Vinieron unos tipos y la instalaron sobre el poste de luz. Pasó el tiempo. Los vecinos apretaban el botoncito siempre en algún descuido y la corneta se activaba. Era un incordio. Las primeras veces salíamos a mirar si pasaba algo pero nunca era nada. Cuando le quisieron robar a nuestro vecino el auto en la entrada de la casa nadie activó la corneta. Pero todos lo supimos porque el tipo pegó un alarido y al ladrón se le escapó un tiro que por suerte no le dio a nadie y terminó huyendo. Después ya nadie miraba cuando la corneta empezaba a aullar y todos apretábamos el botón de desactivar. Más de uno debe haber puteado y se debe haber arrepentido de haber votado por la corneta. Pero nunca nadie dijo de desactivarla o sacarla. Simplemente quedó allí, como un recordatorio, un símbolo de la pelotudez humana.
Ayer la corneta se volvió loca. Se activó sola y con voz desafinada empezó a gritar incoherencias. Luego a viva voz se le disparó la chaveta y comenzó a injuriarnos con sus aullidos inestables e insistentes. Nadie en la cuadra podía pararla. Era claro que se había roto algo en el dispositivo. La corneta se había quedado clavada en modo on. Los vecinos salían con el llaverito a ver si la podían parar. Y nada. Estaban los que indolentemente decían y bueno, ya se le va a acabar la batería. El chat de vecinos se llenó de preguntas. ¿Alguien sabe a quien llamar? ¿Quién la instaló? ¿Cómo se llama la empresa? Increíblemente nadie tenía la menor idea de cómo la corneta había llegado a nuestra cuadra ni quién la había contratado ni cómo se llamaba la empresa que lo había hecho. ¡Eso fue hace mucho, no me acuerdo!, decían. Nosotros pusimos plata, pero no me acuerdo quien se encargó de contratarlos, decía otro. En la corneta había un nombre que parecía de una empresa. Lo googleamos. No había página web. Sólo un punto en el google maps con un número fijo que nadie atendía. El chat de vecinos seguía rumiando confusión y pena.
¿Nadie tiene una escalera larga?, pregunté. Yo tengo una, me dijo el tipo de la casa de enfrente, me la dejaron los pintores. ¡Yo tengo un revolver de aire comprimido, si quieren puedo intentar pegarle a la corneta!, dijo otro. No, flaco, como vas a dispararle a una corneta, mirá si le pegás a un cable, a un pájaro y encima te denuncia el vecino de la esquina por andar con un revólver. El ruido ensordecedor no nos dejaba pensar. Loco, traé la escalera, te lo suplico, le dije, sino llamo a mi techista que vive por acá cerca y que es un capo y le pido que la corte. ¡Sí, corten el cable, esto no da para más!, dijo uno de barbita.
El run run del chat de vecinos seguía destilando incoherencias. Que el número, que la empresa, que mañana se puede llamar para que la arreglen, que ya se va a acabar la batería... ah, que están intentando cortar el cable, que un vecino va a traer una escalera... Mi vecino de enfrente trajo su escalera. Entre dos se la sostuvieron. Empezó a subir, la corneta cambió el aullido como sabiendo su inminente derrota. No puedo, me caigo, dijo el tipo. Volvió a bajar. Subió el que había dicho que tenía un revólver con aire comprimido. Finalmente fue él quien logró cortar el cable. Y de pronto, silencio. Bajó de la escalera con la corneta entre las manos, triunfante. Bravo, bravo. El de barbita decía: ¡esto tendríamos que haberlo hecho hace años! Nadie habló de llamar a la empresa. Nadie habló de poner otra corneta. Ahora sólo queda un vacío. La calle en silencio. Los pájaros que vuelven.
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