26 de agosto de 2014

El pasado en el placard

Vos pensás, listo ya está, ya hice orden general hace un año, tiré miles de papeles, regalé un montón de ropa, zapatos, abrigos, vestidos. Listo, ¿ya está?
Y no.
Es la maldición de tener placares.
Varios placares, de hecho.
Lo de la ropa creo que lo ordené bastante bien. Creo que logré conservar lo que en verdad uso. Pero también está el otro punto: adoro disfrazarme. Seguramente tiene que ver con que ya me conozco, sé los lugares que frecuento, mi trabajo, mis amigos, mis lugares de pertenencia y mi amada comodidad. Eso incluye a todos mis heterónimos, claro.
Los cajones, en cambio, son una maldición. Han quedado cables de aparatos que nunca fueron del todo míos. Y de las cosas que no entiendo, me cuesta deshacerme de ellas. Es un defecto que tengo. O una virtud, dependiendo de cómo se lo mire. Es que siento que lo que no entiendo en algún momento terminaré por comprenderlo más adelante. Y para ello necesito la huella física. Me pasa lo mismo con papeles y garantías y mapas y fotos. Nunca sé si las voy a necesitar.
De nuevo: ¿defecto o virtud?
Finalmente ayer con una gran bolsa de consorcio decidí terminar de comprender lo que creía no comprender y deshacerme de aquello que ocupa lugar.
A veces es preferible tener cajones vacíos. Y si hay necesidad, buscarla en otro lado. 

1 comentario:

Principito dijo...

Cajones vacíos es una utopía. Cuánto puede durar un cajón vacío? Si tendemos a acaparar TODO el espacio del que disponemos sea mucho o poco hasta desbordarlo.

Me voy a agendar este blog :) I'll be back