Una forma de
mirar
o sonreir
una sábana mojada
y ese perfume rico
algo limpio ahí
de saber
que estamos
esta luz
de pasar las horas
escribiendo
un almanaque
sombrío
las hojas caen
los números
ciegos
delgados se mueven
aterrorizan
son límites canarios
enjaulados los picos
pio pio pio
que enjaulan un otro
decir solitario.
viernes, 8 de junio de 2007
jueves, 7 de junio de 2007
La sopa de cebollas de Zully
La primera vez que tomé una sopa de cebollas fue en casa de Zully. Era invierno y por esa época yo vivía resfriada porque me negaba a usar pantalones. En cambio, usaba unas polleras muy largas con medias poco gruesas (insuficientes para el invierno de hace once años) que dejaban traspasar el frío infernal de junio.
Todos comíamos mal, además. Falta de tiempo o porque no era importante. O porque era más importante el café con leche del bar de la esquina. Y los panes calientes que unos chicos vendían después del teórico de las nueve: ajo, tomate, queso o cebolla. Y eso era cenar. El tiempo se nos escurría en ideas para cuentos, obras de teatro, guiones de cine. Masticábamos poco pero tragábamos mucho. Engullíamos ávidos toda la maravilla (y toda la porquería) para quedar atrapados como moscas en la inmensidad de los pasillos de la facultad.
Siempre volvíamos tarde a nuestras casas, cuando en la mayoría de las familias ya se había cenado.
Pero en casa de Zully no. La casa de Zully siempre estaba abierta y en invierno olía a sopa de cebollas. Y su sopa de cebollas era espesa y humeante. Era un bálsamo para el frío. Una caricia para la noche que ya había empezado en nuestros estómagos adolescentes.
A mí no me gustaba la sopa. Pero después entendí que lo que no me gustaba era la sopa que se hacía en mi casa. No me gustaba la sopa de sobrecito. Las sopas quick.
Nunca le pedí la receta a Zully porque yo, en ese entonces, no sabía preparar ni un huevo frito. No es que me preocupara mucho. Aprendí cuando fue necesario y luego me gustó cocinar. Pero nunca fui amiga de recetas que duran más de una hora. La comida no debe tardar mucho en hacerse. Nunca el trabajo debe ser mayor a la posibilidad de disfrutarlo.
La sopa de cebollas de ayer salió espesa. Salió humeante. Salió tal cual yo la recordaba. Guille me preguntó si así eran las sopas que probé en París hace un año y yo le dije que no.
Esta sopa era más antigua y tenía historia.
Todos comíamos mal, además. Falta de tiempo o porque no era importante. O porque era más importante el café con leche del bar de la esquina. Y los panes calientes que unos chicos vendían después del teórico de las nueve: ajo, tomate, queso o cebolla. Y eso era cenar. El tiempo se nos escurría en ideas para cuentos, obras de teatro, guiones de cine. Masticábamos poco pero tragábamos mucho. Engullíamos ávidos toda la maravilla (y toda la porquería) para quedar atrapados como moscas en la inmensidad de los pasillos de la facultad.
Siempre volvíamos tarde a nuestras casas, cuando en la mayoría de las familias ya se había cenado.
Pero en casa de Zully no. La casa de Zully siempre estaba abierta y en invierno olía a sopa de cebollas. Y su sopa de cebollas era espesa y humeante. Era un bálsamo para el frío. Una caricia para la noche que ya había empezado en nuestros estómagos adolescentes.
A mí no me gustaba la sopa. Pero después entendí que lo que no me gustaba era la sopa que se hacía en mi casa. No me gustaba la sopa de sobrecito. Las sopas quick.
Nunca le pedí la receta a Zully porque yo, en ese entonces, no sabía preparar ni un huevo frito. No es que me preocupara mucho. Aprendí cuando fue necesario y luego me gustó cocinar. Pero nunca fui amiga de recetas que duran más de una hora. La comida no debe tardar mucho en hacerse. Nunca el trabajo debe ser mayor a la posibilidad de disfrutarlo.
La sopa de cebollas de ayer salió espesa. Salió humeante. Salió tal cual yo la recordaba. Guille me preguntó si así eran las sopas que probé en París hace un año y yo le dije que no.
Esta sopa era más antigua y tenía historia.
martes, 5 de junio de 2007
Indiana's song
Debo decir que, de todas formas, el libro de Marguerite Duras me decepcionó un poco. Quiero decir: entiendo la vuelta de tuerca que quiso hacer con uno u otro personaje y la contraposición entre el personaje de Anne Marie Stretter y la mendiga calva de Battambang.
Hay una historia con una niña que nace en medio de la hambruna y que es regalada a una mujer blanca para que la alimente y le dé mejor vida. La mendiga es calva y camina hasta Cacuta donde se junta con los leprosos sin jamás contagiarse la lepra.
Hay un inglesito joven llamado Peter Morgan que escribe la historia de la mendiga mientras el calor del monzón hace sudar las blancas camisas de los diplomáticos europeos allí apostados.
Hay un vicecónsul que en Lahore disparaba a los espejos y a los leprosos por la noche y que ahora, varado en Calcuta, espera nuevas instrucciones del embajador de Francia. Mientras tanto tararea un retazo de Indiana 's Song.
Claro que el embajador de Francia tiene una mujer. Esta mujer se llama Anne Marie Stretter.
No lo sé.
Quizás falló la traducción.
O quizás falló que Marguerite abusa de los pronombres personales. Ella. Ella. Ella. Él. Él. Él.
Y que yo me esperaba algo más.
¿De esta novela nace la película Indiana' s song? ¿O fue al revés? Marguerite compró su casa de los armarios azules con esa película. Fue importante.
Vilas Matas habla de esa película en su libro sobre París nunca se acaba.
No vi la película Indiana's Song. Encontré su guión en alguna librería perdida.
¿Alguien la vio?
Hay una historia con una niña que nace en medio de la hambruna y que es regalada a una mujer blanca para que la alimente y le dé mejor vida. La mendiga es calva y camina hasta Cacuta donde se junta con los leprosos sin jamás contagiarse la lepra.
Hay un inglesito joven llamado Peter Morgan que escribe la historia de la mendiga mientras el calor del monzón hace sudar las blancas camisas de los diplomáticos europeos allí apostados.
Hay un vicecónsul que en Lahore disparaba a los espejos y a los leprosos por la noche y que ahora, varado en Calcuta, espera nuevas instrucciones del embajador de Francia. Mientras tanto tararea un retazo de Indiana 's Song.
Claro que el embajador de Francia tiene una mujer. Esta mujer se llama Anne Marie Stretter.
No lo sé.
Quizás falló la traducción.
O quizás falló que Marguerite abusa de los pronombres personales. Ella. Ella. Ella. Él. Él. Él.
Y que yo me esperaba algo más.
¿De esta novela nace la película Indiana' s song? ¿O fue al revés? Marguerite compró su casa de los armarios azules con esa película. Fue importante.
Vilas Matas habla de esa película en su libro sobre París nunca se acaba.
No vi la película Indiana's Song. Encontré su guión en alguna librería perdida.
¿Alguien la vio?
lunes, 4 de junio de 2007
El vicecónsul
Me había empecinado en leer El vicecónsul de Marguerite Duras. Hace un año me topé con Escribir donde allí Marguerite contaba bajo que circunstancias había escrito El vicecónsul. En ese momento no pude evitar sentirme curiosa pero por más que busqué no encontré ninguna novela suya salvo El amante (que todos conocemos de memoria por la película y el guión).
En Escribir (un libro bellísimo) Marguerite hablaba de su casa en un pueblo. Ella escribía en el cuarto de arriba (el de los armarios con puertas azules) y luego en una gran mesa ubicada en la sala para poder mirar el jardín. Yo me la imaginaba deambulando sola por esa casa con su eterno vaso de whisky, cuidando de un guiso mientras mutilaba alguna frase polvorienta. La sentía cercana, muy cercana. A mí no me gusta el whisky ni tengo una casa con armarios de puertas azules pero entendía a la perfección ese impedimento solitario de no poder hablar del libro que se está escribiendo.
En Escribir (un libro bellísimo) Marguerite hablaba de su casa en un pueblo. Ella escribía en el cuarto de arriba (el de los armarios con puertas azules) y luego en una gran mesa ubicada en la sala para poder mirar el jardín. Yo me la imaginaba deambulando sola por esa casa con su eterno vaso de whisky, cuidando de un guiso mientras mutilaba alguna frase polvorienta. La sentía cercana, muy cercana. A mí no me gusta el whisky ni tengo una casa con armarios de puertas azules pero entendía a la perfección ese impedimento solitario de no poder hablar del libro que se está escribiendo.
martes, 29 de mayo de 2007
Música é perfume: Maria Bethania
Fuimos con Gui a ver el film Maria Bethânia: Música é perfume.
Bellísimo.
Después del film volvimos a casa queriendo escuchar Brasileirinho. Volvimos con el alma tan abierta que no podíamos quedarnos quietos. Tampoco podíamos ir a un bar a tomar algo y comentar la película. Nada de eso. Volvimos a casa a escuchar Brasileirinho. Volvimos a casa sólo a escuchar.
En el interín Guimaraes Rosa nos susurraba: felicidade se acha em horinhas de descuido.
No hace falta traducir.
Bellísimo.
Después del film volvimos a casa queriendo escuchar Brasileirinho. Volvimos con el alma tan abierta que no podíamos quedarnos quietos. Tampoco podíamos ir a un bar a tomar algo y comentar la película. Nada de eso. Volvimos a casa a escuchar Brasileirinho. Volvimos a casa sólo a escuchar.
En el interín Guimaraes Rosa nos susurraba: felicidade se acha em horinhas de descuido.
No hace falta traducir.
miércoles, 23 de mayo de 2007
De como Maria Florencia plantó un limonero con manos humanas.

Hay que entender algo de todo esto: yo nunca hasta ayer había plantado un árbol en la tierra.
Para tamaña empresa -que algunos considerarán menor- la llamé a mi madre que vive a ocho cuadras de mi casa. Le dije: voy a plantar el limonero que me regalaste. Y ella, por supuesto, dejó lo que estaba haciendo y vino enseguida a presenciar el acto.
Es cierto que a lo largo de estos años yo he cambiado a mis ficus de maceta, he logrado que nazca un naranjín mínimo de un cúmulo de semillas y tengo una palta que nació de un carozo. Pero todo eso no se compara con el trabajo físico que implica plantar un árbol.
El hoyo, por ejemplo. Uno cree que agujerar la tierra es simplemente cavar con una pala. Y no. La tierra además está impregnada de cosas. La tierra de todos los días. La tierra del pasto. Pero también la tierra de los escombros: de la arcilla y el vidrio. La tierra de otro tiempo, sepultado por albañiles, por arquitectos, por el "progreso" que todo lo meten bajo el manto de la Madre Tierra y que ella recibe, paciente, como cobijando un secreto.
Herir, pues, la superficie de este jardín que es sólo un pedazo de algo mayor. La piel del pasto es entramadísima y verde. Abrir la hendidura y sentir ese olor a secreto, a cuerpo desmembrado que volverá a juntarse apenas yo vuelva a cerrar el tajo impúdico. Una vez abierto el hoyo, limpiar con los dedos el cascote intruso. Esos dedos suaves e inocentes que preparan la cuna de un árbol. Ver los dedos inteligentes y buscadores de mi madre goteando sangre por algún vidrio anónimo y traidor que se clavó en su carne. Me asusto con esa sangre que sale de su dedo índice pero ella se ríe con esa risa sabia que tiene y me dice que no es nada mientras con la otra mano me muestra el vidrio que late aún preso de su ataque febril.
Entonces, depositar apresuradamente al limonero joven. Cubrir sus raíces con tierra magnífica y negra, reluciente de bríos. Juntar las manos que ahora tienen tierra nueva -y un poco de sangre- e inclinarse un poco, leve, muy leve, hacia el nuevo limonero.
Para desearle la mejor de las suertes y algunas lombricitas de yapa.
martes, 22 de mayo de 2007
Píscica
Ayer sin querer
se sentó la poesía
en el blanco del ojo
de mi cocina
Se comió un chipacito
con mate calentito
y con un suspirito
se dio vuelta despacito.
Y dejando entrever
su capa estirada
nos dio un libro abierto
como mejor espada.
se sentó la poesía
en el blanco del ojo
de mi cocina
Se comió un chipacito
con mate calentito
y con un suspirito
se dio vuelta despacito.
Y dejando entrever
su capa estirada
nos dio un libro abierto
como mejor espada.
jueves, 17 de mayo de 2007
Aprendiz de palabras
Miro a mi alumnito, todo células creciendo, envuelto en un jogging gris que le queda un poco holgado para su cuerpito de ocho años. Hermoso y pequeño como un gnomo salido de un bosque. Pero no ha salido de un bosque. Viene de Egipto. Ahora mismo estamos sentados ante la inmensa mesa del comedor, rodeados de sus útiles escolares y leyendo un libro que le dieron en el colegio.
Un libro horrible, realmente.
Él me dice que no entiende el libro y que lo que entiende es aburrido.
Yo no tengo más remedio que darle la razón. Y maldigo a los colegios que eligen mala literatura. Con esto le estoy enseñando una lección difícil pero importante para sus ocho años: hay cosas que debemos hacer aunque no nos gusten y leer este libro es una de ellas. Pero no todos los libros van a ser así.
Cuando lee no puede pronunciar la erre. Trato de ayudarlo pero no le sale. Se frustra. Le digo que no tiene importancia y seguimos.
La clase, en realidad, ha terminado pero aún nos faltan unas páginas. Siento su desazón. Me mira triste. Sabe que no podrá terminarlo solo. No entiende palabras como "detective", "cascarrabias", "formación", "registro de disciplina". Palabras que cualquier chico argentino sabe y conoce. Palabras que nadie buscaría en un diccionario. Pero él tiene que buscarlas. Y su diccionario es un libro infame que en vez de ayudarlo le complica más la existencia.
Por eso estoy yo. Yo soy su diccionario. Yo soy su caudal de palabras. Y por eso me quedaré media hora más para terminar este libro horrendo.
Le explico lo que hace un "detective", le pongo voz de "cascarrabias", le dibujo una "formación" y le digo que el "registro de disciplina" es ese libro que a veces los chicos firman cuando se portan mal (¡¡Por Dios!! ¿¿Sigue existiendo eso??). Cuando terminamos de leer el libro, mi alumnito está feliz. Nunca es muy cariñoso pero esta vez chocamos las manos y me dice: ¡nunca más voy a tener que abrir este libro horrible! Y dice "horible" porque la erre no le sale pero qué importa si ya terminaste y ya sabés el final.
Un libro horrible, realmente.
Él me dice que no entiende el libro y que lo que entiende es aburrido.
Yo no tengo más remedio que darle la razón. Y maldigo a los colegios que eligen mala literatura. Con esto le estoy enseñando una lección difícil pero importante para sus ocho años: hay cosas que debemos hacer aunque no nos gusten y leer este libro es una de ellas. Pero no todos los libros van a ser así.
Cuando lee no puede pronunciar la erre. Trato de ayudarlo pero no le sale. Se frustra. Le digo que no tiene importancia y seguimos.
La clase, en realidad, ha terminado pero aún nos faltan unas páginas. Siento su desazón. Me mira triste. Sabe que no podrá terminarlo solo. No entiende palabras como "detective", "cascarrabias", "formación", "registro de disciplina". Palabras que cualquier chico argentino sabe y conoce. Palabras que nadie buscaría en un diccionario. Pero él tiene que buscarlas. Y su diccionario es un libro infame que en vez de ayudarlo le complica más la existencia.
Por eso estoy yo. Yo soy su diccionario. Yo soy su caudal de palabras. Y por eso me quedaré media hora más para terminar este libro horrendo.
Le explico lo que hace un "detective", le pongo voz de "cascarrabias", le dibujo una "formación" y le digo que el "registro de disciplina" es ese libro que a veces los chicos firman cuando se portan mal (¡¡Por Dios!! ¿¿Sigue existiendo eso??). Cuando terminamos de leer el libro, mi alumnito está feliz. Nunca es muy cariñoso pero esta vez chocamos las manos y me dice: ¡nunca más voy a tener que abrir este libro horrible! Y dice "horible" porque la erre no le sale pero qué importa si ya terminaste y ya sabés el final.
sábado, 12 de mayo de 2007
Smila
En estos días estoy leyendo a Smila. O a Hoeg. Es Hoeg quien escribe pero es Smila quien habla. Y yo por estos días quiero creer en la primera persona. Entonces digo que leo a Smila. Sus cavilaciones de mujer de 37 años, estrictamente sola en una soledad elegida, cuidada y pulida. Rodeada de la nieve, la cual ama y entiende como a una hermana. En busca de un oscuro secreto -la muerte de un niño-, único móvil que logra conmoverla.
Smila me conmueve hasta en lo más profundo. Me conmueven su inteligencia, su elegancia para vestirse y sus atajos para llegar a una verdad que, por lo visto, no saldrá nunca del todo a la luz.
Smila, además, es una heroína que para la sociedad occidental y capitalista de nuestros días ha fracasado. Ha tenido las mejores posibilidades y las ha echado por la borda (de un posible barco).
Algo más. Smila lee a Euclides. Me soprendo. Hace unos años le regalé a Guille los Elementos de Euclides en una edición bellísima de Gredos. Aún éramos estudiantes. La encuadernación es de un azul oscuro, muy intenso.
En ese azul parecieran estar encerrados todos los secretos del Universo.
Un punto. Una línea.
Smila me conmueve hasta en lo más profundo. Me conmueven su inteligencia, su elegancia para vestirse y sus atajos para llegar a una verdad que, por lo visto, no saldrá nunca del todo a la luz.
Smila, además, es una heroína que para la sociedad occidental y capitalista de nuestros días ha fracasado. Ha tenido las mejores posibilidades y las ha echado por la borda (de un posible barco).
Algo más. Smila lee a Euclides. Me soprendo. Hace unos años le regalé a Guille los Elementos de Euclides en una edición bellísima de Gredos. Aún éramos estudiantes. La encuadernación es de un azul oscuro, muy intenso.
En ese azul parecieran estar encerrados todos los secretos del Universo.
Un punto. Una línea.
viernes, 11 de mayo de 2007
Biblioteca de Olivos
Ayer fui a la biblioteca de Olivos.
Me recibió una mujer de sesenta años. Pelo corto, manos ateridas por el frío de la biblioteca y labios finitos. Me presenté y le expliqué el objeto de mi visita. Me miró mal y luego replicó que la biblioteca ya no tenía lugar para guardar más libros. ¿Novelas? ¿Literatura? No, no sirve, de eso tenemos un montón. Me limité a mirarla fríamente. ¿De qué tienen un montón? De novelas. Sí, pero cuáles novelas. ¿De las buenas o de las que son una porquería? ¿De las que son basura para un público mediocre o de las que nos traen momentos irrecuperables, momentos de estar en casa, con un libro calentito a la luz de una lámpara? Le mostré mi listita. Su cara, hasta entonces de piedra, pareció ablandarse. Ah, pero esto es otra cosa, me dijo. Mire, respondí, yo no vengo a tirarle mis muertos. Vengo a donarle algunos de mis libros. Y estos libros - repaso un dedo por la lista que ella sostiene ávidamente- son libros que yo elegí en algún momento de mi vida pero que ya no quiero tener más por razones que no le voy a especificar a usted. Claro, le ocupan lugar, me dijo. No, no es eso, lugar tengo de sobra, me acabo de mudar a una casa con muchas paredes para poner bibliotecas. No, no es por el lugar. Aún así son buenos libros y si ustedes no los quieren tendré que sacarlos a la calle. ¡Pero no!, exclamó indignada, ¿cómo los va sacar a la calle? Y sí, le replico, ¿o acaso los cartoneros no leen libros? Y si no los leen los transformarán en mercancía. ¿Y sabe qué? No me importa. Servirán al menos para algo en vez de estar muertos en mi casa. Circularán, señora. Eso es lo que quiero, que circulen.
Me mira. Vuelve a repasar la lista. Dice mmmh, a verrrr.
Dígame, ¿viene mucha gente a leer a esta biblioteca? Sí, me dice, sacan un libro por semana. Este, por ejemplo, me dice señalando un ítem de la lista, lo piden mucho. Ah, sí, el de Caparrós. Sí, el de Caparrós.
Pero vos de dónde tenés tantos libros, me dice por primera vez tuteándome.
Señora, qué quiere que le diga... tengo treinta años. Leo desde los seis. Uno va cambiando los gustos, ¿no? Por otra parte, yo nunca pisé una biblioteca para leer literatura.
Eso explica todo, me dice. Bueno, deme su número y déjeme la lista. La llamaré pronto. Probablemente le pida que me traiga todos los libros. Son muy buenos.
Gracias, señora.
Y hasta luego.
Me recibió una mujer de sesenta años. Pelo corto, manos ateridas por el frío de la biblioteca y labios finitos. Me presenté y le expliqué el objeto de mi visita. Me miró mal y luego replicó que la biblioteca ya no tenía lugar para guardar más libros. ¿Novelas? ¿Literatura? No, no sirve, de eso tenemos un montón. Me limité a mirarla fríamente. ¿De qué tienen un montón? De novelas. Sí, pero cuáles novelas. ¿De las buenas o de las que son una porquería? ¿De las que son basura para un público mediocre o de las que nos traen momentos irrecuperables, momentos de estar en casa, con un libro calentito a la luz de una lámpara? Le mostré mi listita. Su cara, hasta entonces de piedra, pareció ablandarse. Ah, pero esto es otra cosa, me dijo. Mire, respondí, yo no vengo a tirarle mis muertos. Vengo a donarle algunos de mis libros. Y estos libros - repaso un dedo por la lista que ella sostiene ávidamente- son libros que yo elegí en algún momento de mi vida pero que ya no quiero tener más por razones que no le voy a especificar a usted. Claro, le ocupan lugar, me dijo. No, no es eso, lugar tengo de sobra, me acabo de mudar a una casa con muchas paredes para poner bibliotecas. No, no es por el lugar. Aún así son buenos libros y si ustedes no los quieren tendré que sacarlos a la calle. ¡Pero no!, exclamó indignada, ¿cómo los va sacar a la calle? Y sí, le replico, ¿o acaso los cartoneros no leen libros? Y si no los leen los transformarán en mercancía. ¿Y sabe qué? No me importa. Servirán al menos para algo en vez de estar muertos en mi casa. Circularán, señora. Eso es lo que quiero, que circulen.
Me mira. Vuelve a repasar la lista. Dice mmmh, a verrrr.
Dígame, ¿viene mucha gente a leer a esta biblioteca? Sí, me dice, sacan un libro por semana. Este, por ejemplo, me dice señalando un ítem de la lista, lo piden mucho. Ah, sí, el de Caparrós. Sí, el de Caparrós.
Pero vos de dónde tenés tantos libros, me dice por primera vez tuteándome.
Señora, qué quiere que le diga... tengo treinta años. Leo desde los seis. Uno va cambiando los gustos, ¿no? Por otra parte, yo nunca pisé una biblioteca para leer literatura.
Eso explica todo, me dice. Bueno, deme su número y déjeme la lista. La llamaré pronto. Probablemente le pida que me traiga todos los libros. Son muy buenos.
Gracias, señora.
Y hasta luego.
miércoles, 9 de mayo de 2007
Hans
Hace un año que no nos veíamos. O más. Ya no me acuerdo. Lo que sí me acuerdo es que hace varios años que yo no le hacía un regalo para su cumpleaños. Por eso, cuando encontré un regalo fabuloso decidí que iba a ser para él. Y entonces me llegó su mail. Escueto. Corto. Lo necesario para que media hora más tarde nos encontráramos a tomar un café.
Entre todas las cosas que dijo quisiera anotar esta:
No me gusta Buenos Aires. Acá nadie está feliz. Vas a un lugar y están todos con las caras así (pone cara larga). Yo no puedo ser feliz acá. Me hacen sentir culpables de mi felicidad. Yo quiero estar feliz. ¡Vamos, ni que esto fuera Kosovo!
Entre todas las cosas que dijo quisiera anotar esta:
No me gusta Buenos Aires. Acá nadie está feliz. Vas a un lugar y están todos con las caras así (pone cara larga). Yo no puedo ser feliz acá. Me hacen sentir culpables de mi felicidad. Yo quiero estar feliz. ¡Vamos, ni que esto fuera Kosovo!
miércoles, 2 de mayo de 2007
Un niño egipcio en un colegio británico
Cuando terminamos con la clase ella me dice que hablemos de K. ¿Cómo le fue en la prueba? Mal. No alcanzó. Hago mi cara de circunstancia. Creo que de tanto hacer mi cara de circunstancia ahora sí la gente me da treinta años. Me pregunta cuál va a ser mi plan. Yo le explico que los conceptos que le enseñan a su hijo en ese colegio británico son muy abstractos, que su hijo además necesita conocer las palabras para después poder clasificarlas. No le digo, en realidad, que clasificar las palabras a los nueve años me parece una tremenda estupidez. Pero algo en mi mirada me debe delatar porque ella me dice: yo sé que es horrible, yo le digo a K que es horrible pero ¿qué voy a hacer yo? Y entonces me pide más tarea y que cuál diccionario puede usar. Y que K no acata las consignas (no lo dice así, si ella llegara a usar el verbo acatar me caigo ahí mismo de culo). Yo le digo que se quede tranquila, que algo voy a inventar. Algo. No sé bien qué. Pero algo. A ver.
Pienso que cuando yo sea madre las maestras van a sufrir conmigo.
Pienso que cuando yo sea madre las maestras van a sufrir conmigo.
martes, 1 de mayo de 2007
Pájaro obsceno
Hoy terminé de leer el libro de José Donoso. El obsceno pájaro de la noche. Casi 600 páginas de hebras y agujas que hilvanan y se clavan dolorosamente en los cuerpos del Mudito, la Madre Benita, la Iris Mateluna, las viejas decrépitas asiladas en La Casa, un Jerónimo Azcoitía incapaz de engendrar a su hijo en el útero de su mujer. La Peta Ponce y su prisma. Ah, un estallido del sentido en todo su esplendor. O si se prefiere, un paquete enorme que, de a poco, es preciso ir desenvolviendo para así encontrar otro paquete que, a su vez, contiene otro y otro y otro.
La novela de Donoso: un gran paquete que contiene hedores, pústulas, carne, sexo, pelos, política, viejas, monstruos, ciudades, crueldad, vehemencia, lástima, ternura, dolor, miseria y la lista sigue.
Un gran paquete. Un envoltorio. Una cáscara.
¿De qué?
Les digo que estoy extenuada.
La novela de Donoso: un gran paquete que contiene hedores, pústulas, carne, sexo, pelos, política, viejas, monstruos, ciudades, crueldad, vehemencia, lástima, ternura, dolor, miseria y la lista sigue.
Un gran paquete. Un envoltorio. Una cáscara.
¿De qué?
Les digo que estoy extenuada.
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