27 de marzo de 2013

Romper el mito

Transcribo unos fragmentos del libro El mito vegetariano de Lierre Keith, recientemente traducido al español. Se consigue en pocas librerías, entre ellas "La Boutique del libro de San Isidro" (por si a alguno le interesa tenerlo). Me parecieron muy fecundos y hasta necesarios los interrogantes que se plantean en el libro. Pueden también mirar esta página donde encontrarán más fragmentos interesantes: www.elmitovegetariano.com



Este no fue un libro fácil de escribir. Para muchos de ustedes, no será fácil de leer. Lo sé. Fui vegana durante casi veinte años. Sé qué razones me impulsaron a practicar una dieta extrema y sé que eran honorables, nobles, incluso. Razones como la justicia, la compasión y un anhelo desesperado y generalizado de arreglar el mundo. Salvar el planeta; los últimos árboles, testigos de edades, los remanentes de naturaleza, que siguen nutriendo a especies que, con sus plumas y pieles, se van en silencio. Proteger a los vulnerables, a los que no tienen voz. Alimentar a los hambrientos. Como mínimo, negarse a participar del horror de la cría industrializada.

Estas pasiones políticas nacieron de un hambre tan profundo que linda con lo espiritual. O para mí así fue, así sigue siendo. Quiero que mi vida sea un grito de batalla, una zona de guerra, una flecha apuntada y lanzada al corazón de la dominación: el patriarcado, el imperialismo, la industrialización, todo sistema de poder y de sadismo. Si la imaginería marcial te desagrada, puedo decirlo de otra manera. Quiero que mi vida —mi cuerpo— sea un lugar donde la tierra sea amada, no devorada; donde no haya lugar para el sádico; donde la violencia se detenga. Y quiero que el comer —lo primero entre aquello que nos nutre— sea un acto que ayude a vivir, no a matar.

Este libro fue escrito para exponer esas pasiones, ese hambre. No es un intento de mofarse del concepto de los derechos del animal o de burlarse de aquellos que quieren un mundo más amable. Es un intento de honrar nuestros más profundos anhelos de un mundo mejor. Y esos anhelos —de compasión, de sustentabilidad, de una distribución equitativa de los recursos— no pueden ser llevados a cabo mediante la filosofía o la práctica del vegetarianismo. Se nos ha hecho errar el camino. Los flautistas de Hamelín del vegetarianismo tienen las mejores intenciones. Afirmo ahora lo que repetiré más adelante: todo lo que dicen acerca de la crianza industrializada de animales para consumo humano es cierto. Es cruel, dispendiosa y destructiva. En este libro no hay nada que excuse ni defienda las prácticas de producción industrial de alimento en ningún nivel.

Pero el primer error de estos teóricos es dar por sentado que la cría industrializada —una práctica que apenas si lleva cincuenta años— es la única manera de criar animales. Sus cálculos acerca de la energía que aquella emplea, las calorías que consume, los humanos a los que priva de alimentos, se basan en el postulado de que los animales comen grano.
Se puede alimentar a los animales con granos, pero esa no es la dieta para la que fueron diseñados. Los cereales no existieron hasta que los humanos domesticaron los pastos anuales hace, como mucho, 12 000 años; para entonces, los uros, progenitores silvestres de la vaca doméstica, ya existían desde hacía dos millones de años. Durante la mayor parte de la historia humana, los herbívoros no compitieron con nosotros. Comían lo que nosotros no podemos comer —celulosa— y lo transformaban en lo que sí podemos comer: proteína y grasa. Los granos aumentan de manera espectacular la tasa de crecimiento del ganado destinado al consumo (lo de “alimentado a grano” tiene su razón de ser) y la producción de leche de las vacas lecheras. Pero los granos también matan a estos animales. El delicado equilibro bacteriano del rumen de la vaca se acidifica y pudre. Los pollos sufren de degeneración grasa del hígado si se los alimenta solo a grano, y lo cierto es que no necesitan de granos para vivir. Y ovejas y cabras, también rumiantes, en realidad no deberían consumir cereales jamás.

Este malentendido nace de la ignorancia, una ignorancia que se manifiesta en todas las afirmaciones del mito vegetariano, desde las que hacen a la naturaleza de la agricultura hasta las vinculadas a la naturaleza de la vida. Somos producto de la urbe y de la industrialización y no conocemos el origen de lo que comemos. Esto incluye a los vegetarianos, por más que ellos lo nieguen. También me incluyó a mí durante veinte años. Todo aquel que comía carne vivía en estado de negación; solo yo enfrentaba los hechos. Es cierto que la mayor parte de las personas que comen carne producida industrialmente nunca se preguntan qué murió o cómo murió. Pero para ser franca, tampoco lo hacen la mayor parte de los vegetarianos.

La verdad es que la agricultura es la más destructiva de las cosas que los humanos han hecho con el planeta; más de lo mismo no nos va a salvar. La verdad es que la agricultura requiere de la destrucción generalizada de ecosistemas enteros. Y también es verdad que la vida sin muerte no es posible, que, comas lo que comas, alguien tiene que morir para que te alimentes.

Lo que quiero es una rendición de cuentas total, una rendición que vaya mucho más allá de tomar conciencia de aquello que, muerto, ocupa tu plato. Me pregunto por todo lo que murió en el proceso, por todo lo que fue matado para que ese alimento llegue a tu plato. Esa es la pregunta más radical, la única pregunta que permitirá llegar a la verdad. ¿Cuántos ríos fueron represados y drenados, cuántas praderas aradas, cuántos bosques talados, cuánta tierra fértil convertida en polvo y desaparecida como un fantasma? Quiero saber acerca de todas las especies —no solo de los individuos, sino la especie entera— del lince, del bisonte, de los gorriones nativos, de los lobos grises. Y no solo quiero saber cuántos murieron y se fueron. Quiero que regresen.

A pesar de lo que te dicen, y a pesar de la convicción de quienes lo dicen, comer porotos de soja no los traerá de vuelta. El 98 % de la pradera de los Estados Unidos ha desaparecido, reemplazada por monocultivos de granos anuales. En Canadá, la labranza ha destruido el 99 % del humus original. De hecho, la desaparición de la capa fértil “rivaliza con el calentamiento global en tanto amenaza ambiental”. Cuando el bosque pluvial desaparece para dar paso a la producción de carne, los progresistas se indignan, toman conciencia, boicotean. Pero nuestro apego al mito vegetariano nos deja incómodos, silenciosos y, en última instancia, inmóviles cuando el culpable es el trigo y la víctima la pradera. Para muchos, fue un artículo de fe creer que el vegetarianismo era el camino de la salvación para nosotros y para el planeta. ¿Cómo iba a ser posible que, al mismo tiempo, estuviera destruyendo a ambos?
Tenemos que estar dispuestos a enfrentar la respuesta. Lo que asoma entre las sombras de nuestra ignorancia y nuestro estado de negación es una crítica de la civilización misma. Puede que el punto de partida sea lo que comemos, pero el final es toda una forma de vida, el reparto del poder global, y una medida no pequeña de apego personal a estos.

2 comentarios:

Julián Torrado dijo...

Tengo un libro para pasarte! "La vegetariana" de Han Kang, una novelista koreana. En cuanto pueda paso x tu casa y te lo llevo.

Flor dijo...

Ah! Juli, sabés que justo lo vimos con Nico en una librería hace un par de meses y nos dio intriga. Pasate, dale.

¿La tierra que todo lo digiere?

Cuando comencé la compostera, allá por marzo de este año, lo hice con unas lombrices que me regalaron. No eran las Rojas Californianas ( Eis...