Yo no estoy llorando.
El poeta dijo: yo estoy lloviendo
lunes, 14 de enero de 2008
martes, 8 de enero de 2008
Traful
Tenía cinco años cuando fuimos a Traful. Mi hermano tenía dos y medio y era tan chiquito que cuando lo pusieron a dormir en la bolsa de dormir se perdió. Nos despertó a las tres de la mañana llorando y gritando, mamá, mamá, la pueta, mamá. ¡Buscaba la puerta! El pobre había dado la vuelta completa y estaba en el fondo de la bolsa buscando la salida que, claro está, no iba a encontrar. ¿Cómo hizo para darse vuelta? Bueno, era muy pequeñín.
En realidad a mí me faltaba un mes para cumplir seis. Porque yo desde que me conozco que cumplo años en febrero. Todo esto para decir que dentro de un mes cumplo años. Y sí. Uno dice cosas para, en realidad, decir otras. Implicaturas conversacionales.
Cuando la gente me habla de Traful y me pregunta si conozco Traful yo digo que sí. Pero estoy segura de que no conozco Traful at all. Yo conozco Traful a través de los ojos de una nena que aún no había cumplido los seis años. Si me preguntan algo, no podría recomendar nada. No tengo idea de cómo se llega a las playitas, ni de cómo se llama el camping, ni de si ese camping aún existe. Sólo recuerdo que llovió mucho, que había muchos chicos con los que nos hicimos amigos, que armamos una banda que se llamaba "La banda del ratón desinflado", que había dos chicas más grandes (tenían nueve años) que me explicaron la existencia del Cielo y el Infierno, que a causa de eso desarrollé un miedo tremendo a la oscuridad (complicado, porque estábamos de campamento y no había luz eléctrica), que en la playita a la que íbamos había una piedra hermosa y grande a la que nos subíamos y "lavábamos" con el agua del lago, que mi mamá ponía los yogures en una bolsita y luego los sumergía en el lago para mantenerlos refrigerados.
Me gustaría preguntarle a mi hermano qué recuerda él.
En realidad a mí me faltaba un mes para cumplir seis. Porque yo desde que me conozco que cumplo años en febrero. Todo esto para decir que dentro de un mes cumplo años. Y sí. Uno dice cosas para, en realidad, decir otras. Implicaturas conversacionales.
Cuando la gente me habla de Traful y me pregunta si conozco Traful yo digo que sí. Pero estoy segura de que no conozco Traful at all. Yo conozco Traful a través de los ojos de una nena que aún no había cumplido los seis años. Si me preguntan algo, no podría recomendar nada. No tengo idea de cómo se llega a las playitas, ni de cómo se llama el camping, ni de si ese camping aún existe. Sólo recuerdo que llovió mucho, que había muchos chicos con los que nos hicimos amigos, que armamos una banda que se llamaba "La banda del ratón desinflado", que había dos chicas más grandes (tenían nueve años) que me explicaron la existencia del Cielo y el Infierno, que a causa de eso desarrollé un miedo tremendo a la oscuridad (complicado, porque estábamos de campamento y no había luz eléctrica), que en la playita a la que íbamos había una piedra hermosa y grande a la que nos subíamos y "lavábamos" con el agua del lago, que mi mamá ponía los yogures en una bolsita y luego los sumergía en el lago para mantenerlos refrigerados.
Me gustaría preguntarle a mi hermano qué recuerda él.
viernes, 14 de diciembre de 2007
Docencia universitaria
Es difícil tener que desaprobar a alguien en un examen final oral, decírselo en la cara, firmar su libreta y desentenderse del asunto.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
Retrocedo
Delicada, como un cangrejo rojo y vivo.
Retrocedo, por ende, avanzo.
No, no es paradoja:
el sueño de anoche fue una catarata de sentido.
Retrocedo
y la marea mece mis manos.
avanzo
y la marea mece mis manos.
Alguien dijo: el tiempo.
Lo encierro en mis manos.
Lo ahogo en la bolsa.
Retrocedo, por ende, avanzo.
No, no es paradoja:
el sueño de anoche fue una catarata de sentido.
Retrocedo
y la marea mece mis manos.
avanzo
y la marea mece mis manos.
Alguien dijo: el tiempo.
Lo encierro en mis manos.
Lo ahogo en la bolsa.
martes, 27 de noviembre de 2007
Bella Durmiente
¿Duermen tus dioses?, me preguntan en una carta.
No.
No duermen.
En la duermevela encienden los cirios que alumbran el camino de los fueguitos mínimos. Los fueguitos de la madrugada que al mediodía son el fuego necesario que pide tormenta.
No es contradicción, saravá.
Cómo los fueguitos mínimos devienen en llamarada espesa.
¿Cómo es la chispa que enciende el cirio en la madrugada?
No quiero saber.
Mis dioses no duermen.
Yo sí.
No.
No duermen.
En la duermevela encienden los cirios que alumbran el camino de los fueguitos mínimos. Los fueguitos de la madrugada que al mediodía son el fuego necesario que pide tormenta.
No es contradicción, saravá.
Cómo los fueguitos mínimos devienen en llamarada espesa.
¿Cómo es la chispa que enciende el cirio en la madrugada?
No quiero saber.
Mis dioses no duermen.
Yo sí.
jueves, 22 de noviembre de 2007
Mi nombre está escrito en el aire y en la tierra
Hay días en que el viento es favorable a las ideas y a las proezas. Hay días en los que yo me voy con el viento. El viento me lleva a un orden preciso. Preciso de necesario, no de precisión. Y yo me dejo arrastrar por el viento.
Como la nube de agua que soy.
Pero hay días en los que quiero volver a la tierra.
Enraizarme en la tierra cual animal vegetal.
En esos días florezco.
Como una flor roja.
Como la flor de tierra que soy.
Como la nube de agua que soy.
Pero hay días en los que quiero volver a la tierra.
Enraizarme en la tierra cual animal vegetal.
En esos días florezco.
Como una flor roja.
Como la flor de tierra que soy.
martes, 20 de noviembre de 2007
En la casa de agua siempre habita un animal de fuego
Es mínimo
el brote
verde.
Y es mínimo
lo que hay
que decir.
el brote
verde.
Y es mínimo
lo que hay
que decir.
lunes, 12 de noviembre de 2007
viernes, 2 de noviembre de 2007
Aviva la llama
No se puede escribir con el animal entre los pies. Llevo el animal gateante entre mis rodillas.
¿Cuántas generaciones más domesticaré?
¿Qué me une con mis congéneres?
¿Qué lazos?
¿Por qué la sangre es tan importante?
¿Por qué la sangre, el semen, el flujo, la saliva, todas esas excreciones son tan importantes?
En un barco abandoné mi ave. Era un ave pequeña y risueña. Paladeaba la voz con esquisito pudor. Ni una gota de menos. Lagrimeante y buena moza, redondona y amistosa, mi ave se enternecía de candoroso sudor.
La abandoné.
Abandoné su plumaje rebelde. Su plumaje brillante de ideas tornasoladas.
¿Para qué quiero yo ideas tornasoladas?
¿Para qué quiero yo plumaje brillante?
¿Para qué quiero yo plumaje?
El barco, el carruaje, el recoveco rojo:
subterfugios.
¿Cuántas generaciones más domesticaré?
¿Qué me une con mis congéneres?
¿Qué lazos?
¿Por qué la sangre es tan importante?
¿Por qué la sangre, el semen, el flujo, la saliva, todas esas excreciones son tan importantes?
En un barco abandoné mi ave. Era un ave pequeña y risueña. Paladeaba la voz con esquisito pudor. Ni una gota de menos. Lagrimeante y buena moza, redondona y amistosa, mi ave se enternecía de candoroso sudor.
La abandoné.
Abandoné su plumaje rebelde. Su plumaje brillante de ideas tornasoladas.
¿Para qué quiero yo ideas tornasoladas?
¿Para qué quiero yo plumaje brillante?
¿Para qué quiero yo plumaje?
El barco, el carruaje, el recoveco rojo:
subterfugios.
jueves, 1 de noviembre de 2007
La mujer de las serpientes
Qué absurda la división de bienes. La división de seres. L a división de órganos. Alguien muy maquiavélico ha querido que esto así sea. ¿Cómo es que vine a parar a este mundo? De todos los mundos posibles he imaginado éste. No estaba en mí. Estaba en lo que ustedes vieron de mí. Lo que ustedes querían ver de mí. Este espacio es un fraude. Yo no soy un fraude. Y ahora que las revoluciones no son estallidos ni espasmos de violencia sino una marea lenta que sube, se explaya, va a romper en el punto exacto, donde la flecha es flecha y no arco vacío, donde la ola es bella y no espuma desangrada, ahora que la revolución respira conmigo digo: silence.
Por qué.
La mujer que ven ahí lleva serpientes escondidas en su cabellera castaña.
Yo la peino todos los días y no tengo espejo.
La serpiente muerde mi mano.
Todos los días.
¿Quién se atreve a peinar a una mujer con serpientes en su cabellera castaña?
Nubedeagua se ha roto.
Y esto es recién el comienzo.
Por qué.
La mujer que ven ahí lleva serpientes escondidas en su cabellera castaña.
Yo la peino todos los días y no tengo espejo.
La serpiente muerde mi mano.
Todos los días.
¿Quién se atreve a peinar a una mujer con serpientes en su cabellera castaña?
Nubedeagua se ha roto.
Y esto es recién el comienzo.
jueves, 18 de octubre de 2007
Ciencia 1 - Ficción 0
Liliana Bodoc escribió un cuento titulado "Blanco" donde un abuelo esquimal les cuenta a sus nietitos esquimales qué pasó con la luna y por qué nunca está igual. Parece que en el Ártico había un oso y un lobo. Cada uno habitaba una mitad del Ártico. Esta mitad estaba delimitada por un río que en verano era de agua clara y en invierno de hielo duro. Ninguno de los dos osaba pasar hacia el otro lado y respetaban los límites. Pero una noche apareció la luna redonda en el cielo y se vio reflejada en el agua (era verano). Instantáneamente el oso y el lobo quisieron poseerla y se lanzaron al agua del río rompiendo por primera vez el límite delimitado. La luna se quebró en mil pedazos. El oso y el lobo se enredaron en una lucha sangrienta y luego de mucho pelear cada uno se fue a su lado del Ártico con un pedazo de luna entre los dientes. Y así concluye el cuento. La luna tiene cuatro fases porque está partida: a veces aparece la luna del oso, a veces aparece la luna del lobo.
-¿Sabés lo de las fases de la luna, no?
-Sí.
-Todos los días la luna va cambiando. Nunca la vemos igual
-¿Todos los días?
-Sí, tiene un ciclo de 28 días.
-Y ¿por qué?
-Bueno, la luna es un satélite de la Tierra que no tiene luz propia. Lo que nosotros vemos son los rayos del sol reflejados en la luna.
Y ahí nos enredamos en discusiones sobre los movimientos de la Tierra, el Sol, la Luna, los planetas, los satélites, la fuerza de gravedad, la atmósfera, los meteroritos.
Y nos olvidamos del cuento de Liliana Bodoc. La explicación científica parecía ser mucho más interesante.
-¿Sabés lo de las fases de la luna, no?
-Sí.
-Todos los días la luna va cambiando. Nunca la vemos igual
-¿Todos los días?
-Sí, tiene un ciclo de 28 días.
-Y ¿por qué?
-Bueno, la luna es un satélite de la Tierra que no tiene luz propia. Lo que nosotros vemos son los rayos del sol reflejados en la luna.
Y ahí nos enredamos en discusiones sobre los movimientos de la Tierra, el Sol, la Luna, los planetas, los satélites, la fuerza de gravedad, la atmósfera, los meteroritos.
Y nos olvidamos del cuento de Liliana Bodoc. La explicación científica parecía ser mucho más interesante.
Cuento de navidad de Auggie Wren
La maestra le ha indicado a H. que tiene que contar un cuento para su clase. H. no sabe aún qué cuento llevará. Sus padres no le cuentan cuentos en español ni le leen libros en español por obvias razones. Por eso cuando estamos juntos suspira y me dice que no le gustan los libros que le hacen leer en el colegio. Luego me mira con curiosidad y me pregunta qué libros me gustan leer a mí. Yo saco de la mochila El cuento de navidad de Auggie Wren de Paul Auster ilustrado por los maravillosos dibujos de Isol y se lo muestro sin decir una palabra. Lo mira, lo abre y empieza la fiesta.
-¿Pero vos leés esto?
-Claro.
-¡Está re bueno!
-Si querés te lo presto, lo leés y después me lo devolvés.
-¿En serio?
-Sí, claro. No hay apuro. Leélo y después me contás.
-¡Me salvaste!
-¿De que?
Y entonces me explica que tiene que contar un cuento para toda la clase. Y que no sabe qué cuento contar. Pero que ahora está decidido a contar la historia de Auggie.
No puedo reprimir una carcajada. Mi librito de Paul Auster entrando en ese establecimiento escolar, la mirada inquisidora de la maestra y este alumnito mío contando con fervor el cuento de Auggie. Un cuento complejo donde la moral se mezcla con la ternura y la injusticia.
Maravilloso.
Le digo que sí, que por supuesto.
Y entonces mi alumnito se va feliz abrazado a mi libro de Paul Auster. Y ya dice Paul Auster. A los diez años. Leo a Paul Auster. Me gusta cómo escribe Paul Auster. Esas cosas.
Maravilloso.
-¿Pero vos leés esto?
-Claro.
-¡Está re bueno!
-Si querés te lo presto, lo leés y después me lo devolvés.
-¿En serio?
-Sí, claro. No hay apuro. Leélo y después me contás.
-¡Me salvaste!
-¿De que?
Y entonces me explica que tiene que contar un cuento para toda la clase. Y que no sabe qué cuento contar. Pero que ahora está decidido a contar la historia de Auggie.
No puedo reprimir una carcajada. Mi librito de Paul Auster entrando en ese establecimiento escolar, la mirada inquisidora de la maestra y este alumnito mío contando con fervor el cuento de Auggie. Un cuento complejo donde la moral se mezcla con la ternura y la injusticia.
Maravilloso.
Le digo que sí, que por supuesto.
Y entonces mi alumnito se va feliz abrazado a mi libro de Paul Auster. Y ya dice Paul Auster. A los diez años. Leo a Paul Auster. Me gusta cómo escribe Paul Auster. Esas cosas.
Maravilloso.
Literatura infantil
Estos colegios caros y estrictos insisten en que la buena educación debe ser aburrida, sistemática, enciclopédica y por sobre todas las cosas: debe dar miedo. Por eso mi alumnito de nueve años debe leer Azabache, un libro *decimonónico* sobre un caballo que sufre y se la pasa sufriendo a lo largo de todo el libro y que, por si fuera poco, está plagado de alusiones a Dios y al cristianismo y al domingo dominical. Mi alumnito, además, es musulmán y no sabe ni siquiera lo que es una iglesia, un párroco o una misa. Claro que, de este modo, lo único que logran es que termine odiando a los caballos y queriendo que Azabache se muera de una vez por todas para terminar con el sufrimiento de leer el libro.
Pero Azabache no se muere, le digo.
Y contra todos mis principios le cuento el final.
Pero Azabache no se muere, le digo.
Y contra todos mis principios le cuento el final.
miércoles, 17 de octubre de 2007
Soluciones para el medio ambiente
-¿Y por qué los peces no se van?
-Porque no pueden irse. ¿A dónde se van a ir?
-A otro agua. Si yo fuera un pez me iría nadando rápido, muy rápido para que el agua contaminada no me alcance.
-Pero un pez no puede hacer eso. Imaginate que es como si de pronto nos contaminan el aire, nosotros no nos podríamos escapar del aire.
-Sí.
-¿Sí?
-Mirá.
Aguanta la respiración un ratito y luego respira aliviado.
-No se puede.
-Y no.
-Qué mal, pobres peces.
-Pobres peces y pobres nosotros... ¿a dónde creés que va el agua del Riachuelo?
-¿Al mar?
-Al Río de la Plata.
-Si yo fuera Río de la Plata me pelearía con el agua del Riachuelo, le haría una guerra para que no entre y así no me contamine.
-Pero es que no es culpa del agua de Riachuelo estar contaminada.
-Pero es mala. Es un agua mala.
-Sí, pero no es su culpa.
-Pero y entonces hay que dejar de tirar cosas malas al agua y listo.
-Algo así, sí.
-Porque no pueden irse. ¿A dónde se van a ir?
-A otro agua. Si yo fuera un pez me iría nadando rápido, muy rápido para que el agua contaminada no me alcance.
-Pero un pez no puede hacer eso. Imaginate que es como si de pronto nos contaminan el aire, nosotros no nos podríamos escapar del aire.
-Sí.
-¿Sí?
-Mirá.
Aguanta la respiración un ratito y luego respira aliviado.
-No se puede.
-Y no.
-Qué mal, pobres peces.
-Pobres peces y pobres nosotros... ¿a dónde creés que va el agua del Riachuelo?
-¿Al mar?
-Al Río de la Plata.
-Si yo fuera Río de la Plata me pelearía con el agua del Riachuelo, le haría una guerra para que no entre y así no me contamine.
-Pero es que no es culpa del agua de Riachuelo estar contaminada.
-Pero es mala. Es un agua mala.
-Sí, pero no es su culpa.
-Pero y entonces hay que dejar de tirar cosas malas al agua y listo.
-Algo así, sí.
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