26 de octubre de 2011

Y después...

Ayer, en el medio del dolor -una punta de aguja en el lado izquierdo del ojo y en el occípito-. Sabía que no me estaba muriendo. Simplemente era un tumor energético. Mi madera pujando por salir. Intentando brotar en una tierra quemada y seca. Basta. Basta. A ver si me doy con golpecitos acá. Y de una buena vez la energía corre. Como el río que suelta su agua y recorre las piedras, las empuja, abraza, envuelve. Yo quiero correr así, envolver las piedras, avanzar. Qué me importan a mí las piedras si ahora soy el agua que corre y empujo todo con mi fuerza brava. Que me importan a mí los valles si yo quiero ir hacia abajo, a lo profundo. Y a veces me toca ser piedra y ser terca e inmóvil para ser empujada. Y a veces me toca ser valle y me quedo, me quedo, me quedo aquí, con ustedes, los abrazo en mi tierra fértil y los toco, los acaricio, les digo cosas. Pero entonces, el agua me envuelve, me avisa que la nube está cerca, me avisa que el valle no es eterno, que todo puede ser una simple ilusión.

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