24 de septiembre de 2018

Primavera suelta

Yo amo a las abejas. A los seis o siete años me picó una abeja en una pierna. Eran los veranos en la quinta de Luján. Ahí tuve mi primer gran lección sobre estos bichos. La abeja te pica cuando no tiene más remedio porque se le va la vida en ello. Por eso desde ese momento supe siempre que a las abejas hay que tratarlas con respeto y que si aparece una no va a picarme a menos que yo haga alguna estupidez.
Llegó la primavera y llegaron las abejas al jardín. Todos los yuyos del pasto están en flor. Eso quiere decir que las abejas se pasean de flor en flor a ras del suelo. Lua, feliz, iba de flor en flor, saltando sobre las abejas. Hasta que una la picó en el ojo. La gata hizo una pirueta muy graciosa (que ahora comprendo era de dolor) y salió disparada hacia adentro de la casa. Cuando la encontré tenía el ojo en compota, la mitad de la cara inflamada y no se movía.
Resultado: inyección de corticoides, toma de prednisona por boca durante unos días y colirio para el ojo de Lua.
Resultado II: pasé la máquina de cortar de pasto por todas las florcitas de los yuyos del pasto. Lo siento, abejas, vuelen más alto.

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