no podía. El frío me estaba ganando. Y el monje volvió a repetir: keep your mind in the center of your body. Volví a juntar las manos. Respiré hondo.

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No es fácil meditar. Aún no sé qué es meditar. Intuyo que es algo parecido a lo que me pasa cuando hago shiatsu. Pero allí me estoy moviendo. No puedo simplemente olvidarme de mi cuerpo. No sé hacerlo.

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