lunes, 12 de enero de 2026

Tierra de faraones

 Mañana viajo a la tierra de faraones. Otra historia, otro pueblo, otro idioma. Hay cosas que aún mi cerebro no procesa. Llevará un tiempo. Espero poder escribir sobre esto. Y sino... tampoco importa mucho. 

Mi papá está triste. Le pregunto si piensa en mamá. Me responde: todos los días.

-¿Y qué extrañas?

-Su valentía, su amor, su sufrimiento. 

-¿Su sufrimiento? ¿No te da alivio que ya no sufre?

-Sí, eso sí. 

Pero está triste aunque no lo dice. Se queda quieto, la mirada lejana. ¿En qué piensa? Hay que saber leer esta tristeza. Me lo dice con el cuerpo, con los ojos. Con el alma. 

Y este viaje es un poco eso también. Vamos a ver faraones porque ya no podemos verla a ella. 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Su playita

 En la playita recojo mis tesoros. Unas hojitas de coihue que me recuerdan el colchón de hojas que solíamos usar para hacer más mullido el piso de la carpa, un tronquito, unas hojitas de pino. Un perro me mira confiado. Tiene la cabeza cuadrada y el hocico muy húmedo. Huele mi mochila como buscando algo, seguramente reconoce el olor de mi gata que ha quedado en Buenos Aires.

Me pregunto si volveré a leer esto que escribo en un cuaderno liso. Si cuando lo haga estaré diferente. Este viaje ha sido un modo de reconocer lugares que me eran conocidos pero que hoy se ven diferentes. Mamá se me escurre entre la neblina del sueño y la vigilia. 
Dejo tres piedritas distintas al pie de su árbol. Una piedrita del lago Espejito y dos del lago Traful. Cada piedrita por lo que fuimos para ella. Un marido y dos hijos. Allí se quedan. 

Cuando vuelvo de la playita 
una parte de mi cerebro se apaga 
y una parte de mi corazón 
la llora. 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Traful

 "En mi escritura proyecto lo que quiero, lo que me obsesiona, más que en ningún otro lugar".

Amina Cain.

 Traful significa "junto a la unión". Pero eso lo aprendí hoy. La primera vez que visité este lago no sabía de nombres ni significados. Aún no sabía leer ni escribir. Eso sucedería unos meses después. El antes y el después de la mente letrada. Quizás por eso es tan importante este lago en mi vida y la experiencia que se imprimió en las huellas de mi alma. O quizás simplemente pude recordar algo que ya estaba en mi pero que no tenía nombre ni lugar. Traful significa junto a la unión. Es algo que aprendí hoy pero que a mis cinco años ya lo sabía como sabía muchas otras cosas. 

Eran los años ochenta. Mis padres tenían un Taunus color azul, un auto bajo y pesado. Con ese auto hicimos el camino imposible que nos llevaba a ese lago. No había nada por ese entonces. Solo nombres. Confluencia, Villa Traful. Quizás un poste, un correo, una casilla. Después era todo agua, rocas y árboles. Teníamos una carpa estructural naranja. Cacique. Mi hermano tenía sólo dos años. Yo tenía cinco pero iba a cumplir seis ese verano. Recordé el frío que hacía. Las manos siempre ateridas, la piel llena de tierra y carbón. No te mojes, me decía mi mamá, que es peor. Fue un verano lluvioso pero a veces salía el sol. Eran días claroscuros. 

Íbamos a unas playitas que quedaban cerca del camping. Para entrar al lago usábamos unas sandalias de goma porque el suelo estaba lleno de piedrones que te pinchaban. Podías resbalarte. Mi hermano era muy pequeño todavía pero había otros niños de otras familias que también acampaban. Los niños estaban bien pero me gustaba estar sola. Había una piedra un poco más adentro del lago. Me gustaba ir hacia esa piedra y quedarme allí. Le hablaba a la piedra, a veces la lavaba. Mi mente infantil se sentía a gusto allí. 

Durante ese verano en ninguna de las fotos que me sacó mi padre estoy con un libro. Estoy siempre rodeada de bosque. La naturaleza me hablaba y yo hablaba con ella. Era feliz. Me sentía protegida por alguien o por algo. Hasta que unas niñas del campamento me hablaron de Dios y también del Diablo. Fue el verano que conocí la palabra infierno. Yo nunca le había tenido miedo a la oscuridad. Esa noche volví a la carpa temblando. Unas palabras nuevas se habían introducido en mi mente. Palabras que aún no sabía cómo se escribían pero habían hecho nido en mi. Conceptos nuevos pero tan viejos como el mundo. Mi mamá algo intuyó y trató de suavizar la idea. Nada de eso existía, me dijo. Pero yo no le creí. Creo que fue la primera vez que no le creí a mi madre 

que siempre 

lo sabía 

todo. 


martes, 23 de diciembre de 2025

Bosque de a

 -Mamá nunca quiso ir al bosque de arrayanes. No le gustaba la idea de que sólo pudieras caminar por la pasarela. Le parecía muy artificial. 

En realidad, se puede caminar por el bosque siempre y cuando te registres en el Parque Nacional Los Arrayanes y pagues la entrada. Hay un sendero de 11 kilómetros que recorre la península de Quetrihue hasta llegar al punto donde están los arrayanes más viejos. Se tarda aproximadamente tres horas. Allí es donde se encuentra la pasarela y es el lugar a donde te deja el barco que sale desde la Angostura o Bariloche.

Nosotros estamos cerca de La Angostura así que decidimos embarcamos en el Caleu Caleu, un barquito pequeño pero muy pintoresco. El camino es hermoso y navegar estas aguas de un color verde-azul me nutre el alma. A medida que nos acercamos vamos descubriendo los picos de las montañas a lo lejos. Ese es el campana, me dice el capitán. Lo llaman así porque se parece a una campana, ¿o no?

Puede ser, puede ser.

Al llegar nos dan una hora para la caminata entre los árboles. Antes nos advierten que hay mucha sequía y que los arrayanes se secan de arriba hacia abajo. Las copas se ven ralas, secas.  

-Fijate que el tronco de estos árboles es frío- me dice papá. 

Apoyo la mano en un tronco color fuego. Siento el frío de un agua subterránea. En otro tronco lo siento menos. Miro hacia arriba, el árbol está casi seco. Entonces es por eso. 

Caminamos por el camino que nos marca la pasarela. El bosque es exuberante. Las otras especies de árboles están acaparando el lugar. Pero los arrayanes resisten y siguen procreando. Se ven especies pequeñas que aún no tienen el tronco enrojecido. 

-Un árbol es vida, escucho que una madre le enseña a su niño de unos ocho años. 

No es argentina. Aquí vienen muchos extranjeros. Normalmente vienen de a montones en barcos más grandes, desde Bariloche. 

-Recuerda, hijo, un árbol es vida. Te da techo, refugio, sombra, oxígeno. Nunca, por ningún motivo, maltrates un árbol.

El año pasado mamá se abrazó a su arrayán. Dijo que el árbol estaba triste. Pero al día siguiente, cuando volvimos a la playita, nos dijo que el árbol estaba contento. 

-¡Es porque volviste!-le dijo mi hermano.

Este año vuelvo yo. 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Parte del aire

 Los teléfonos marcan lluvia. Mi corazón dice que no.

¿Vamos al espejito?

¡Vamos!

Uno de los lugares a los que mi papá quería volver era el Espejo chico, un lago más pequeño que el lago Espejo que también tiene un río y una cascadita. Es un lugar muy hermoso donde se puede acampar, con un acceso bastante lejos de la ruta, hay que meterse por un camino que serpentea la montaña lleno de vegetación y de pronto, se abre el paisaje y llegás al paraíso. Preparamos el mate, llevamos unos chocolates y vamos. 

La primera vez que vinimos al Espejito fue en el año 94. La idea fue de Goyo que lo conocía bien. Fuimos con él, Pady, Mamá, Papá, Lucho. Creo que también estaba Pancho y un muchacho joven, de recreación que hoy no recuerdo su nombre pero que me gustaba. Yo acababa de cumplir 17 años y me sentía en la gloria. Llevamos sandwichitos, la guitarra, siempre la guitarra y mamá y yo cantando alguna de Atahualpa, Silvio o de Peteco Carabajal. El lugar estaba vacío, el río era una belleza y el agua no estaba para nada fría, ¡se podía nadar! Tengo el recuerdo más dulce de esos días. 

Papá y Mamá volvieron solos a este lugar algunas veces más. Eso es lo que me cuenta papá con los ojos humedecidos por la emoción. A mi papá no se le humedecen fácilmente los ojos. Hoy los tiene húmedos y la sonrisa le ilumina la cara. ¡Este lugar! ¡Yo quería volver a este lugar! Vemos una pareja de cauquenes con sus pichones en la playita. No nos tienen miedo. ¡Se acercan! 

¿Vamos a la cascada?

¡Vamos!

Y la tristeza se lava en el agua más pura. Tu presencia es una brisa suave, el vapor que se desprende de las piedras húmedas porque ayer llovió. Y el vapor se va haciendo nube, parte del cielo, sol. 

viernes, 19 de diciembre de 2025

arrayán

Al día siguiente salimos a caminar con Nico solos. Nos metemos por las calles del barrio privado en el que se ha convertido Puerto Manzano. Antes aquí era todo bosque. Ahora está lleno de hosterías, hoteles boutique, casas de veraneo con enormes empalizadas que obstruyen la salida al lago. Por suerte aún quedan dos playitas con acceso libre. Le digo que la playita pic-nic es "la playa del arrayán". Nadie la llama así, sólo mi mamá y ahora nosotros. Vamos caminando a la playita del arrayán y llegamos en diez minutos. Se me viene el recuerdo del desastroso recorrido que hicimos el año pasado con mi hermano buscando esta playa. La primera vez no la encontramos y terminamos en otro lugar del lago. La segunda vez fuimos con el auto porque mamá ya no podía caminar casi y, también, nos fuimos para el otro lado hasta que luego de dar varias vueltas una persona nos indicó cómo llegar. Ahora estamos acá, solos, no hay nadie. Es muy temprano y el arrayán está precioso, verde, con el tronco rojizo, fulgurante y tiene varios pimpollos. Me acerco suave y despacio coloco una mano en su tronco como si fuera un animal dormido. Nico se queda lejos. No interrumpe. Sólo acompaña a la distancia.

Después volvemos por el mismo camino. Y no le decimos nada a mi papá.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Ida

Salimos a las 6:30 de la mañana en el auto de papá rumbo a Luján y luego la ruta 5. Primera parada en Chivilcoy. Un café con leche y medialunas porque no desayuné. Esto recién empieza.

Vamos parando cada dos horas. Aún estamos en provincia de Buenos Aires. Cuando tengo señal le mando mensajes a mi hermano para mantenerlo al tanto. Segunda parada: 9 de julio. Tercera parada: Trenque Lauquen. Cuarta parada: ya estamos en La Pampa. Almorzamos en el ACA de Santa Rosa. Quinta parada: General Acha. La ruta se pone calamitosa. Hay baches por todos lados. No puedo cebar mate sin salpicarme. El paisaje sigue siendo chato pero ahora aparecen los caldenes, esos arbolitos solitarios en el medio del campo que parecen electrizados. Sexta parada: Casa de piedra, estamos en el límite con Río Negro. El paisaje cambia. Aparece un embalse. El enorme espejo de agua nos brinda calma. El sol se está yendo pero aún quedan unos restos de luz. Llegamos a Cipoletti de noche.

Al día siguiente la próxima parada es en Piedra del Águila. Y allí comienza el verdadero viaje hacia el recuerdo. Papá me pide sacarse una foto frente a las piedras que se alzan al costado de la ruta. El viento nos trae a la memoria nuestros cuerpos más jóvenes. Nos quedamos varias veces con el auto en Piedra del Águila. Recuerdo la solidaridad de los desconocidos, la soledad en la ruta con mamá y Lucho esperando a papá que se había ido a buscar ayuda. Mamá muerta de miedo con nosotros dos en medio de la nada pero nunca lo demostró. Mi recuerdo es patear piedritas al costado de la ruta, mamá con la guitarra tratando de calmar el aburrimiento y la certeza de que todo iría bien. Y todo iba bien. Papá volvía con más desconocidos que ayudaban a remolcar el auto y nos devolvían a la civilización.

Nos sacamos esa foto y se la mandamos a Lucho.

Unas horas después llegamos a Bahía Manzano.

martes, 7 de octubre de 2025

Narayana

1.
El algoritmo me muestra un video donde un tipo dice que cuando alguien muere debe recoger todos los fragmentos de su alma para luego trascender. Se me viene a la mente esa canción que te enseñaban en el jardín de infantes: "a guardar a guardar cada cosa en su lugar". Qué difícil. Los fragmentos del alma están en su mayoría en el cuerpo pero también en todo lo que alguna vez fueron nuestras posesiones: ropas, libros, objetos personales y no tan personales. También pueden quedar fragmentos en lugares donde habitamos, vivimos, paseamos, en los objetos que no son nuestros pero que aún así tocamos. A la vista de esto, tiene sentido que los sannyasin (ascetas) tengan muy pocas posesiones y viajen poco. Cuando mueran será muy poco lo que deban recoger y será más fácil para ellos irse que para cualquiera de nosotros que ha acumulado ropa y objetos para tres vidas o más.

2.
En el mes de septiembre mi papá se fue de viaje. Todo el mes estuve yendo a su casa a cuidar a Ema, la gatita de mi mamá. También fui para "sentir" a mi mamá. La presencia de mi mamá en esa casa es enorme. A siete meses de su muerte sigue siéndolo. Mi mamá realmente habitó esa casa con todo su amor, dolor y perseverancia. Es cierto que en los últimos años la casa sufrió un deterioro notable. Aún así, a mis ojos, se ve hermosa con sus placares polvorientos, apolillados, con hormigas que han hecho nido en las alfombras viejas, con sus paredes descascaradas por la falta de pintura, con sus telarañas. Encuentro en sus objetos un diálogo inconcluso, un sueño, una idea, una tesis, un poema no resuelto. También encuentro valentía y arrojo. Una lucha inquebrantable con su enfermedad pero también ternura en sus escritos, en algunas cartas, en algunas fotos. Encuentro sobre todo amor por sus hijos en cada cartita que guardó de nosotros. Amor por la ciencia en cada artículo, libro, fotocopia que guardó. Amor por la justicia y la memoria en cada bandera, tejido, símbolo. Amor por la música en sus guitarras, sus cancioneros. Amor por su marido que fue su único amor.

3.
Lo primero que hago cuando llego es saludar a Ema. Me quedo un ratito a su lado, la siento que me huele con su hociquito húmedo. Es hermoso sentir ese tanteo suyo. Especialmente cuando antes, cuando llegaba a esta casa, Ema me gruñía y siseaba como un demonio pequeño y peludo. Ahora siente mi presencia, la olfatea y me acepta. Me deja que la acaricie e incluso que la alce si es necesario. Luego abro las persianas de todos los cuartos de la casa. Abro la puerta del jardín, camino un poco por el césped que está alto, crecido. Pongo a filtrar la pileta sin antes quitar las hojas de la superficie del agua. Y luego, pongo una pava, dejo que el agua tome la temperatura adecuada y me preparo un mate.

4.
Con el mate me voy a los cuartos de arriba. Abro los placares y dejo que el interior se airee. Saco la ropa, los zapatos, paso un trapo húmedo, quito tierra, paso la aspiradora por los rincones donde hay telarañas, bichos. Este acto amoroso de una primera limpieza es un modo de honrarte. Por eso lo quiero hacer yo. Ya habrá tiempo para limpiezas profundas. Lo primero es el encuentro, no tanto el acto de limpiar. Me voy encontrando con telas, alfombras, lanas de varios de tus viajes. Amorosamente guardados pero comidos por la plaga del tiempo y el olvido. No me asusta este desastre. Es comprensible. Tus últimos años fueron calamitosos. Todo era dolor. No había lugar para ocuparte de tus cosas. No sobraba energía para sostener este universo que fuiste creando con tu vida, tu trabajo, tu estar día a día en este mundo. Yo lo voy entendiendo y por eso trato todas las prendas con cuidado, con amor. Sé que voy a lavar todo, incluso lo que está apolillado. Mientras tanto tomo mate, tatareo una canción y la gata viene a acurrucarse a mi lado como dándome permiso. Ahora sí, ahora sí te dejo. Le separé una ruana tuya para que la amase y se la quede. Ama tu ruana. En parte algo de tu cuerpo ha quedado atrapado en esa ruana. ¿O es parte de tu alma que acaricia la gata y la gata lo siente? Como sea, todo está bien. Lo que se perdió, lo que se puede recuperar, lo que quiero regalar, lo que quiero donar, lo que quiero quedarme para mi (por ahora).

5.
Eventualmente voy comprendiendo que todo se perderá. Todo tendrá que irse. Todo tiene su evolución. ¿Por qué me quedo apegada a las cosas? ¿Por qué? Yo que me creía tan desapegada. Pero no. Me doy cuenta de que no. Siento que mi energía penetra las cosas y las transforma. Tal vez sea eso. Calma en parte este pasado doloroso. Pero también me sorprendo al encontrar tus alegrías, tus deseos, tus pasiones. No todo es dolor acá, qué bueno, mamá. Qué bueno. Porque si todo ha de perderse para que vuelva el amor, nada se pierde, todo se transforma. Y entonces la nube se hace lluvia, la lluvia, arroyo, el arroyo, mar, el mar, océano, el océano... más océano (Narayana) que nos llevará inevitablemente a todos hacia el infinito.

martes, 16 de septiembre de 2025

Ahora

Dice un gurú que cuando alguien muere y ha reunido suficiente ropa para tres vidas, suficiente calzado para diez vidas... quemar todo eso sería puro desperdicio. Es común, en esos casos, que se lave toda la ropa, se la disperse por varias regiones. Nunca se da a una sola familia. De esa manera se ayuda al muerto a que no quede arraigado a un sólo lugar. 

Dice la RAE respecto de la palabra ajuar: "Conjunto de muebles, enseres y ropas de uso común en la casa". O bien: "Conjunto de enseres y ropas aportados por la mujer al matrimonio". Hasta hace unos días no me había atrevido a probarme tu ropa sin antes lavarla. Pero ayer se me fue todo el pudor. Hace rato que parte del ritual es cambiar tus objetos de lugar. Despejar lo que se pueda, cajones, estantes, la cómoda. De tu mesa de luz se encargaron los chorros. Dejaron un reguero de papeles, cartitas por el piso que yo fui juntando y poniendo en una caja de zapatos que guardé en el placard de otra habitación. Sigue habiendo cosas tuyas en el cuarto matrimonial pero son cosas lindas que sé que a papá le hace bien tenerlas cerca. Están tus medallitas, la lupa que usabas para leer, tus lentes de ver de cerca, tus lentes de sol, fotos que separaste especialmente para mostrarle a tu psicólogo y que ahora están en un montoncito en el primer cajón, tu cartera verde, la última que usaste para ir al hospital también está en ese cuarto. Ya no tiene nada adentro. Solo una estampita de la virgen María.

Lo primero en irse fueron todos los estudios médicos, una parva gigante de radiografías, tomografías, recetas. Sé que hubieras estado de acuerdo conmigo porque fue lo primero que hiciste cuando murieron tus propios padres. No querías esa huella material presente de la enfermedad. Preferías recordar a tu papá en un chaleco, en las fotos, en el geloso que guardaste con amor y que ahora está en tu escritorio. De tu mamá guardaste algunas joyas que se llevaron los chorros. Y algunos pañuelos de seda que hoy atesoro en un cajón de mi placard. Quisiera preguntarle a mi amiga Lau que hace encuadernación si se puede hacer un cuaderno con esas telas. Estoy segura de que me va a decir que sí.

Entonces... la ropa que aún no había encarado era la que estaba colgada en perchas. La había juntado toda en otro placard. Camisas, sacos, accesorios. Tu ropa linda, tu ropa buena, cara. La que usabas en ocasiones especiales. La gata pululaba por los rincones siseando malhumorada y tensa. Como una hermana pequeña que no quiere compartir. Nos quedamos las dos por un momento calladas, inmóviles frente al placard. Bajé la persiana (en ese cuarto no hay cortinas) y prendí una lámpara. Me quité el pulóver, la remera. Hacía frío pero yo no tenía frío. Descolgué una camisa. Me la probé. Tu olor me invadió. Me dejé abrazar. Bailé frente al espejo. Te agradecí la vida, los momentos que supimos estar juntas. Hablamos. Hablamos mucho. Me ibas diciendo: eso te queda hermoso, quedátelo. Probate esta, esta no, te va a quedar chica. Esta camisita la compartíamos, ¿te acordás? Esta no te gustó cuando te la regalé y me la quedé yo. Y esta otra y esa de ahí y la de más allá... la gata siseaba, yo me iba poniendo y sacando mudas de ropa, mudas de piel, mudas de palabras. Hasta que.

El tiempo pasa. El polvo se acumula pero se vuelve a limpiar. La gata ya no sisea. Me mira tranquila desde su rincón y se lame mientras yo sigo ordenando algunos papeles y ropa. A veces se me acerca y me pide jugar. Entonces hago un bollito de papel, se lo tiro y ella salta. Veo su cuerpo esbelto y blanquecino captar el bollito de papel y me maravillo ante esa pequeña vida felina que supo amarte, adorarte y que ahora te está duelando... como todos nosotros.

Ya está, mamá. Ya me probé tu ropa. Ya la llevé a cumpleaños, eventos, conciertos, casamientos. Ya paseé tus pertenencias por el mundo vivo.

Ahora volvé.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Lili, Damián, mis abuelos, el mundo

Ayer, en la casa de mis padres, buscando algo que no encontré, fui a dar con una parte del pasado familiar. Abrí el cajón de abajo del coperito y descubrí el lugar donde mi mamá había guardado los papeles importantes que se trajo de la casa de sus propios padres. Fotos en blanco y negro de bisabuelos, abuelos, tíos, primos, fotos de ella y mi tío en la infancia, el contrato matrimonial de mis abuelos (la ketubá), postales de mi tío abuelo (que era viajante) a mi abuela, cartas de amor, cartas de despedida, dibujitos de cuando éramos chicos. También encontré copias de unos cuentos que alguna vez escribí y que mis abuelos guardaron con amor y que mi mamá, a su vez, los guardó con más amor.

De pronto me crucé con una foto de un cumpleaños de 15 de la hija del portero del edificio donde mis abuelos vivieron los últimos veinte años. El portero se llamaba Fidel, su mujer Ramona y tenían dos hijos. Fidel y Ramona formaban parte de la vida de mis abuelos. Se ayudaban un montón mutuamente. Cuando la hija de ellos cumplió quince años los invitaron a la fiesta. También invitaron a Lili, una vecina del edificio que también era amiga de mis abuelos. En la foto se los ve a mis abuelos, a Lili con su hijo Damián y a la hija de Fidel y Ramona (no recuerdo su nombre: ¿Belén?) vestida de blanco con un ramillete de flores. Iba a guardar la foto en una pila cuando Nico la vio y se sorprendió.
-¿Tus abuelos conocían a Liliana y Damián?
-Sí, claro, vivían en el mismo edificio. Pero Damián era más grande que yo, no me daba mucha bola.
-¡Yo jugaba con Damián! Era mi amiguito. ¡¡Liliana era amiga de mi mamá!! ¿Tus abuelos vivían en un edificio que estaba frente a la estación?
-¡Claro!
-¡Flor, yo iba todo el tiempo a ese edificio!
Nos quedamos pasmados. Después empezamos a reírnos por la sola idea de que probablemente nos hayamos cruzado alguna vez en nuestra infancia en el edificio de mis abuelos que también era el edificio de Liliana y Damián.
¿Y el mundo? Un pañuelo...

viernes, 29 de agosto de 2025

la corneta

Creo que fue en 2016 que a los vecinos se les dio por poner una corneta de seguridad en la cuadra. Estaban de moda. Cada cuadra puso la suya. Entre los vecinos contrataban a una empresa de seguridad que venía, las colocaba y te daban un llaverito con un dispositivo que tenía dos botones que la activaba o la desactivaba. Si veías algo sospechoso en la cuadra apretabas el botón de activar y la corneta empezaba a aullar. Al principio, en la cuadra, hubo desacuerdo. Había quienes pensaban que no serviría para nada. Sólo para espantar pájaros, gatos y vecinos. Se hizo una votación y la corneta ganó por amplia mayoría.
 
Vinieron unos tipos y la instalaron sobre el poste de luz. Pasó el tiempo. Los vecinos apretaban el botoncito siempre en algún descuido y la corneta se activaba. Era un incordio. Las primeras veces salíamos a mirar si pasaba algo pero nunca era nada. Cuando le quisieron robar a nuestro vecino el auto en la entrada de la casa nadie activó la corneta. Pero todos lo supimos porque el tipo pegó un alarido y al ladrón se le escapó un tiro que por suerte no le dio a nadie y terminó huyendo. Después ya nadie miraba cuando la corneta empezaba a aullar y todos apretábamos el botón de desactivar. Más de uno debe haber puteado y se debe haber arrepentido de haber votado por la corneta. Pero nunca nadie dijo de desactivarla o sacarla. Simplemente quedó allí, como un recordatorio, un símbolo de la pelotudez humana. 

Ayer la corneta se volvió loca. Se activó sola y con voz desafinada empezó a gritar incoherencias. Luego a viva voz se le disparó la chaveta y comenzó a injuriarnos con sus aullidos inestables e insistentes. Nadie en la cuadra podía pararla. Era claro que se había roto algo en el dispositivo. La corneta se había quedado clavada en modo on. Los vecinos salían con el llaverito a ver si la podían parar. Y nada. Estaban los que indolentemente decían y bueno, ya se le va a acabar la batería. El chat de vecinos se llenó de preguntas. ¿Alguien sabe a quien llamar? ¿Quién la instaló? ¿Cómo se llama la empresa? Increíblemente nadie tenía la menor idea de cómo la corneta había llegado a nuestra cuadra ni quién la había contratado ni cómo se llamaba la empresa que lo había hecho. ¡Eso fue hace mucho, no me acuerdo!, decían. Nosotros pusimos plata, pero no me acuerdo quien se encargó de contratarlos, decía otro. En la corneta había un nombre que parecía de una empresa. Lo googleamos. No había página web. Sólo un punto en el google maps con un número fijo que nadie atendía. El chat de vecinos seguía rumiando confusión y pena. 

¿Nadie tiene una escalera larga?, pregunté. Yo tengo una, me dijo el tipo de la casa de enfrente, me la dejaron los pintores. ¡Yo tengo un revolver de aire comprimido, si quieren puedo intentar pegarle a la corneta!, dijo otro. No, flaco, como vas a dispararle a una corneta, mirá si le pegás a un cable, a un pájaro y encima te denuncia el vecino de la esquina por andar con un revólver. El ruido ensordecedor no nos dejaba pensar. Loco, traé la escalera, te lo suplico, le dije, sino llamo a mi techista que vive por acá cerca y que es un capo y le pido que la corte. ¡Sí, corten el cable, esto no da para más!, dijo uno de barbita. 

El run run del chat de vecinos seguía destilando incoherencias. Que el número, que la empresa, que mañana se puede llamar para que la arreglen, que ya se va a acabar la batería... ah, que están intentando cortar el cable, que un vecino va a traer una escalera... Mi vecino de enfrente trajo su escalera. Entre dos se la sostuvieron. Empezó a subir, la corneta cambió el aullido como sabiendo su inminente derrota. No puedo, me caigo, dijo el tipo. Volvió a bajar. Subió el que había dicho que tenía un revólver con aire comprimido. Finalmente fue él quien logró cortar el cable. Y de pronto, silencio. Bajó de la escalera con la corneta entre las manos, triunfante. Bravo, bravo. El de barbita decía: ¡esto tendríamos que haberlo hecho hace años! Nadie habló de llamar a la empresa. Nadie habló de poner otra corneta. Ahora sólo queda un vacío. La calle en silencio. Los pájaros que vuelven.

martes, 12 de agosto de 2025

La cruz

 Desde siempre tuve un gran rechazo hacia el símbolo de la cruz. 

Hace ya varios años mamá me regaló una cadenita con un dije de una artesana que trabajaba la plata. Era una cruz. Pero la genialidad de esta cruz era que estaba creada por dos cuerpos fundidos en un abrazo. Aunque el dije era hermoso nunca lo pude usar. Hasta ahora. Y me encanta.

Ahora me doy cuenta de que durante mucho tiempo tuve rechazo de los símbolos. Era mejor que la realidad fuera sígnica, no simbólica. Pero ya no me puedo volver atrás. Mejor dicho, no me puedo quedar en la superficie. Hacia abajo, hacia abajo, me decía la voz de mi sueño anoche. 

El viaje sería abandonar estar siempre en el eje horizontal y empezar a explorar el eje vertical. Primero la raíz. Después las estrellas. Como decía León Felipe. Sistema poema, sistema. Primero contarás las piedras, luego contarás las estrellas.  

domingo, 10 de agosto de 2025

dame azúcar

 Encontré en una cartera vieja cositas que había dejado mamá. Había montoncitos de azúcar atados con una gomita ya casi reseca por el tiempo. El azúcar dentro de los sobrecitos estaba intacto. Cuando éramos chicos, mi mamá solía tragarse los sobrecitos de azúcar en cualquier lado si se sentía floja. En el auto si estaba manejando,  en la calle. En casa no. En casa tomaba Coca-Cola que siempre había y era para ella por si se sentía mal. Me pedía (nos pedía a todos) que si íbamos a los bares le guardáramos los sobrecitos de azúcar. Salíamos a tomar café y nos llevábamos sobrecitos. En los noventa todo el mundo en los bares pedía edulcorante. Nosotros pedíamos azúcar para llevarle a mamá. Después la Coca-Cola empezó a salir en una botellita de plástico chiquita y siempre andaba con una en su cartera. Pero, a veces, si la hipoglucemia era grande, le añadía sobres de azúcar a la Coca-Cola. Por eso siempre tenía sobrecitos de azúcar. La noche que murió yo llevaba dos botellitas de Coca en mi cartera por si le venía una hipoglucemia. Estuve todo el día cuidando de su glucemia, todo el día cuidando de que no cayera en una "hipoglucemia galopante". No quería comer y yo le daba flan que había comprado de contrabando y Coca. Galopamos juntas todo ese día, duro y parejo, pero se fue igual. Eso sí, la glucemia, perfecta. Esa noche, cuando me avisaron que mamá había muerto saqué las botellitas de Coca de la cartera y las dejé en una mesita baja del hospital. Sentí la cartera más liviana pero todo lo demás pesaba como la puta madre. 

Los sobrecitos que encontré en la cartera vieja los esparcí en el jardín al grito de Pachamama kusilla kusilla. Estoy segura de que hice bien. A mamá le hubiera gustado. Estamos en agosto así que el tiempo es perfecto. 

jueves, 7 de agosto de 2025

 Qué es un lugar sagrado... es un lugar a donde van las palabras y no regresan.