28 de septiembre de 2013

Límites del shiatsu, o bien, lo que el shiatsu provoca

Hoy vino una paciente a casa. La conozco desde el año pasado. Tenía un diagnóstico de ovarios poliquísticos, no le venía la menstruación. Con tres sesiones de shiatsu se normalizaron sus ciclos. Ella, muy agradecida me llamaba cada tanto para recibir alguna que otra sesión. Las menstruaciones nunca más se le interrumpieron.
Hace una semana volvió porque le encontraron unos quistecitos muy pequeños en la tiroides. No está ni hipo ni hipertiroidea. Se siente bien, tiene buena energía pero algo la traía al futón. ¿Qué era ese algo? No lo sabíamos bien.
La semana pasada le di una sesión de meridianos del elemento Tierra con sus extendidos. La mano madre en el hara siempre acompañando. Fue una sesión muy dulce y llena de pausas y calma. Ella se fue feliz de haber retomado.
Hoy volvió y me dijo que se sentía bien, que había tenido una buena semana. Le pregunté si había algo que me quisiera compartir y me dijo que no.
Le pedí que se pusiera boca arriba (la vez pasada habíamos comenzado boca abajo) y comencé con un hara. De pronto, un malestar general me invadió de pies a cabeza. Mis manos en su hara estaban frías, como sin vida. Traté de respirar con ella pero no lo conseguí. De a poco fui  palpando con la yema de mis dedos las zonas de diagnóstico. Salió que el área de bazo estaba muy kyo. Volví a hacer el trabajo de bazo con extendidos pero me sentía muy cansada. El malestar no se me iba. La parte baja de mi hara empezó a dolerme. Traté de serenarme y concentrarme en la persona que tenía delante. En sentir el fluir de la energía en mis manos, en descansar en ella, ir con el hara. Pero mi hara se resistía, había una barrera, algo que no me permitía fluir.
Decidí ponerla boca abajo a ver qué pasaba. Fue mejor pero aún así, sentía su cuerpo como de piedra. Un mármol frío por debajo de la piel. Fui muy suave y blanda, trabajé con palmas, casi no usé rodillas.
Al darla vuelta su cara, por suerte, tenía otra expresión. Respiraba distinto.
Terminé con manos en el hara.
Ella bostezó y se incorporó muy lentamente. Me dijo:
-No sé cómo poner en palabras algo que me pasó hoy.
-¿Sentiste que una sesión distina?
-Sí, yo estaba como muy mental.
-Sí...
-Como que no me podía entregar.
-Sí...
-Sentía el cuerpo durísimo, como una piedra, pero no de estar contracturada sino como de coraza.
Nos quedamos por unos instantes en silencio.
De pronto se me ocurrió preguntarle:
-¿Hubo algo esta semana que hiciera que te cerraras, que te pusieras como hermética?
Y entonces ella suspiró y empezó a llorar. Y con cada sollozo el cuerpo se le iba ablandando más y más. Lloró largo y tendido.
Y entonces ahí comprendí algo más acerca del shiatsu. La sesión en sí misma no había sido gran cosa pero la pregunta posterior -y muy necesaria- había calado en su alma.
A veces llorar es el mejor shiatsu que nos podemos dar.   

1 comentario:

Estrellita Pequeña dijo...

Hola.. que buen post! Que bueno que lograras que esta chica se abriera así, que pudiera sacar de adentro a través de las lagrimas algo que le hacía mal.
No sabía que el shiatsu podía lograr lo que vos contás de solucionar el tema de los ovarios poliquisticos.. a mi me diagnosticaron eso, lo tuve durante un tiempo aunque después se me fue solo. Pero que bien que se pueda hacer un tratamiento desde estas técnicas..
Gracias por compartir la información!
Saludos, buena semana

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