17 de enero de 2013

Dar yoga

Nos juntamos en su casa. Hacía mucho que queríamos hacerlo. Me recibió con la parra verde y frondosa. En una mesita debajo de ella almorzamos algunos de los manjares con los que Pau me obsequió generosamente. Arroz yamaní, verduras cocidas, una ensalada de rúcula y apio, huevos orgánicos y el aceite de oliva más rico del mundo. Después un té de marcela. Charlamos. Hacía tanto que no nos veíamos. Enero tiene esta magia. Tiempo. Posibilidad. Potencialidad. Y lo aprovechamos.
Luego de la digestión desplegamos los mats y nos dimos una clase de yoga mutuamente. La fuimos dando por bloques, turnándonos. Con una mirada, tal vez, ya sabíamos. Nos dejamos llevar por el fluir de la otra. Después hicimos una relajación preciosa.
Gracias, Pau, mi madrina en este camino del yoga. Gracias por tanto amor, apoyo y ganas de compartir.

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