En la playita recojo mis tesoros. Unas hojitas de coihue que me recuerdan el colchón de hojas que solíamos usar para hacer más mullido el piso de la carpa, un tronquito, unas hojitas de pino. Un perro me mira confiado. Tiene la cabeza cuadrada y el hocico muy húmedo. Huele mi mochila como buscando algo, seguramente reconoce el olor de mi gata que ha quedado en Buenos Aires.
Me pregunto si volveré a leer esto que escribo en un cuaderno liso. Si cuando lo haga estaré diferente. Este viaje ha sido un modo de reconocer lugares que me eran conocidos pero que hoy se ven diferentes. Mamá se me escurre entre la neblina del sueño y la vigilia.
Dejo tres piedritas distintas al pie de su árbol. Una piedrita del lago Espejito y dos del lago Traful. Cada piedrita por lo que fuimos para ella. Un marido y dos hijos. Allí se quedan.
Cuando vuelvo de la playita
una parte de mi cerebro se apaga
y una parte de mi corazón
la llora.
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