7 de septiembre de 2016

Remix

Volví a ver Reality Bites en Netflix y me acordé de cuando fui a un super cine re-moderno-de-Belgrano a verla en el año 95 con butacas reclinables, muy noventas todo. Y me acuerdo de lo que fue tener 18 años en pleno proceso de la globalización, flexibilización laboral, productos importados llenando las góndolas de los hipermercados y la falta de oportunidades laborales. Querer cantar canciones que tuvieran sentido y estudiar una carrera que no sirviera más que para regodearme en mi intelecto porque ya, ¿qué otra cosa iba a ser sino esconder la cabeza en una pila de libros con un montón de gente como yo? En la peli abundan las marcas por doquier: Gap, BMW, Coca-Cola, Pringles, 7-Eleven, Pizza Hut, Domino's Pizza, Evian, Camel, Snickers, McDonalds, Cocoa Puffs, Infiniti, Ford y Minute Maid. Saturación total. Entonces, claro, bailar. Al ritmo de The Knack, my sharona. Salí de ver la película con un sabor amargo y la sensación de que aún era demasiado chica para entender a la generación X. Quinto año o comienzos de CBC. Boludez total. Y sin embargo estábamos a  caballo de la X y otra cosa que iba a venir después.
Hoy al verla me fijé en la telefonía. Winona hablando por teléfono fijo, un teléfono que tiene un cable que se enreda. Ethan Hawk la llama desde un teléfono público porque su padre acaba de morir y ella dice hola, hola y él, nada, no puede hablar. Ella sabe que es él. Lo sabe. Sólo intuición, qué va. Así era. No había codificadores, no había incoming calls. Nada. Silencio del otro lado y click. Y vos sabías que era él. O ella. Escalofríos noventosos.

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