La apertura a otros mundos siempre trae otras palabras. Voy saltando de un link a otro y caigo en blogs nuevos. Qué lindo que la gente no se haya olvidado de escribir.
En estos días el tiempo pasa más lento. Duermo más. Nos levantamos juntos porque es sábado y desayunamos mirando el jardín. Escucho su risa generosa y me olvido de que estábamos tristes. La rutina vuelve a danzar a nuestros pies.
El gato duerme en su almohadón. Ya es hora de cosechar los limones. Los labios se paspan porque Winter is coming. Lo bueno es que los limones ya pueden madurar tranquilos. Hacemos sopas para calentarnos el cuerpo, el horno encendido ya tiene calabazas, papas, ajíes, cebollas y un pollo.
Un pollo siempre es honesto, dice él.
El aroma del almuerzo inminente me obliga a dejar de escribir.
sábado, 13 de junio de 2015
viernes, 12 de junio de 2015
Cuando hace frío
Cuando hace frío, el mate de la mañana sabe mejor.
Cuando hace frío, abrazar al gato es más necesario.
Cuando hace frío, toda la lana acumulada en los placares empieza a cobrar sentido.
Cuando hace frío, los pensamientos sobrevuelan más despacio y eso me calma.
Cuando hace frío, el dolor se anestesia y se va a dormir.
Cuando hace frío, todo parece querer irse a dormir.
Cuando hace frío, los sueños se hacen más vívidos.
Cuando hace frío, los abrazos se dan mejor.
Cuando hace frío, siempre queda el calor de un hogar al que volver.
Cuando hace frío, abrazar al gato es más necesario.
Cuando hace frío, toda la lana acumulada en los placares empieza a cobrar sentido.
Cuando hace frío, los pensamientos sobrevuelan más despacio y eso me calma.
Cuando hace frío, el dolor se anestesia y se va a dormir.
Cuando hace frío, todo parece querer irse a dormir.
Cuando hace frío, los sueños se hacen más vívidos.
Cuando hace frío, los abrazos se dan mejor.
Cuando hace frío, siempre queda el calor de un hogar al que volver.
martes, 9 de junio de 2015
Cuando lo que mueve es el amor
¿Me fui? ¿Volví? ¿Hice 2500 km en tres días? El Este se unió con el Oeste y viceversa.
Y si bien amé esos cielos azules, el otoño de Mendoza, la tibieza del sol inundando los viñedos, pisar la tierra cordillerana, yo extrañaba mi casa.
Qué animales raros que somos los seres humanos.
Pienso en El Sosneado, lugar que no significaba nada y ahora significa familia.
Pienso en el sol que compartimos, las noches, la Vía Láctea brillando, el viento metiéndose en el pelo, los olores, los sabores, los labios de él, el vino calentando el corazón, un brindis por la vida, los abrazos de todos, el deseo, el dolor fluyendo, saliendo afuera, supurando, dando lugar a algo nuevo.
Y me estremezco mientras escribo este intenso paréntesis en la vida de cada uno de los que se embarcaron en esta despedida.
Qué hermosas son las familias cuando las mueve el amor.
Y gracias por hacerme parte de esto.
Y si bien amé esos cielos azules, el otoño de Mendoza, la tibieza del sol inundando los viñedos, pisar la tierra cordillerana, yo extrañaba mi casa.
Qué animales raros que somos los seres humanos.
Pienso en El Sosneado, lugar que no significaba nada y ahora significa familia.
Pienso en el sol que compartimos, las noches, la Vía Láctea brillando, el viento metiéndose en el pelo, los olores, los sabores, los labios de él, el vino calentando el corazón, un brindis por la vida, los abrazos de todos, el deseo, el dolor fluyendo, saliendo afuera, supurando, dando lugar a algo nuevo.
Y me estremezco mientras escribo este intenso paréntesis en la vida de cada uno de los que se embarcaron en esta despedida.
Qué hermosas son las familias cuando las mueve el amor.
Y gracias por hacerme parte de esto.
domingo, 7 de junio de 2015
La vuelta
Afuera el frío muerde la nariz.
Nos calentamos con una taza de té y pan de ayer tostado. Alguien trajo
un pote de miel deliciosa. Me la como a cucharadas junto con el pan.
Cuando voy a cargar el auto me encuentro con este paisaje:
Esta vez elegimos otra ruta. Mendoza, San Luis, La Pampa, Buenos Aires. Lo bueno es que ya no hay niebla como a la ida.
Salimos en caravana con el sol levantándose. Esta vez sólo somos dos autos. Los demás saldrán un poco más tarde.
Nos quedan nuevamente unos 1000 km por atravesar. Paramos menos, vamos más directo. Cada provincia que pasamos se siente como un triunfo.
Y va atardeciendo...
Volver a casa siempre es más rápido. Y, esta vez, con la satisfacción del trabajo cumplido. Volvemos más livianos y confiados.
Cuando voy a cargar el auto me encuentro con este paisaje:
Esta vez elegimos otra ruta. Mendoza, San Luis, La Pampa, Buenos Aires. Lo bueno es que ya no hay niebla como a la ida.
Salimos en caravana con el sol levantándose. Esta vez sólo somos dos autos. Los demás saldrán un poco más tarde.
Nos quedan nuevamente unos 1000 km por atravesar. Paramos menos, vamos más directo. Cada provincia que pasamos se siente como un triunfo.
Y va atardeciendo...
Volver a casa siempre es más rápido. Y, esta vez, con la satisfacción del trabajo cumplido. Volvemos más livianos y confiados.
sábado, 6 de junio de 2015
La despedida
Para quienes caminan hay caminos. Pero para quienes pasaron a otro plano, sólo resta volar y ascender.
No importa si creés o no creés. Con el viento, el aire, el amor pero hay que volar.
Ese mismo día, luego de esperar a los que faltaban y un opíparo almuerzo, nos encaminamos a la ruta 40 para hacer lo que habíamos venido a hacer.
Para entonces ya éramos 17. Cuatro autos en caravana yendo hacia la cordillera.
Primero se veía la precordillera bajita y más allá las montañas más altas con la cumbres nevadas.
Pasamos las Salinas del Diamante y el camino se iba haciendo más ventoso y más difícil.
Paramos algunas veces para decidir donde sería hasta que llegamos a El Sosneado, un paraje en el medio de tanto desierto.
El cartel de la ruta 40 se alzaba imponente. Buscamos un claro donde la ruta se hacía de ripio, paralela a la cordillera. Y con el viento azotándonos formamos un pequeño círculo. Entre todos hicimos un pequeño montículo con piedras y en el centro encendimos una pequeña vela. Se dijeron palabras hermosas que brotaron de lo más sentido del alma. Hubo agradecimiento por poder estar ahí, por acompañar y ayudar a desanudar el duelo de los vivos.
Y luego el rito de las manos que, de a puñados, ayudaron a esparcir las cenizas.
El viento de la cordillera terminó de hacer el trabajo.
Attraversiamo
Al principio éramos 13. Y los 13 "cruzamos" la Argentina. Llegamos de noche, luego de mil rodeos, luego de ir y venir varias veces por unos puentes rojos. Como si la propia confusión fuera también una forma de realizar este viaje tan necesario.
Llegamos a una casa del 1900 rodeada de viñedos. Una casa sólida de paredes gruesas y postigos que protegían las altas ventanas.
Y comimos lo que había porque no encontramos la forma de prender el gas. Prendimos un fuego para calentar la casa. Y entre todos juntamos unos pedazos de queso y sobras que habían quedado del mediodía. Calentamos agua con una jarra eléctrica para hacer sopas instantáneas y tomamos un poco del vino que habíamos traído.
Afuera las estrellas punteaban su brillo en el cielo oscuro.
Dormimos con el aire de campo envolviéndonos en dulce vaivén.
Y el día siguiente, nos recibió el increíble sol de Mendoza.
viernes, 5 de junio de 2015
En busca del sol
Primer viernes de junio. Es de madrugada. Buenos Aires comienza a sumergirse en la niebla. Nosotros partimos junto a la caravana de autos rumbo a Mendoza. Son mil kilómetros que recorreremos en un sólo día. Los duelos a veces nos hacen hacer estas cosas. Necesitamos recorrer distancias, buscar horizontes, una nueva respiración. Vamos del este al oeste. De un clima extremadamente húmedo a un clima esencialmente seco. En la ruta la niebla sólo nos permite focalizar en lo escencial: el camino. Lo demás está cegado. Cruzaremos la Argentina. Atravezaremos por varias provincias: Santa Fé, Córdoba, San Luis, Mendoza. Y en todas ellas, el camino es lo único que nos une. Allá nos espera la noche, una casa, viñedos y una misión que cumplir. ¿Qué mueve todo esto? El amor de una familia.
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| Ruta con niebla. Foto de Sofía Ardisana. |
martes, 2 de junio de 2015
Toro mojado
Caminando con Hans por las calles de Olivos. Volviendo de un asado y una merienda.
Hans -No creo para nada en la astrología.
Yo -Y, sin embargo, yo cuando leo las características de Tauro siento que muchas de ellas concuerdan con vos.
Hans -Eso es porque si nombro mil características, ¡seguro que algunas van a coincidir conmigo!
Yo -No, no, en serio, algunas son muy específicas, por ejemplo a vos te encantan los baños de inmersión, ¿no? Eso es porque sos de tauro.
Hans -Sí, sí, claro, ahora en un rato, cuando lleguemos a casa, voy a remojar mi tauridad en nuestra bañera.
Hans -No creo para nada en la astrología.
Yo -Y, sin embargo, yo cuando leo las características de Tauro siento que muchas de ellas concuerdan con vos.
Hans -Eso es porque si nombro mil características, ¡seguro que algunas van a coincidir conmigo!
Yo -No, no, en serio, algunas son muy específicas, por ejemplo a vos te encantan los baños de inmersión, ¿no? Eso es porque sos de tauro.
Hans -Sí, sí, claro, ahora en un rato, cuando lleguemos a casa, voy a remojar mi tauridad en nuestra bañera.
domingo, 31 de mayo de 2015
El juego de la vida
Hans- ¿Vos tenías el juego de la vida?
Yo- Sí, claro, nos encantaba jugarlo con mis primos.
Hans- Si eras médico ganábamos un montón, si eras maestro ganabas menos. Si eras pobre, filosofabas.
Yo- ¡Sí! Y me acuerdo que te podías casar, tener hijitos...
Hans -"Se casa, recibe regalos". "Tiene un hijo, recibe regalos".
Yo - ¡Tal cual! ¡Era así!
Hans- "Millonario, se retira con estilo".
Yo- ¡Dios! ¡Qué juego capitalista!
Hans- Era el juego más capitalista de la existencia.
Yo- Ahora que me acuerdo el nuestro estaba medio fallado. Se le trababa la ruedita.
Hans -¿Cómo se trababa la ruedita?
Yo - ¿Viste que había que girar una ruedita? Bueno, la nuestra estaba media trabada.
Hans- ¿O sea que las partidas duraban seis meses? Giro rueda...uno; giro rueda...uno; giro rueda...uno
Yo -Ahora que lo pienso aún no me casé, ni tuve hijitos y me recibí de una carrera universitaria que no tiene ningún valor monetario.
Hans- Ahora entiendo todo.
Yo- ¿Qué?
Hans- Giro rueda...uno.
Yo- Es horrible lo que estás diciendo.
Hans -No, ese juego era horrible. Te programaba para ser banquero, casarte y tener hijos. ¡Con razón la ruedita se te trababa!
Yo- Sí, claro, nos encantaba jugarlo con mis primos.
Hans- Si eras médico ganábamos un montón, si eras maestro ganabas menos. Si eras pobre, filosofabas.
Yo- ¡Sí! Y me acuerdo que te podías casar, tener hijitos...
Hans -"Se casa, recibe regalos". "Tiene un hijo, recibe regalos".
Yo - ¡Tal cual! ¡Era así!
Hans- "Millonario, se retira con estilo".
Yo- ¡Dios! ¡Qué juego capitalista!
Hans- Era el juego más capitalista de la existencia.
Yo- Ahora que me acuerdo el nuestro estaba medio fallado. Se le trababa la ruedita.
Hans -¿Cómo se trababa la ruedita?
Yo - ¿Viste que había que girar una ruedita? Bueno, la nuestra estaba media trabada.
Hans- ¿O sea que las partidas duraban seis meses? Giro rueda...uno; giro rueda...uno; giro rueda...uno
Yo -Ahora que lo pienso aún no me casé, ni tuve hijitos y me recibí de una carrera universitaria que no tiene ningún valor monetario.
Hans- Ahora entiendo todo.
Yo- ¿Qué?
Hans- Giro rueda...uno.
Yo- Es horrible lo que estás diciendo.
Hans -No, ese juego era horrible. Te programaba para ser banquero, casarte y tener hijos. ¡Con razón la ruedita se te trababa!
jueves, 21 de mayo de 2015
Un respiro
Hay cosas de las que no me arrepiento para nada. Lo haría de nuevo de ser necesario.
Pero quizás es mejor descansar.
Me siento completa en mí misma. Imperfecta y completa.
Y, sin embargo, el espacio.
Es momento de hacer espacios que signifiquen. Que no sean vanos.
Que no sean en vano.
Hay cosas que ya no tendré. Por ejemplo,
no seré
una madre a los 28 años
como alguna vez me soñé.
(Pero ya no importa.)
Hoy tengo 38 años que me hicieron ser la persona que soy.
Tampoco tendré hijos
como alguna vez me imaginé.
(¿De verdad me imaginé eso?
¿Cuánto había de deseo,
cuánto de fantasía?).
Yo puedo llorar a mis antepasados tranquila.
Puedo honrarlos. En eso estamos mano a mano
la vida y yo.
Y también puedo mirar hacia el futuro.
Además, estoy sana.
Mis células son un torrente de amor y luz.
Algo hay que hacer con toda esta salud.
Manos a la obra.
Mi cuerpo se la bancó tanto.
Gracias, genio, gracias, gracias. Cómo te voy a mimar ahora.
Es hora de darnos un respiro. Vos y yo.
Hora de ser feliz.
Y de que "la hora de los intentos" sea otra.
Pero quizás es mejor descansar.
Me siento completa en mí misma. Imperfecta y completa.
Y, sin embargo, el espacio.
Es momento de hacer espacios que signifiquen. Que no sean vanos.
Que no sean en vano.
Hay cosas que ya no tendré. Por ejemplo,
no seré
una madre a los 28 años
como alguna vez me soñé.
(Pero ya no importa.)
Hoy tengo 38 años que me hicieron ser la persona que soy.
Tampoco tendré hijos
como alguna vez me imaginé.
(¿De verdad me imaginé eso?
¿Cuánto había de deseo,
cuánto de fantasía?).
Yo puedo llorar a mis antepasados tranquila.
Puedo honrarlos. En eso estamos mano a mano
la vida y yo.
Y también puedo mirar hacia el futuro.
Además, estoy sana.
Mis células son un torrente de amor y luz.
Algo hay que hacer con toda esta salud.
Manos a la obra.
Mi cuerpo se la bancó tanto.
Gracias, genio, gracias, gracias. Cómo te voy a mimar ahora.
Es hora de darnos un respiro. Vos y yo.
Hora de ser feliz.
Y de que "la hora de los intentos" sea otra.
sábado, 16 de mayo de 2015
Ya no viene nadie
Como acá ya no viene nadie puedo escribir cualquier cosa. Por ejemplo que soñé con G y que se volvía a morir su mamá y yo en el sueño lo abrazaba y le decía que lo quería mucho y bla bla bla. Un sueño bien añejo. Lo más terrible es que pasó así. Se le murió su mamá y yo me quedé ahí abrazándolo.
Me pregunto por qué justo ahora vengo a soñar con eso tan viejo y que ha quedado tan atrás. Por qué mi mente a veces se empeña en traerme estos temitas. Si a G no lo veo más y la mamá se murió bien muerta y ni las cenizas porque las tiramos al agua hace muchos años ya.
Bueno, no sé por qué se me da por soñar con muertos últimamente.
Me pregunto por qué justo ahora vengo a soñar con eso tan viejo y que ha quedado tan atrás. Por qué mi mente a veces se empeña en traerme estos temitas. Si a G no lo veo más y la mamá se murió bien muerta y ni las cenizas porque las tiramos al agua hace muchos años ya.
Bueno, no sé por qué se me da por soñar con muertos últimamente.
domingo, 10 de mayo de 2015
Sendak (1928-2012)
Yo no escribo para chicos. Yo escribo. Y alguien más dice: “Esto es para chicos”.
Nunca me propuse hacer felices a los niños. O mejorarles la vida, o hacérselas más fácil. No me gustan mucho, así como no me gustan mucho los adultos. Bueno, para ser sincero debería decir que me gustan un poco más los chicos que los adultos, porque los adultos no me gustan para nada.
Firmar ejemplares es horrible, estúpido, no significa nada. Y a mí ni siquiera me sirve para seducir a las madres bonitas de los niños lectores, porque soy gay.
El estado de la literatura infantil actual es abismal. Catastrófico. Una de las razones para que así sea es que hay demasiados libros para chicos.
Somos animales, violentos, criminales. No somos tan diferentes de los simios, esas hermosas criaturas. Y se supone que debemos ser civilizados, ir a trabajar todos los días, ser amables con nuestros amigos, enviar tarjetas de Navidad, todas esas cosas que nos perturban profundamente porque están en contra de lo que haríamos naturalmente.
Elegí un género muy modesto, la literatura infantil, y me escondí en este género para poder expresarme plenamente en él. Lo elegí por timidez y estiré sus límites todo lo posible.
No escribí Donde viven los monstruos por dinero. En los años ‘50, los libros para chicos eran el último peldaño del mundo literario. No creo que Madonna hubiese escrito un libro para chicos en los ‘50.
Nací en 1928. Y lo que más recuerdo de mi infancia es el secuestro del bebé Lindbergh. Cuando sucedió yo tenía tres años y medio y me acuerdo de todo. Recuerdo la voz de su madre en la radio, pidiéndoles a los secuestradores que usaran Vick para el catarro del bebé. Yo tenía miedo de que me secuestraran y tenía miedo de morir. Era un chico enfermizo y mis padres no eran discretos emocionalmente: siempre creían que iba a morirme y lloraban cuando tenía fiebre. Supe que era mortal desde muy joven. Con el bebé Lindbergh hice un asociación muy rara. Pensé que este bebé no podía morir porque era rubio y rico, vivía en una mansión, su madre era la princesa del universo y su padre un capitán. No podía soportar que ese chico muriera. Mi propia vida dependía de que él fuera rescatado, porque si ese chico se moría, yo no tenía ninguna oportunidad: yo era pobre, feo, hijo de inmigrantes. Y cuando el bebé fue hallado muerto, algo fundamental murió dentro de mí. O, quizás, algo nació: mis historias, estas sombras que están en la vida de los chicos que no son felices ni tienen con quién hablar.
Los chicos tienen que saber que hay cosas malas. También tienen que saber que hay gente a su alrededor que los ama y los va a proteger, pero que no pueden detener las cosas malas.
Los chicos son valientes porque son inocentes. Tienen la enorme inocencia de no saber que el mundo puede ser un lugar tan malvado.
No nos podemos deshacer del mal. No podemos, lo siento internamente. Y hay tanta estupidez en el mundo que no queda coraje. Estoy perdiendo la esperanza. Y no quiero que eso me pase. Vivo cada día. Estoy bastante bien. Trabajo. Duermo. Canto. Camino. Pero estoy perdiendo la esperanza.
Estoy obsesionado con la muerte. Me parece una aventura. Peter Pan lo dijo. Curioso que lo cite, porque no me gusta J. M. Barrie. Detesto cómo ha sentimentalizado a los chicos, cómo los ha hecho bonitos y encantadores. Pero si uno mira el corazón de Peter Pan, es un chico obsesionado con la muerte, con miedo de vivir. Si uno le saca las estupideces de Hook y la musiquita, es una historia muy extraña.
Cuando iba a preescolar y tenía seis años, estaba jugando con mi amigo Lloyd en un callejón entre edificios de departamentos en Brooklyn. Eran los lugares más seguros para jugar. Jugábamos a la pelota. En un momento la tiré muy alto y él trató de alcanzarla pero no pudo y la pelota se fue a la calle. Y él hizo lo que siempre nos decían que no hiciéramos, correr del callejón a la calle: era peligroso porque los autos no podían verte salir de ahí. No me acuerdo del auto, pero me acuerdo de Lloyd volando. Cuando cayó, ya estaba muerto. Murió en el instante en que fue atropellado. Y, desde entonces, noto que en mis historias muchos de los personajes niños vuelan.
No sé cómo controlar mis demonios. Cuando me pongo muy ansioso leo a Melville, William Blake y Emily Dickinson. Cuando los leo, siento que la vida tiene un propósito. Lo mismo me sucede cuando escucho a Mozart. Es en lo único en que creo, en lo que tengo fe: en el arte. Melville es, para mí, un dios.
Siempre me sorprendió mi éxito y no soy un cínico. Dejar un legado es reconfortante. Pero no entiendo cuando la gente me dice “Cómo podés estar deprimido, Maurice, si tus libros van a vivir para siempre”. Bueno, pero yo no voy a vivir para siempre. A quién le importa la vida de los libros. Lo que me importa es mi vida, desde este momento hasta el de mi muerte. Si voy a poder trabajar y ser independiente.
Ser joven fue horrible. Una pérdida de tiempo. Fui muy infeliz. Cuando la gente me pregunta a qué edad querría volver, les digo sinceramente que a los 68 o 69.
La mayoría de mis libros están relacionados con el Holocausto. No de una manera obvia, pero el tema está siempre ahí. Toda mi vida es el Holocausto. Mis padres vinieron de Europa por casualidad, a buscar trabajo, mucho antes de que existiera el nazismo; conocían, claro, el antisemitismo, pero estaban acostumbrados. Es un milagro que yo haya nacido en Estados Unidos y que sobreviviera.
La niñez es una etapa. En Donde viven los monstruos o El Mago de Oz se habla de eso: de no ser un chico para siempre y de reconocer que la infancia es un momento de la vida. Un libro infantil no debe tratar de convencer a los chicos de que son chicos. Hay cosas que no saben y el punto es compartir lo que uno sí sabe con ellos, como adulto.
La gente me pregunta por qué no hago Donde viven los monstruos. Parte 2. Los mando a la mierda. Qué idea terrible. Yo no soy una puta.
Me criaron para que sintiera culpa. Cuando no quería cenar porque mi madre era una cocinera horrible, ella me gritaba: “¡Pensá en tu primo que no puede comer porque murió en un campo de concentración y antes, además, lo habían casi matado de hambre!”. Yo odiaba a todos esos niños muertos en el Holocausto.
Si hubiera tenido un hogar feliz, no hubiese sido un artista. Mis padres vivieron vidas desesperadas; mi hermano y yo fuimos crueles con ellos. Especialmente con mi madre. Pero no entendíamos. Eramos chicos. No sabíamos que ella estaba loca.
Mi pareja, Eugene, y yo nunca pensamos en adoptar. Yo soy demasiado disfuncional. Siempre supe que le arruinaría la cabeza a una criatura.
Estoy totalmente loco, lo sé. No lo digo para hacerme el interesante: sé que por eso mi trabajo es bueno, porque viene de un lugar de locura. Jamás pequé de falsa modestia.
Nunca me propuse hacer felices a los niños. O mejorarles la vida, o hacérselas más fácil. No me gustan mucho, así como no me gustan mucho los adultos. Bueno, para ser sincero debería decir que me gustan un poco más los chicos que los adultos, porque los adultos no me gustan para nada.
Firmar ejemplares es horrible, estúpido, no significa nada. Y a mí ni siquiera me sirve para seducir a las madres bonitas de los niños lectores, porque soy gay.
El estado de la literatura infantil actual es abismal. Catastrófico. Una de las razones para que así sea es que hay demasiados libros para chicos.
Somos animales, violentos, criminales. No somos tan diferentes de los simios, esas hermosas criaturas. Y se supone que debemos ser civilizados, ir a trabajar todos los días, ser amables con nuestros amigos, enviar tarjetas de Navidad, todas esas cosas que nos perturban profundamente porque están en contra de lo que haríamos naturalmente.
Elegí un género muy modesto, la literatura infantil, y me escondí en este género para poder expresarme plenamente en él. Lo elegí por timidez y estiré sus límites todo lo posible.
No escribí Donde viven los monstruos por dinero. En los años ‘50, los libros para chicos eran el último peldaño del mundo literario. No creo que Madonna hubiese escrito un libro para chicos en los ‘50.
Nací en 1928. Y lo que más recuerdo de mi infancia es el secuestro del bebé Lindbergh. Cuando sucedió yo tenía tres años y medio y me acuerdo de todo. Recuerdo la voz de su madre en la radio, pidiéndoles a los secuestradores que usaran Vick para el catarro del bebé. Yo tenía miedo de que me secuestraran y tenía miedo de morir. Era un chico enfermizo y mis padres no eran discretos emocionalmente: siempre creían que iba a morirme y lloraban cuando tenía fiebre. Supe que era mortal desde muy joven. Con el bebé Lindbergh hice un asociación muy rara. Pensé que este bebé no podía morir porque era rubio y rico, vivía en una mansión, su madre era la princesa del universo y su padre un capitán. No podía soportar que ese chico muriera. Mi propia vida dependía de que él fuera rescatado, porque si ese chico se moría, yo no tenía ninguna oportunidad: yo era pobre, feo, hijo de inmigrantes. Y cuando el bebé fue hallado muerto, algo fundamental murió dentro de mí. O, quizás, algo nació: mis historias, estas sombras que están en la vida de los chicos que no son felices ni tienen con quién hablar.
Los chicos tienen que saber que hay cosas malas. También tienen que saber que hay gente a su alrededor que los ama y los va a proteger, pero que no pueden detener las cosas malas.
Los chicos son valientes porque son inocentes. Tienen la enorme inocencia de no saber que el mundo puede ser un lugar tan malvado.
No nos podemos deshacer del mal. No podemos, lo siento internamente. Y hay tanta estupidez en el mundo que no queda coraje. Estoy perdiendo la esperanza. Y no quiero que eso me pase. Vivo cada día. Estoy bastante bien. Trabajo. Duermo. Canto. Camino. Pero estoy perdiendo la esperanza.
Estoy obsesionado con la muerte. Me parece una aventura. Peter Pan lo dijo. Curioso que lo cite, porque no me gusta J. M. Barrie. Detesto cómo ha sentimentalizado a los chicos, cómo los ha hecho bonitos y encantadores. Pero si uno mira el corazón de Peter Pan, es un chico obsesionado con la muerte, con miedo de vivir. Si uno le saca las estupideces de Hook y la musiquita, es una historia muy extraña.
Cuando iba a preescolar y tenía seis años, estaba jugando con mi amigo Lloyd en un callejón entre edificios de departamentos en Brooklyn. Eran los lugares más seguros para jugar. Jugábamos a la pelota. En un momento la tiré muy alto y él trató de alcanzarla pero no pudo y la pelota se fue a la calle. Y él hizo lo que siempre nos decían que no hiciéramos, correr del callejón a la calle: era peligroso porque los autos no podían verte salir de ahí. No me acuerdo del auto, pero me acuerdo de Lloyd volando. Cuando cayó, ya estaba muerto. Murió en el instante en que fue atropellado. Y, desde entonces, noto que en mis historias muchos de los personajes niños vuelan.
No sé cómo controlar mis demonios. Cuando me pongo muy ansioso leo a Melville, William Blake y Emily Dickinson. Cuando los leo, siento que la vida tiene un propósito. Lo mismo me sucede cuando escucho a Mozart. Es en lo único en que creo, en lo que tengo fe: en el arte. Melville es, para mí, un dios.
Siempre me sorprendió mi éxito y no soy un cínico. Dejar un legado es reconfortante. Pero no entiendo cuando la gente me dice “Cómo podés estar deprimido, Maurice, si tus libros van a vivir para siempre”. Bueno, pero yo no voy a vivir para siempre. A quién le importa la vida de los libros. Lo que me importa es mi vida, desde este momento hasta el de mi muerte. Si voy a poder trabajar y ser independiente.
Ser joven fue horrible. Una pérdida de tiempo. Fui muy infeliz. Cuando la gente me pregunta a qué edad querría volver, les digo sinceramente que a los 68 o 69.
La mayoría de mis libros están relacionados con el Holocausto. No de una manera obvia, pero el tema está siempre ahí. Toda mi vida es el Holocausto. Mis padres vinieron de Europa por casualidad, a buscar trabajo, mucho antes de que existiera el nazismo; conocían, claro, el antisemitismo, pero estaban acostumbrados. Es un milagro que yo haya nacido en Estados Unidos y que sobreviviera.
La niñez es una etapa. En Donde viven los monstruos o El Mago de Oz se habla de eso: de no ser un chico para siempre y de reconocer que la infancia es un momento de la vida. Un libro infantil no debe tratar de convencer a los chicos de que son chicos. Hay cosas que no saben y el punto es compartir lo que uno sí sabe con ellos, como adulto.
La gente me pregunta por qué no hago Donde viven los monstruos. Parte 2. Los mando a la mierda. Qué idea terrible. Yo no soy una puta.
Me criaron para que sintiera culpa. Cuando no quería cenar porque mi madre era una cocinera horrible, ella me gritaba: “¡Pensá en tu primo que no puede comer porque murió en un campo de concentración y antes, además, lo habían casi matado de hambre!”. Yo odiaba a todos esos niños muertos en el Holocausto.
Si hubiera tenido un hogar feliz, no hubiese sido un artista. Mis padres vivieron vidas desesperadas; mi hermano y yo fuimos crueles con ellos. Especialmente con mi madre. Pero no entendíamos. Eramos chicos. No sabíamos que ella estaba loca.
Mi pareja, Eugene, y yo nunca pensamos en adoptar. Yo soy demasiado disfuncional. Siempre supe que le arruinaría la cabeza a una criatura.
Estoy totalmente loco, lo sé. No lo digo para hacerme el interesante: sé que por eso mi trabajo es bueno, porque viene de un lugar de locura. Jamás pequé de falsa modestia.
Maurice Sendak fue
uno de los autores más extraordinarios en pintar el paisaje emocional de
la infancia: sus libros, en general considerados para niños por unir de
manera muy sintética e imaginativa sus dibujos y las palabras, saben
llevar a ese lugar al que sólo puede ir la inteligencia de un chico,
donde lo terrorífico, la inocencia y el amor bailan una danza juguetona y
macabra a la vez. Hace un par de años, Spike Jonze adaptó
impecablemente para el cine su clásico Donde viven los monstruos, de
1963.
martes, 21 de abril de 2015
Si pudieras olvidar tu mente
Esto fue lo que pasó. Olvidé mi mente ante su ser (y su mano bajando por mi espalda una noche de febrero). Mi mente se fundió en el calor universal del amor. Olvidé mi mente frente a este amor que vivo desde hace seis años. Olvidé mi mente porque ya estaba harta de mi mente. Mi mente se la pasaba diciéndome cosas como: "esto te conviene, esto no te conviene".
Hans no me convenía, decía mi mente. Bajo ningún concepto. Mi mente odiaba a Hans. Mi mente le habría hecho la guerra a Hans. Y vencer a mi mente... te la regalo. Pero él pudo. La derritió en un santiamén. Un buen revolcón y la ternura derramada.
A veces mi mente viene y me dice: qué bien que hiciste, menos mal que no me hiciste caso.
Y yo me sonrío. Sonrío mucho.
Hans no me convenía, decía mi mente. Bajo ningún concepto. Mi mente odiaba a Hans. Mi mente le habría hecho la guerra a Hans. Y vencer a mi mente... te la regalo. Pero él pudo. La derritió en un santiamén. Un buen revolcón y la ternura derramada.
A veces mi mente viene y me dice: qué bien que hiciste, menos mal que no me hiciste caso.
Y yo me sonrío. Sonrío mucho.
martes, 17 de marzo de 2015
Intención
-¿Entonces debo intencionadamente abandonar la intención?
-No sé que responderle, nadie jamás me ha hecho semejante pregunta.
-No sé que responderle, nadie jamás me ha hecho semejante pregunta.
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