Estoy leyendo los diarios de Virginia Woolf. Ando por el año 1926 cuando aún tramaba la escritura de
Al faro, novela que quise leer este verano pero me ganaron otros libros antes y no llegué. Siempre me fascinaron los diarios, por eso tal vez escribo este blog desde el año 2004 y nunca pude ponerle un punto final.
Hay algo de la época, supongo. Todos escribían diarios. Pero un diario de escritor se aprecia mucho más. De hecho, creo que Byatt en su libro
Posession da cuenta bastante bien de este arte.
Pero hay algo fascinante en Virginia. El año pasado, para mi cumpleaños, Nico me regaló la bibliografía de ella escrita por Irene Chikiar Bauer. Libro que me cautivó hasta cierto punto y luego tuve que dejarlo. Me pasaba que con cada capítulo deseaba releer a Virginia. Sus libros, sus diarios, sus lecturas, sus cartas.
Hay algo en toda esta escritura íntima que disfruto muchísimo. Me gusta que sus pequeños relatos sobre su vida no se basen en
hechos de su vida sino en apreciaciones, sentimientos, sensaciones que la pluma intenta plasmar en un cuaderno. A veces de tan intensas estas sensaciones se escapan. Pero es ese intento el que vale la pena.
Y por otro lado ese preguntarse por su escritura, por lo que es literatura.
En estos días nublados, zambullirse en este magma de escritura me llena de un placer indescriptible. Las horas pasan y las hojas viran hacia lo transparente.
No me arrepiento de haber arrojado la fuego todos mis diarios. Pero en alguna parte algo de melancolía hay. Aunque guardo mecanografiadas algunas partes. ¿Por qué será que hago eso? ¿Qué creo que encontraré allí?
Sigo escribiendo este blog hasta que blogspot me deje. ¿Y luego? ¿Qué sucederá? Escribo como si la gran nube internética fuera a existir para siempre.
Es raro.