En la playita recojo mis tesoros. Unas hojitas de coihue que me recuerdan el colchón de hojas que solíamos usar para hacer más mullido el piso de la carpa, un tronquito, unas hojitas de pino. Un perro me mira confiado. Tiene la cabeza cuadrada y el hocico muy húmedo. Huele mi mochila como buscando algo, seguramente reconoce el olor de mi gata que ha quedado en Buenos Aires.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Su playita
jueves, 25 de diciembre de 2025
Traful
"En mi escritura proyecto lo que quiero, lo que me obsesiona, más que en ningún otro lugar".
Amina Cain.
Traful significa "junto a la unión". Pero eso lo aprendí hoy. La primera vez que visité este lago no sabía de nombres ni significados. Aún no sabía leer ni escribir. Eso sucedería unos meses después. El antes y el después de la mente letrada. Quizás por eso es tan importante este lago en mi vida y la experiencia que se imprimió en las huellas de mi alma. O quizás simplemente pude recordar algo que ya estaba en mi pero que no tenía nombre ni lugar. Traful significa junto a la unión. Es algo que aprendí hoy pero que a mis cinco años ya lo sabía como sabía muchas otras cosas.
Eran los años ochenta. Mis padres tenían un Taunus color azul, un auto bajo y pesado. Con ese auto hicimos el camino imposible que nos llevaba a ese lago. No había nada por ese entonces. Solo nombres. Confluencia, Villa Traful. Quizás un poste, un correo, una casilla. Después era todo agua, rocas y árboles. Teníamos una carpa estructural naranja. Cacique. Mi hermano tenía sólo dos años. Yo tenía cinco pero iba a cumplir seis ese verano. Recordé el frío que hacía. Las manos siempre ateridas, la piel llena de tierra y carbón. No te mojes, me decía mi mamá, que es peor. Fue un verano lluvioso pero a veces salía el sol. Eran días claroscuros.
Íbamos a unas playitas que quedaban cerca del camping. Para entrar al lago usábamos unas sandalias de goma porque el suelo estaba lleno de piedrones que te pinchaban. Podías resbalarte. Mi hermano era muy pequeño todavía pero había otros niños de otras familias que también acampaban. Los niños estaban bien pero me gustaba estar sola. Había una piedra un poco más adentro del lago. Me gustaba ir hacia esa piedra y quedarme allí. Le hablaba a la piedra, a veces la lavaba. Mi mente infantil se sentía a gusto allí.
Durante ese verano en ninguna de las fotos que me sacó mi padre estoy con un libro. Estoy siempre rodeada de bosque. La naturaleza me hablaba y yo hablaba con ella. Era feliz. Me sentía protegida por alguien o por algo. Hasta que unas niñas del campamento me hablaron de Dios y también del Diablo. Fue el verano que conocí la palabra infierno. Yo nunca le había tenido miedo a la oscuridad. Esa noche volví a la carpa temblando. Unas palabras nuevas se habían introducido en mi mente. Palabras que aún no sabía cómo se escribían pero habían hecho nido en mi. Conceptos nuevos pero tan viejos como el mundo. Mi mamá algo intuyó y trató de suavizar la idea. Nada de eso existía, me dijo. Pero yo no le creí. Creo que fue la primera vez que no le creí a mi madre
que siempre
lo sabía
todo.
martes, 23 de diciembre de 2025
Bosque de a
-Mamá nunca quiso ir al bosque de arrayanes. No le gustaba la idea de que sólo pudieras caminar por la pasarela. Le parecía muy artificial.
En realidad, se puede caminar por el bosque siempre y cuando te registres en el Parque Nacional Los Arrayanes y pagues la entrada. Hay un sendero de 11 kilómetros que recorre la península de Quetrihue hasta llegar al punto donde están los arrayanes más viejos. Se tarda aproximadamente tres horas. Allí es donde se encuentra la pasarela y es el lugar a donde te deja el barco que sale desde la Angostura o Bariloche.
Nosotros estamos cerca de La Angostura así que decidimos embarcamos en el Caleu Caleu, un barquito pequeño pero muy pintoresco. El camino es hermoso y navegar estas aguas de un color verde-azul me nutre el alma. A medida que nos acercamos vamos descubriendo los picos de las montañas a lo lejos. Ese es el campana, me dice el capitán. Lo llaman así porque se parece a una campana, ¿o no?
Puede ser, puede ser.
Al llegar nos dan una hora para la caminata entre los árboles. Antes nos advierten que hay mucha sequía y que los arrayanes se secan de arriba hacia abajo. Las copas se ven ralas, secas.
-Fijate que el tronco de estos árboles es frío- me dice papá.
Apoyo la mano en un tronco color fuego. Siento el frío de un agua subterránea. En otro tronco lo siento menos. Miro hacia arriba, el árbol está casi seco. Entonces es por eso.
Caminamos por el camino que nos marca la pasarela. El bosque es exuberante. Las otras especies de árboles están acaparando el lugar. Pero los arrayanes resisten y siguen procreando. Se ven especies pequeñas que aún no tienen el tronco enrojecido.
-Un árbol es vida, escucho que una madre le enseña a su niño de unos ocho años.
No es argentina. Aquí vienen muchos extranjeros. Normalmente vienen de a montones en barcos más grandes, desde Bariloche.
-Recuerda, hijo, un árbol es vida. Te da techo, refugio, sombra, oxígeno. Nunca, por ningún motivo, maltrates un árbol.
El año pasado mamá se abrazó a su arrayán. Dijo que el árbol estaba triste. Pero al día siguiente, cuando volvimos a la playita, nos dijo que el árbol estaba contento.
-¡Es porque volviste!-le dijo mi hermano.
Este año vuelvo yo.
domingo, 21 de diciembre de 2025
Parte del aire
Los teléfonos marcan lluvia. Mi corazón dice que no.
¿Vamos al espejito?
¡Vamos!
Uno de los lugares a los que mi papá quería volver era el Espejo chico, un lago más pequeño que el lago Espejo que también tiene un río y una cascadita. Es un lugar muy hermoso donde se puede acampar, con un acceso bastante lejos de la ruta, hay que meterse por un camino que serpentea la montaña lleno de vegetación y de pronto, se abre el paisaje y llegás al paraíso. Preparamos el mate, llevamos unos chocolates y vamos.
La primera vez que vinimos al Espejito fue en el año 94. La idea fue de Goyo que lo conocía bien. Fuimos con él, Pady, Mamá, Papá, Lucho. Creo que también estaba Pancho y un muchacho joven, de recreación que hoy no recuerdo su nombre pero que me gustaba. Yo acababa de cumplir 17 años y me sentía en la gloria. Llevamos sandwichitos, la guitarra, siempre la guitarra y mamá y yo cantando alguna de Atahualpa, Silvio o de Peteco Carabajal. El lugar estaba vacío, el río era una belleza y el agua no estaba para nada fría, ¡se podía nadar! Tengo el recuerdo más dulce de esos días.
Papá y Mamá volvieron solos a este lugar algunas veces más. Eso es lo que me cuenta papá con los ojos humedecidos por la emoción. A mi papá no se le humedecen fácilmente los ojos. Hoy los tiene húmedos y la sonrisa le ilumina la cara. ¡Este lugar! ¡Yo quería volver a este lugar! Vemos una pareja de cauquenes con sus pichones en la playita. No nos tienen miedo. ¡Se acercan!
¿Vamos a la cascada?
¡Vamos!
Y la tristeza se lava en el agua más pura. Tu presencia es una brisa suave, el vapor que se desprende de las piedras húmedas porque ayer llovió. Y el vapor se va haciendo nube, parte del cielo, sol.
viernes, 19 de diciembre de 2025
arrayán
Después volvemos por el mismo camino. Y no le decimos nada a mi papá.
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Ida
Vamos parando cada dos horas. Aún estamos en provincia de Buenos Aires. Cuando tengo señal le mando mensajes a mi hermano para mantenerlo al tanto. Segunda parada: 9 de julio. Tercera parada: Trenque Lauquen. Cuarta parada: ya estamos en La Pampa. Almorzamos en el ACA de Santa Rosa. Quinta parada: General Acha. La ruta se pone calamitosa. Hay baches por todos lados. No puedo cebar mate sin salpicarme. El paisaje sigue siendo chato pero ahora aparecen los caldenes, esos arbolitos solitarios en el medio del campo que parecen electrizados. Sexta parada: Casa de piedra, estamos en el límite con Río Negro. El paisaje cambia. Aparece un embalse. El enorme espejo de agua nos brinda calma. El sol se está yendo pero aún quedan unos restos de luz. Llegamos a Cipoletti de noche.
Al día siguiente la próxima parada es en Piedra del Águila. Y allí comienza el verdadero viaje hacia el recuerdo. Papá me pide sacarse una foto frente a las piedras que se alzan al costado de la ruta. El viento nos trae a la memoria nuestros cuerpos más jóvenes. Nos quedamos varias veces con el auto en Piedra del Águila. Recuerdo la solidaridad de los desconocidos, la soledad en la ruta con mamá y Lucho esperando a papá que se había ido a buscar ayuda. Mamá muerta de miedo con nosotros dos en medio de la nada pero nunca lo demostró. Mi recuerdo es patear piedritas al costado de la ruta, mamá con la guitarra tratando de calmar el aburrimiento y la certeza de que todo iría bien. Y todo iba bien. Papá volvía con más desconocidos que ayudaban a remolcar el auto y nos devolvían a la civilización.
Nos sacamos esa foto y se la mandamos a Lucho.
Unas horas después llegamos a Bahía Manzano.