Los teléfonos marcan lluvia. Mi corazón dice que no.
¿Vamos al espejito?
¡Vamos!
Uno de los lugares a los que mi papá quería volver era el Espejo chico, un lago más pequeño que el lago Espejo que también tiene un río y una cascadita. Es un lugar muy hermoso donde se puede acampar, con un acceso bastante lejos de la ruta, hay que meterse por un camino que serpentea la montaña lleno de vegetación y de pronto, se abre el paisaje y llegás al paraíso. Preparamos el mate, llevamos unos chocolates y vamos.
La primera vez que vinimos al Espejito fue en el año 94. La idea fue de Goyo que lo conocía bien. Fuimos con él, Pady, Mamá, Papá, Lucho. Creo que también estaba Pancho y un muchacho joven, de recreación que hoy no recuerdo su nombre pero que me gustaba. Yo acababa de cumplir 17 años y me sentía en la gloria. Llevamos sandwichitos, la guitarra, siempre la guitarra y mamá y yo cantando alguna de Atahualpa, Silvio o de Peteco Carabajal. El lugar estaba vacío, el río era una belleza y el agua no estaba para nada fría, ¡se podía nadar! Tengo el recuerdo más dulce de esos días.
Papá y Mamá volvieron solos a este lugar algunas veces más. Eso es lo que me cuenta papá con los ojos humedecidos por la emoción. A mi papá no se le humedecen fácilmente los ojos. Hoy los tiene húmedos y la sonrisa le ilumina la cara. ¡Este lugar! ¡Yo quería volver a este lugar! Vemos una pareja de cauquenes con sus pichones en la playita. No nos tienen miedo. ¡Se acercan!
¿Vamos a la cascada?
¡Vamos!
Y la tristeza se lava en el agua más pura. Tu presencia es una brisa suave, el vapor que se desprende de las piedras húmedas porque ayer llovió. Y el vapor se va haciendo nube, parte del cielo, sol.
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